La Filmoteca de la UNAM festeja 49 aniversario con versión restaurada del clásico Redes

Artículo de Mauricio Peña aparecido en Filmeweb No. 104 el 9 de agosto de 2009. Lo reproduzco por la importancia que tiene la Filmoteca de la UNAM en la preservación del acervo cinematográfico del país.

“De verdad que nos produce una alegría ver esta sala con muchos espectadores jóvenes, casi llena, porque significa que estamos festejando con una gran respuesta de todos, los 49 años de la Filmoteca de la UNAM, y qué mejor forma de hacerlo que proyectando una película de gran significado en la historia del cine mexicano, Redes, en su versión restaurada”, así fue  como Guadalupe Ferrer Andrade, directora de la Filmoteca de la UNAM, dio por iniciada la fiesta de aniversario de la institución que resguarda una gran parte del acervo cinematográfico de lo que ha sido y es el cine mexicano en toda su historia.

La funcionaria siguió comentando, al lado de Francisco Gaytán, subdirector de la Filmoteca de la UNAM, sobre el esfuerzo que realizan para el rescate de películas que muchas veces parecen condenadas a su desaparición y que al presentarlas a nuevas generaciones de cinéfilos, vuelven a renacer con la misma fuerza que tenían en el tiempo de su realización.

“Nos satisface que hay muchos cineastas que toman la decisión que se resguarden aquí en la Filmoteca sus películas porque saben que es la mejor forma de que llegarán siempre a la nuevas generaciones. ‘Redes’ se ha restaurado en la Cinemateca de Bolonia, a instancias del director norteamericano Martin Scorsese y la World Film Foundation, y nuestra institución le proporcionó el negativo sobre el cual trabajaron para hacer esta valiosa labor”.

Directores de varias generaciones, estudiantes de cine, críticos e historiadores, además de cinéfilos reunidos en la Sala “Julio Bracho” del Centro Cultural Universitario, presenciaron la proyección de la cinta restaurada que fuera dirigida por Emilio Gómez Muriel, director potosino quien trabajó al lado de su colega austriaco Fred Zinnemann, en la creación de “Redes” en 1934. La película cuenta la historia de un grupo de pescadores en Alvarado, Veracruz, que se rebelan contra la explotación que hacen su su trabajo y su producto. No hay en ella actores profesionales y todos los rostros que vemos en pantalla tienen la fuerza y autenticidad de la gente del mar, tal como lo deseaban su realizadores.

No hay duda que la gran protagonista de “Redes” es la música de Silvestre Revueltas que va acentuando cada uno de los pasajes dramáticos que viven los personajes del pueblo y cada imagen de la fotografía de Paul Strand, parece inspirada en la estética del filme de Eisenstein “¡Que viva México!”, y puede adivinarse que la cinta de Gómez Muriel y Zinnemann sirvió de gran influencia para el cine mexicano que se hizo en las décadas entre 30 y 50 del siglo pasado.

Francisco Gaytán resaltó la labor de los restauradores y también se congratuló de la decisión de la Filmoteca de la UNAM para elegir a Redes como una de las primeras películas mexicanas que rescatará la fundación del director Martin Scorsese. “El trabajo de restauración es muy costoso y es algo que nosotros no podríamos solventar”, dijo también Guadalupe Ferrer Andrade-; “trabajar en una película para salvarla puede costar hasta un millón 400 mil pesos, y por eso es digno de aplauso el apoyo de la fundación que ahora nos regresa una obra que todo el mundo puede y debe volver a disfrutar”.

“Sin novedad” en el Lírico

Es gracias a la generosidad de Miguel Ángel Morales, artista e historiador, que incluyo este artículo suyo. Fue publicado en el periódico El Nacional el 31 de octubre de 1991 en la sección de espectáculos. Para mayor información respecto al quehacer de Miguel Ángel Morales visita:  http://miguelangelmoralex.blogspot.com/ .

“Sin novedad” en el Lírico

Ramón Peza, Fructuoso Robles, José Luis del Castillo, Rafael Pérez Taylor, Luis G. Ramos, Isidro R. Treviño, Alfonso de Aquino, Manuel Carvajal, Roberto Núñez y Jesús Lozano eran, al comienzo de 1919, los inspectores del Ayuntamiento de la capital encargados de supervisar los aproximadamente doce teatros y cuarenta cines diseminados en el centro de la capital.

