Fernando de Fuentes y Vámonos con Pancho Villa

Fernando de Fuentes y Vámonos con Pancho Villa

Vámonos con Pancho Villa
Chaflán, Manuel Tamés y Antonio R. Frausto (civiles) en Vámonos con Pancho Villa (1935) de Fernando de Fuentes

Aquí hablaré de historia del cine, cine e historia, historia y cine, así como cine y sociedad, etc. El cine como medio de comunicación masiva es el que, después de la televisión, más penetración tiene en el inconsciente colectivo. La influencia del cine en la sociedad es innegable, así pues, es que esta columna rendirá homenaje al cine como fuente para una interpretación diferente de nuestra historia. Propugnar por que el cine se considere canal imprescindible para una visión más plural y crítica del México actual será otra finalidad de esta columna. Pero antes que nada popularizar aspectos históricos del cine mexicano como primer objetivo.

Analizar películas filmadas hace décadas o un siglo revierte en una lectura muy gratificante para un espectador del siglo XXI por la perspectiva cronológica y temporal que implica. Recién esta semana el canal 40 de televisión abierta transmitió la película Vámonos con Pancho Villa (1935) que junto con el Compadre Mendoza (1933) son las más emblemáticas obras de Fernando de Fuentes y probablemente del tema revolucionario en el cine mexicano. Ahora que estamos en las celebraciones del aniversario del inicio de la Revolución Mexicana, ya que del final nadie se pone de acuerdo, es plausible que este tipo de cine no deje de programarse. Por desgracia la copia exhibida era pésima y el audio ininteligible por algunos momentos.

Junto con Fernando de Fuentes como director aparecen en los créditos Miguel M. Delgado como asistente de la dirección; Xavier Villaurrutia junto con de Fuentes adaptó la novela homónima del novelista Rafael F. Muñoz quien es uno de los protagonistas de la cinta; Gabriel Figueroa es el operador de cámara del fotógrafo Jack Draper; la música es de Silvestre Revueltas quien aparece en la cinta como pianista de una cantina; Celestino Gorostiza funge como supervisor; el político y y ex Secretario de Industria y Comercio y de Hacienda Alberto J. Pani, productor. A 72 años de su filmación es impresionante constatar la pléyade de personajes que este proyecto reunió.

La historia sigue las peripecias de seis rancheros amigos, Los Leones de San Pablo, que se unen a Francisco Villa después de que uno de ellos Miguel Ángel del Toro (Ramón Vallarino) es maltratado por un oficial federal. Los otros cinco son Tiburcio Maya (Antonio R. Frausto), Melitón Botello (Manuel Tamés), los hermanos Rodrigo y Máximo Perea (Carlos López Chaflán y Raúl de Anda respectivamente) y Martín Espinosa (Rafael F. Muñoz). Al integrarse a las fuerzas villistas el general Villa apoda a Miguel Ángel del Toro como El Becerrillo, por ser el más joven y por su apellido. La suerte de La División del Norte se ve reflejada en las andanzas y proezas de cada uno de Los Leones de San Pablo. El primero en caer ante el fuego enemigo es Máximo Perea quien al lazar a caballo una ametralladora es herido y muere sobre la ametralladora justo frente a Villa (Domingo Soler en una de las más logradas personificaciones de este polémico personaje). El segundo en caer es Martín Espinosa al lanzar granadas a un enclave federal. El siguiente es Rodrigo Perea, quien al ser rescatado por las fuerzas villistas, junto con Melitón, cuyo peso rompe la cuerda de donde lo ahorcaban y Tiburcio, el líder y consciencia social y de identidad grupal y por ende del movimiento revolucionario visto desde la perspectiva de campesino, es herido de muerte al momento en que iban a ser ejecutados después de haber sido hechos prisioneros al ir a parlamentar con el enemigo. Los tres restantes, Tiburcio, Melitón y El Becerrillo son integrados a Los Dorados y ascendidos. En un juego de ruleta rusa a la mexicana Melitón es herido por un disparo al azahar y para no sentirse cobarde frente a los otros doce, la superstición considera que en un grupo de trece siempre hay un cobarde, se suicida. En medio de una epidemia de viruela El Becerrillo se contagia y a orden expresa de Villa Tiburcio tiene que matarlo y quemar el cuerpo y todas sus pertenencias. Villa muestra miedo y cierta cobardía ante la epidemia y Tiburcio se aleja del tren villista. Existe un final diferente que el canal 13 exhibió en 1982 donde Villa no queda muy bien parado y se muestra muy cruel. En el final alterno Villa va en busca de Tiburcio y amenaza con matar a su familia si no se le une y muere a manos de los subalternos de aquél al tratar de defenderla, sin embargo, Pedro, hijo de Tiburcio se va con El Centauro del Norte. Hay una escena en que Villa, sin remordimiento alguno, manda fusilar a los músicos de una orquesta bajo el pueril argumento de que todos los destacamentos tienen banda de música. Ya sea por censura oficial o que el director no la considerara adecuada no se incluyó y el final con Tiburcio, abatido y desilusionado de la revolución, que emprende el regreso a su pueblo, lo considero al igual que Emilio García Riera, un mejor final por ser anti climático.

