El revolucionario que construía violines

Texto publicado por Ángel Miquel Rendón en la revista Luna Córnea, número 24, 2002, pp. 114-121.

Aunque Jesús Hermenegildo Abitia nación en el estado de Chihuahua en 1881, fue en Sonora donde se educó en los oficios de fotógrafo, músico, constructor de instrumentos y maestro, y donde se hizo amigo de Álvaro Obregón, hecho que sería decisivo para su carrera. En 1910, Abitia tuvo que exiliarse en Estados Unidos durante un tiempo por sus simpatías por Francisco I. Madero, pero al triunfo e la revolución encabezada por éste regresó a Sonora, donde participó en las labores del nuevo gobierno. Un par de años después se vio obligado a renunciar a su cargo debido al asesinato de Madero y, sintiéndose perseguido por la policía de Victoriano Huerta, pasó de una ciudad a otra viviendo del comercio fotográfico hasta que se reencontró con Obregón para enrolarse como fotógrafo y cineasta en el Cuerpo de Ejército del Noroeste. A partir de entonces retrató al caudillo y sus fuerzas en las campañas realizadas en el norte, el occidente y el centro del país.

Jesús H. Abitia

Abitia había aprendido desde el primer lustro del siglo el arte de la fotografía y tenía con sus hermanos un estudio que nos  ólo era uno de los pocos lugares donde podían retratarse los habitantes de la capital de Sonora, sino también un taller en el que se ofrecían – como se aprecia en algunas imágenes que se conservan, incluido un curioso catálogo de señoritas – servicios profesionales de muy alta calidad. Por esos Obregón no dudó en incorporar a Abitia a sus fuerzas y Venustiano Carranza, poco después, le dedicó un retrato en el que lo halagaba llamándolo “fotógrafo constitucionalista”. Era claro que, del mismo modo que Madero, quienes se sintieron continuadores de sus ideales estaban conscientes de la fuerza de las imágenes para sustentar su causa.

Durante la campaña de Obregón por el occidente del país, Abitia hizo una serie de más de cien postales que describiían los episodios relevantes del avance victorioso del ejército al que pertenecía. Dada la especificidad de la serie, sus consumidores deben haber sido principalmente los soldados y mandos del propio ejército, sirviendo las imágenes como instrumento para recordar hazañas, reforzar convicciones, demostrar poder. De alguna manera la serie culminó en los billetes de uno, cinco, diez y veinte pesos que se convirtieron en la moneda del constitucionalismo, cuyo diseño Obregón encargó, por supuesto, a Abitia. Éste incorporó al frente una foto que había hecho a Madero en enero de 1910 cuando, durante la gira de propaganda electoral, lo recibió en su casa e Hermosillo. Y al reverso, también tomado de una foto, puso al cañón con el que el ejército obregonista había batido en Mazatlán al barco federal Morelos en mayo de 1914. Las imágenes sintetizaban la idea de que las fuerzas del constitucionalismo derrotarían con las armas a cualquier enemigo de los ideales de Madero, de los cuales se asumían como herederas.

No es extraño que la versátil personalidad de Abitia lo acercara también al cine. Durante su breve destierro en Estados Unidos, luego de percatarse del enorme empuje de este medio que empezaba a experimentar con las películas de largometraje, adquirió su primera cámara cinematográfica. De nuevo en México e incorporado al estado mayor obregonista, comenzó a usarla filmando, de manera paralela a la serie de postales, cientos e escenas que integró más adelante al documental La campaña constitucionalista (1915). Lamentablemente esta cinta no ha llegado hasta nosostros como fue exhibida, aunque muchas de sus tomas fueron incluidas en Epopeyas de la revolución mexicana (1961), que Gustavo Carrero editó poco después e la muerte del cineasta en diciembre de 1960. Vemos ahí a Carranza, Obregón y otros jefes dirigiendo acciones en el campo de batalla; vemos impactantes escenas de guerra: tropas al asalto, trenes descarrilados, cañones en acción, fusilamientos, cadáveres enterrados en fosas comunes, miembros amputados, así como grupos desfilando victoriosamente por las ciudades conquistadas; vemos indios yaquis combatiendo con arcos y flechas junto a poderosos barcos, trenes y aviones, y vemos, en fin, diveros paisajes campestres y urbanos en cuya armoniosa composición se revela el oficio de un experimentado fotógrafo. El sentido de Epopeyas de la revolución mexicana es evidentemente pro-constitucionalista, y aunque hay unas pocas tomas de Francisco Villa y Emiliano Zapata, son utilizadas – seguramente como lo gubiera hecho el propio Abitia – para exaltar por contraste a Carranza y Obregón. Tal vez las imágenes más impactantes en un sentido propagandístico son las que muestran a este último a caballo, dispuesto a continuar valientemente la lucha una vez que ha quedado manco después de la batalla de Celaya. El montaje de Carrero es rudimentario pero las imágenes de Abitia dan movimiento a la película y la hacen interesante por su variedad formal; hay tomas desde trenes y edificios, multitudes filmadas desde distintos ángulos, planos cercanos de batallas, diversos movimientos de cámara, y una curiosa escena en la que se ve a Carranza y Obregón ir y venir apaciblemente por una sala del Castillo de Chapultepec una vez terminadas las luchas. También hay grandes planos generales muy lejanos en los que se ven evoluciones del ejército y que recuerdan a escenas filmadas en la misma época por D.W. Griffith. Lo único que extraña un espectador contemporáneo – y que de hecho casi ningún documentalista mexicano utilizaba en la época – es el close up, o sea el acercamiento a los rostros; pero esto se compensa con una impactante toma cercana de la mano cercenada de Obregón.