Su jefe, Carlos Berguerisse, era un burócrata con espíritu de notario que amaba en extremo los informes cotidianos. Para supuestamente controlar a sus muchachos, les exigía que al día siguiente le detallaran sus recorridos y el tiempo empleado. Ya se imaginarán los lectores los gruesos expedientes que llenaron estos amanuenses con monótonas rutas e inventados horarios, unos los escribían a máquina y otros a mano (los menos, por fortuna). Unos los redactaban con la jeringonza clásica de los oficios y otros en forma campechana.

Inspectores

Roberto Núñez, haciendo gala de su brevedad, informaba: Díaz de León, de 4:30 a 5:30; Cervantes, de 5:40 a 6:40; Carpa Rosete Aranda, 7:00 p.m.

Lo que equivalía a decir que en la hora indicada había asistido al cine Díaz de León y en diez minutos se trasladó al Cervantes, localizado en la cuarta calle de Lecumberri 63, para terminar su turno en la Carpa Rosete Aranda. Más escueto era José Luis del Castillo. Era el colmo de habilidad telegráfica: Mina de 6 a 7, Venecia de 7.5 a 8, Garibaldi de 8.5 a 9, S.M. Redonda 9.5 a 10.

Salvo excepciones y en forma por demás sospechosa, los informes de los inspectores están plagados de “sin novedad” y “sin haber encontrado irregularidad alguna”. Como era de esperarse, los representantes sociales eran mañosos para no trabajar y ni siquiera visitar los teatros y cines que a diario les asignaban. Por ejemplo, el 4 de abril Manuel Carvajal dice que el teatro Alameda “no trabajó” y especifica: “este cine ya no existe, al parecer, puesto que en su lugar hay un taller de vulcanizar llantas”. El 26 de ese mismo mes, le corresponde a Jesús Lozano inspeccionar el mismo cine. Informa a su superior que tiene el honor de hacer “del conocimiento (sic) de usted que no hubo función en los cines Las Flores, Alameda y La Rivera. Reitero a usted las seguridades de mi atención y respeto. Constitución y Reformas. 26 de abril de 1919. El inspector de cine. (Rúbrica)”. Posiblemente si hubiera ido ese día al cine Alameda se hubiera llevado la sorpresa que el local y estaba funcionando como garage.

A pesar de esta minucia, los inspectores eran sumamente celosos de su deber, dueños del poder de ubicuidad y no sabemos cómo adivinaban que algún actor se encontraba enfermo, con el consecuente retraso de la función. Gracias a ellos, sabemos que Leopoldo Beristáin no subió al teatro Lírico porque el viernes 24 de febrero estuvo enfermo de una “cefalalgia aguda”. ¿Cruda? ¿Migraña? ¿Por qué en marzo, abril o en mayo no volvió a darle una “cefalalgia aguda” al popular cómico?

No hay duda: el Cuatezón Beristáin estuvo enfermo. Lo dice y suscribe el doctor Salvador Alvarado, quien tiene su consultorio en la avenida Brasil 63 y a quien se le puede hablar al teléfono Ericsson 5036.

El sábado 8 de marzo de 1919 el inspector Fructuoso Robles le informa a su superior inmediato de su comisión desempeñada la noche anterior. Estuvo en el teatro Lírico de las 20:00 a las 00:25 horas. Dice: “La primera tiple señora Guadalupe Rivas Cacho no desempeño su papel por encontrarse enferma según certificado médico que adjunto”. En el documento, el doctor médico-cirujano Jesús del Rosal, “legalmente autorizado para ejercer su profesión”, suscribe y certifica que “la señorita Guadalupe Rivas cacho sufre en estos momentos de un cólico intestinal del que no estará repuesta antes de veinticuatro horas. A solicitud de la interesada, extiendo el presente, para que haga de él el uso que más convenga. Marzo 6 de 1919. (Rúbrica)”.

¿Por qué el 7 no se dio aviso de la enfermedad de la famosísima tiple? Porque seguramente al inspector que le correspondió asistir al Lírico inventó también su informe con las famosas frases de “sin novedad” y “sin haber encontrado irregularidad alguna”.

Otra vez Fructuoso Robles señala el jueves 8 de mayo que se retrasó 10 minutos (¡qué precisión!) la función del Lírico “debido a que la señora María Luisa Terrazas sufrió un ataque”, pero a las 7:40 p.m., comenzó la tanda.