El contraste del individuo solitario caminando por las vías del tren cargando sus cananas al hombro, junto con el sarape y el fusil, son imágenes que allá en el lejano 1935, en pleno período cardenista, muestran que si bien no existía un cuestionamiento a la revolución en sí, si se manifestaban visiones diversas y en algunos casos contrarias del período plasmado en el filme. La diversidad de puntos de vista manejados enriquece de manera plural la visión que en aquella década, los treinta del siglo anterior, significaron para la vida nacional una primera lectura del movimiento armado. Es al contrarrestar la visión particular de Los Leones con la general de la revolución encarnada en Villa que percibimos las antípodas que toda revolución crea. Analizar y leer una película a casi ochenta años de su creación, período en que la interpretación de ella era concordante con el momento histórico, con una visión de México en el siglo XXI es un ejercicio intelectual que debería ser implementado en las escuelas públicas del país: concatenar cine e historia. Cada muerte de Los Leones es muy independiente de las otras sin embargo la ilación de las muertes es unida bajo el gran manto que fue la revolución.

Un gran logro cinematográfico de Fernando de Fuentes es la utilización de múltiples escenas de batalla y del ferrocarril que junto con el uso de cientos de extras le dan a la película una verisimilitud muy cercana con las escenas filmadas dos décadas antes por los hermanos Alva y Jesús H. Abitia durante la lucha armada revolucionaria. En un próximo artículo hablaré sobre estos pioneros de la cinematografía nacional. Disfrutar de esta película me permitió volver a admirar una de las grandes joyas de la cinematografía mexicana. Sin negar sus virtudes cinematográficas la obra de De Fuentes debe de tener lecturas históricas para una mejor interpretación del movimiento armado de 1910. Algunas preguntas que la cinta nos permite contestar si hacemos un acercamiento más histórico que cinematográfico son: ¿Por qué contrastar la visión particular con la general respecto a la Revolución Mexicana? ¿Existía realmente un proyecto nacional homogéneo o los intereses de las facciones revolucionarias se imponían? ¿Cuáles cambios afectan directamente al individuo que luchó en la Revolución? ¿El perfil de un Pancho Villa que lo muestra más humano, con filias y fobias nos permite tener una visión del Centauro del Norte más real? ¿Cómo difieren el microcosmos de los Leones de San Pablo del macrocosmos de la Revolución Mexicana? ¿Qué valoran los revolucionarios y por qué? Y tal vez la pregunta más difícil: ¿valió la pena la Revolución Mexicana? Ver esta película puede ayudar a contestar estas preguntas, pero sobre todo, contestarlas mediante una lectura diferente. México hoy, en pleno siglo XXI, no es igual al México cardenista de 1935.

derchak54@yahoo.com.mx

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