La mitología del cine mexicano

La mitología del cine mexicano

Coordinado por Enrique Florescano, Mitos mexicanos (Taurus, 2005), es una compilación de ensayos cortos que varios historiadores, escritores, periodistas e intelectuales confeccionaron. Destaca por su temática aquel escrito por Leonardo García Tsao, actual director de la Cineteca Nacional y habitual crítico e historiador del cine nacional. El título, de por sí intrigante, nos indica de manera directa a lo que nos vamos a enfrentar: “El espejismo en el espejo: la mitología del cine mexicano”. Del breve ensayo destacaré algunos pasajes que considero nodales para entender nuestro pasado cinematográfico que, por repetirse incansablemente, se han convertido en verdades absolutas sin adjudicarle nada al mito. Dejo pues la palabra al escribano.

El compadre Mendoza
Antonio R. Frausto y Alfredo del Diestro en El compadre Mendoza (1933) de Fernando de Fuentes

Supongamos que en un futuro lejano un grupo de arqueólogos se propusiera reconstruir lo que fue la sociedad mexicana a partir de un solo vestigio: una colección representativa de películas nacionales. El resultado sería sin duda intrigante. Los arqueólogos podrán deducir que hubo algo llamado Revolución Mexicana que, si bien fue un conflicto armado, se desarrolló como un desfile pintoresco de caudillos recios y soldaderas bravías; al mismo tiempo, se encontraría también con que la vida hacendaria, no obstante esa revolución, siguió vigente por décadas. En cuanto a rasgos nacionales, se llegaría a la conclusión de que en el campo los indígenas fueron las almas más nobles, mientras en la ciudad los pobres estaban similarmente ungidos por la virtud, la prostitución se ejercía por una vocación de sufrimiento y no hubo voluntad de sacrificio mayor que el de la madre mexicana. Y en una época, la defensa del bien estuvo en manos de luchadores enmascarados.

Si bien todas las cinematografías cuentan con mitologías abundantes, la nuestra ha reunido una de las más nutridas y contradictorias frente a la realidad. Prácticamente todos los aspectos de la vida nacional han pasado por un denso filtro de mitificación.

En el cine mexicano, la visión realista o incluso desmitificadora no ha sido muy bien recibida. Eso pudo comprobarse desde los inicios de la industria. En 1933 y en 1935, Fernando de Fuentes realizó El compadre Mendoza y ¡Vámonos con Pancho Villa!, de manera respectiva; ambas son consideradas ahora obras capitales por su fuerza dramática y, sobre todo, por el sentido crítico con que es examinado el movimiento revolucionario.

Poco después, en 1936, el mismo de Fuentes dirigiría una cinta muy diferente: Allá en el rancho grande. Con su prodigioso éxito comercial, ese melodrama ranchero significó la consolidación de la industria y el establecimiento de una de las mitologías más perdurables.

Allá en el rancho grande
Tito Guizar, Carlos L. Cabello, Lorenzo Barcelata y Juan García en Allá en el Rancho Grande

Como bien señala Emilio García Riera en su Historia documental del cine mexicano: ‘Rancho Grande inventaba un universo idílico, la hacienda feudal vista como una arcadia feliz, no sólo para ignorar la revolución y la reforma agraria, sino para oponer una suerte de limbo o refugio al inquietante México de la época, sacudido por la política de avanzada del presidente Cárdenas; al volver a la hacienda, se regresaba a un útero protector y ajeno a los peligros del paso del tiempo’.

De entre las múltiples estrellas míticas del cine mexicano…merece una atención especial la figura de Pedro Infante. De extracción popular, el actor y cantante encarnaría con igual verosimilitud a un charro cantor, un mecánico, un cura de pueblo, un militar, un carpintero o un agente de tránsito. Es decir, tan apto para lo rural como para lo urbano. Dotado de una natural simpatía, Infante fue la representación acabada del mexicano ideal: macho pero tierno, bueno para la cantada, querendón, leal con los cuates, buen hijo e inclinado al llanto viril.

Su culto, por supuesto, sigue vigente a la fecha. Cuando la muerte no interviene de manera anticipada – y a veces diríamos oportuna – los mitos populares corren peligro de sufrir transformaciones. Tal fue el caso de Cantinflas.

…Ismael Rodríguez se encargaría de llevar a su personaje a la apoteosis en Nosotros los pobres (1947), ese paradigma de melodrama arrabalero que es quizá la película más vista en la historia de nuestro cine.

Su desbordado artificio melodramático es precisamente la razón de su popularidad. (García Riera otra vez: ‘Ismael Rodríguez no hizo realismo popular, inventó lo que a una parte del pueblo le gustaría ser’).

La mayoría de los mitos del cine mexicano se dieron en lo que se conoce como la Época de Oro (en sí un mito, por cierto), porque es cuando aquél sostiene un idilio con el público.

Es sintomático que uno de los últimos mitos en verdad populares fuera Santo, el enmascarado de plata, un superhéroe que ocultaba su rostro.

                                                                                  derchak54@yahoo.com.mx

Un pensamiento en “La mitología del cine mexicano”

  1. Soy aficionado al cine mexicano desde sus inicios hasta aproximadamente,mediados de los años 60s,de entonces hacia la actualidad solo algunas cintas me atraen, sin embargo otras posteriores me parecen muy buenas(Estas ruinas que ves,Dos crimenes,La ley de herodes y otras mas,por citar algunas,me parecen excelentes,teniendo en cuenta que pocas veces cuentan los cineastas con un presupuesto digno hacen maravillas.

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