Los inspectores inventaban una tranquilidad aparente. No veían las películas, ni las obras de teatro ni mucho menos revisaban las condiciones materiales de los teatros. ¿La reventa? ¿Las medidas de seguridad en caso de siniestro? ¿Los peligrosos llenos? ¡Bah, qué importaba! ¿Infracciones al reglamento? Con dinero se borraba cualquier falta.

Seguramente el encargado del cine Granat estaba harto del soborno y se negó a dar un quinto más. Los inspectores se indignaron y empezaron a fastidiarlo. El Granat se localizaba en avenida Pino Suárez esquina con San Miguel y ofrecía funciones corridas de cintas silentes, sin responsabilizarse de las “intermitencias de la luz”. La luneta costaba 35 centavos y galería 5. De las 13:00 a las 23:00 horas el abnegado cinéfilo podía pasarse entretenido con los filmes o con la intervención de algún artista.

Cines Granat y Odeón
Cine Granat

El 8 de abril Roberto Núñez luego de su escuetísimo informe, se dignó escribir ocho líneas más hablando sobre las irregularidades existentes en el Granat: “Adjunto el acta levantada en el Granat en virtud del estado de absoluta falta de limpieza e higienización que guardan los excusados de dicho local, haciendo notar que otros salones de menor importancia por capacidad y la calidad de espectáculos que presentan tienen un empleado especial para efectuar el aseo intermitente del local destinado a mingitorios y excusados”.

Para celebrar la batalla del 5 de mayo, en el Granat se programó a unos marimbistas chiapanecos y la proyección de La ley natural (11 partes, con Clara Kimball Young), Las damas primero y un corto de Harold Lloyd. De las 15:00 a las 17:00 horas que estuvo en este lugar, el inspector Manuel Carvajal se percató de que la proyección de las cintas no coincidía con lo anunciado. El encargado del cine no tenía permiso de la autoridad para alterar el orden de dicho programa o proyectar “vistas” que no estuvieran anunciadas. Se levanta la infracción y el ciudadano se niega a firmar el acta levantada, amenazando al inspector con las “influencias que dice tiene para que se me quitara el empleo”.

Hay intercambio de palabras y amago de golpes, pero por fin los ánimos se serenan. Carvajal expresa que el relatar “tan pormenorizadamente los hechos sucedidos, lo hago para que se sepa tal y como fueron, puesto que los interesados en rehuir multas que se hacen acreedores apelan hasta la calumnia en contra de los que nos apegamos exactamente en el cumplimiento de nuestro deber”.

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Rafael Pérez Taylor a la derecha del grupo (foto: INEHRM)

El inspector Rafael Pérez Taylor seguramente era un “aviador”. En 1919 tenía 29 años de edad y era un recalcitrante carrancista. Su seudónimo, que popularizó como periodista, era Hipólito Seijas. Fue director del periódico El Monitor y sufrió la persecución zapatista. Pergeñó obras de teatro y seguramente algún funcionario cercano a Venustiano Carranza le consiguió esta plaza tranquila y tan relacionada a su carrera. Mientras Ramón Peza, Fructuoso Robles, José Luis del Castillo y los demás inspectores del Ayuntamiento capitalino tenían que entregar sus informes diarios, al periodista se le dispensaba esa molestia. Por ello, de enero a mayo, sólo aparecen dos informes de Pérez Taylor y, para colmo, traspapelados en el expediente de José Luis del Castillo. Según él, el 17 y el 18 de marzo visitó los cines Progreso, América, San Felipe, Granat y el teatro Colón.

Mientras Pérez Taylor desfrutaba de su sinecura y escribía notas detonantes (en enero atacó a la bailarina hispana Tórtola Valencia, por su vestuario que semejaba retazos de alfombras), otros periodistas eran aprehendidos por manifestarse pro-villistas y enviados al norte de la república en ominosos viajes de “rectificación”. Entre ellos Leopoldo Zamora Plowes, quien en 1945 iba a dar a conocer una deslumbrante novela histórica en dos tomos y con aproximadamente dos mil notas históricas, biográficas, toponímicas, genealógicas y folclóricas: Quince uñas y Casanova aventureros.