Abitia fue uno de los pocos documentalistas mexicanos que ensayó el cine de argumento. Sus primeras películas con actores, las comedias cortas Los amores de Novelty y El matamujeres, fueron filmadas en 1914, al término de la campaña militar obregonista. Más adelante dirigió Los encapuchados de Mazatlán (1920) y Carnaval trágico (1921), y todavía participó como camarógrafo en El último sueño (1922), dirigida por el artista circence Alberto Bell. No existen copias de estas películas en colecciones públicas, pero algunos stills muestran el oficio que tenía este camarógrafo que se atrevía a hacer juegos de iluminación impensables en otras producciones mexicanas de la época. Es probable que algunas escenas de El útlimo sueño se tomaran en uno de los primeros estudios cinematográficos del país, el México Cines, edificado por Abitia gracias al patrocinio de su amigo Obregón; con una estructura de virio que destacaba de manera insólita entre los árboles del bosque de Chapultepec, ya estaba en funciones en 1922 y tenía anexas, mostrando de nueva cuenta el espíritu versátil de Abitia, una escuela de fotografía y una estación de fruticultura.

En 1923, el candidato presidencial Plutarco Elías Calles pidió a Abitia que se encargara de la propaganda fotográfica y cinematográfica de su campaña. No podía negarse y puso manos a la obra. La gira de Calles se suspendió temporalmente por el estallido de la rebelión de Adolfo de la Huerta, por lo que Abitia se incorporó como cineasta al contingente que fue a combatirla, encabezado por el propio presidente Obregón, y filmó la película Rebelión delahuertista o La última revolución; una vez sofocada ésta hacia marzo de 1924 se reincorporó a la campaña de Calles.

Poco después Abitia fue llamado por Obregón para filmar los trabajos agrícolas que impulsaba en la zona irrigada por el río Yaqui en el estado de Sonora. Desde 1925 el cineasta viajó repetidamente a esa región donde hizo tomas para un largo documental titulado Las tres eras de la agricultura, los bueyes, las mulas y la gasolina, que terminó en mayo de 1928, cuando se exhibió de manera privada a Obregón y algunos invitados. El presidente electo quedó satisfecho y pensó mostrarla el 17 de julio por la tarde a posibles inversionistas, pero su muerte el mismo día en el restaurante La Bombilla decidió la suerte de la cinta. Al nuevo gobierno no le interesó comprar copias para difundirla, por lo que el cineasta perdió la inversión que había hecho. Por otra parte, en un viaje familiar y de negocios a Sonora (que aprovechó para manufacturar y exhibir una biografía documental de Obregón), Abitia tuvo la mala fortuna de que José Gonzalo Escobar y otros generales se levantaran ene ese estado contra el gobierno, por lo que el cineasta también fue tomado por rebelde y se le confiscaron sus propiedades en la capital. El asunto se aclaró después, pero el predio donde tenía su estudio y la escuela de fotografía permaneció en manos del gobierno, que en 1931 lo vendió a la Nacional Productora de Películas, empresa que tomaría ahí escenas de Santa y otras de las primeras películas sonoras hechas en el país. Abitia no volvió a filmar y, para colmo de males, la mayor parte del archivo que había reunido paciemtemente durante años sucumbió en un incendio en 1947.

Al parecer Epopeyas de la revolución mexicana es lo único que sobrevive de la obra cinematográfica de Abitia, pero por fortuna existen al menos dos colecciones de sus fotografías. Una, que se encuentra en el Fondo Urquizo del Centro de Estudios sobre la Universidad (UNAM), tiene las postales de la campaña obregonista y retratos de jefes revolucionarios; la otra, mucho más numerosa y administrada por la Fundación Carmen Toscana IAP, incluye, además de una enorme serie dedicada a Obregón y su circunstancia, fotos de políticos, soldados, músicos y otras personas, así como stills de películas, paisajes y edificios representativos de los logros de la revolución en la que Abitia creyó.

*Texto publicado en la revista Luna Córnea, número 24, 2002, pp. 114-121.

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