Quizá con mayor indolencia e irresponsabilidad que los inspectores, Roberto El Diablo, seudónimo de Roberto J. Núñez y Domínguez, cronista teatral de Revista de revistas, era renuente a reseñar obras de teatro, sobre todo, después de quedar transido de arte al admirar a Ana Pavlova y su compañía en el teatro Arbeu. Amparado de que su hermano era el director del semanario (que salía los domingos) entregaba maquinazos o notas a vuelta de pluma.

El 19 de enero de 1919 justificó la ausencia del público de los teatros porque “llueve y soplan ráfagas heladas. Las salas de los teatros, es natural que resientan en su concurrencia, de la inclemencia del ambiente. En vez de ir a disipar la diaria monotonía con el júbilo breve de una tanda, o en la penumbra amable de algún cine, se experimenta el casto deseo de dar al espíritu una tregua (…) y presuroso y a temprana hora marchaba en busca del calor del corro familiar”.

También los inspectores del Ayuntamiento del Distrito Federal buscaban el calor del “corro familiar” pero por otro motivo: la “diaria monotonía” que se ofrecía en los teatros y cines en 1919, en especial en los meses de enero, febrero, marzo, abril y mayo.

Emma Padilla en la prensa de 1917

Entrevista (1) que Hipólito Seijas le hizo a la Srita. Emma Padilla y que se publicó en El Universal el 27 de abril de 1917 en su columna Por la pantalla.

Emma Padilla (foto: cinemexicano.mty.itesm.mx/
Emma Padilla (foto: ITESM)

En un alto piso de la Avenida Madero, en una casa silenciosa y rodeada de misterio, vive nuestra futura artista de cinematógrafo, que es hermosa y posee un rostro plástico digno de ser fijado en la pantalla para gran solaz de los amantes de la belleza.

Alegre conversación se tenía entre los empresarios de películas mexicanas y los artistas en embrión. Se platicaba de arte.

Allí estaban el infatigable Max Chauvet, el director artístico, René J. Jamet, el operador Ezequiel Carrasco, la bellísima Emma Padilla y su señorita hermana Evelia.

Emma, que tiene en su cabello blondo las fulguraciones de las gotas de champaña que burbujean con arabescos en las copas cinceladas por un Benvenuto Cellini, platicaba con entusiasmo, y sus manos primorosas se entrelazaban para ratificar con dejos cadenciosos sus opiniones emotivas.

La luz, [tríptico de la vida moderna], película que ha sido comentada por la crítica y aún el público no conoce, es el primer escalón que ha sentido el suave chapín de la artista rubia.

¿Cuándo cree usted que se estrene su película?

Tal vez en los primeros días de la semana entrante.

¿Qué cine escogería?

El Olimpia.

¿Cómo se llaman sus compañeros?

Son varios. Mire usted, mi hermana, Margarita Cantón, Agüeros, Carlos de Juambelz, Carlos Clindor y Francisco Escobedo.

¿Cuánto tiempo tiene usted de trabajar en el cine?

Como seis meses.

¿Quién es su maestro?

El señor Jamet a quien considero como el más competente.

¿Y por qué prefiere el cine al teatro?

Porque es más elegante, más hermoso y menos vulgar.

Reía jubilosa, y sus labios bermejos mostraban dos hileras impecables de dientes, maravillosamente blancos.

¿Cuál es su actriz preferida en la comedia?

Virginia Fábregas.

¿Y en el cine?

Responde, inmediatamente, sin vacilaciones: ¡¡¡Pina Menichelli!!!

¿Y por qué la prefiere a la Bertini?

Porque se me figura que su arte es más hermoso y más moderno.

¿Y de los mimos?

Nepotti.

Eso es cuanto a lo serio; ¿pero en lo bufo?

Max Linder.

¿Le gustan las films americanas?

No me hable usted de ellas, opto por las italianas.

¿Le agradan los episodios?

Otra vez; le digo que no, son muy insulsos y los argumentos resultan inverosímiles.

¿Qué clase de películas prefiere, las reconstrucciones históricas, adaptaciones de novelas o temas pasionales?

Aquellas que vienen de la adaptación de novelas.

¿Cuál es su película favorita?

Duda un momento, ¡existen tantas y tan bellas!, pero reacciona pronto, hay en su rostro diafanidad de aurora y responde con calor: ¡¡¡El fuego!!!

¿Qué opina de los pianistas de cine?

Que le hacen pasar a uno malos ratos.

¿Cuál es su ambición?

Triunfar, triunfar en el cine; pero en México, que es mi patria.

Sus párpados se cierran y parece que sueña.

¿Qué habrá más, argumentos o artistas de cine?

Mi maestro tiene la palabra.

Jamet sonríe y asegura, enseñándome un manojo de pergaminos garrapateados, que hay más argumentos que artistas.

¿Cuál fue su impresión íntima al contemplarse por primera vez en la pantalla?

La del miedo.

No quise fatigarla más, ni fatigar a mis lectores. Me despedí galantemente, y todavía al escribir las cuartillas mi retina sentía la emoción de los bellos ojos de Emma Padilla, que parecían revolotear en mi cerebro como dos luminosos cocuyos.

Emma Padilla
Emma Padilla en La luz, tríptico de la vida moderna (1917)

El mismo día de la aparición de la entrevista arriba transcrita, en otro diario, éste vespertino, se incluyó el siguiente entrefilet (2) (vocablo francés que se refiere a una gacetilla suelta) sin firma que cuestiona duramente a Emma Padilla y por supuesto al entrevistador.

EL NACIONAL

DIARIO LIBRE DE LA NOCHE

VIERNES 27 DE ABRIL DE 1917

El cine es una fatalidad; en cada vecindad hay una Pina Menichelli y por todos los barrios sobran Lydas Borellis de quinto patio. Hoy en El Universal aparece entrevistada una señorita Padilla quien al ser interrogada dijo varias tonterías. Nosotros pensamos que la interviú debe reservarse para quien lo merece por su notoriedad. En un pasaje de su entrevista dice el ingenuo cronista refiriéndose a la señorita entrevistada: sus párpados se cierran y parece que sueña, claro que sueña, pero es preciso despertarla.

La actriz italiana Pina Menichelli
La actriz italiana Pina Menichelli

Tres días después, el 30 de abril en su columna Por la pantalla, Hipólito Seijas contesta el entrefilet con argumentos bien sustentados y cuestiona el malinchismo de los reporteros de la época, amén de la ausencia de galantería. Asume, caballerosamente, su culpa por cualquier pifia que hubiese cometido la actriz durante la entrevista.

Las injusticias

Un colega vespertino, en bien salpimentado entrefilet, criticó la entrevista que hice a la señorita Emma Padilla, y faltando a la galantería que toda dama se merece, por el sólo hecho de serlo, dijo: “que las Menichellis de quinto patio” y que la interviú, debía “reservarse para quien la mereciera por su notoriedad”. Y yo me digo: ¿en una sección destinada exclusivamente a cines, voy a ocuparme de poetas, filósofos, cantantes, actores o zapateros? Claro que no; debo ocuparme de personalidades nuestras, que trabajen o traten de trabajar en el cine. El colega, que maneja el humorismo con acierto, me diría tal vez, en el colmo de las impertinencias, que entrevistara a la Bertini o a la Menichelli en cualquier pantalla de cinematógrafo.

Si hablé de la señorita Padilla, fue porque esta gentil criatura, y siento que el autor del entrefilet no la conozca, ha sido la primera artista mexicana de cine, que en forma ha filmado una película.

Si dijo tonterías, creo que una señorita de pocas primaveras, y por ende, bella, no está en el derecho de concertar como si fuera un profundo pozo de ciencia. En dado caso y siendo galante, me abrogo la responsabilidad de las tonterías, ya que ella no hizo más que contestar a las preguntas tontas que le formulé.

Uno de los triunfos del cine es la plasticidad. Emma Padilla es hermosa, y con ello tiene la mitad de la partida ganada.

Pero…Emma Padilla debe ser rudamente discutida, porque Emma Padilla ¡oh desdicha!, es mexicana.

Es notorio que los debates dentro del gremio reporteril de la farándula eran cuestión cotidiana. Ello enriquece el quehacer periodístico, más que empobrecerlo. En otra entrega también transcribo los paradójicos escritos sobre la cinta La luz, tríptico de la vida moderna (1917) de J. Jamet que protagonizó Emma Padilla. El de Seijas, a favor; el de Gil tor, pseudónimo de Gilberto Torres Gallardo, en contra. Pero eso es otra historia.

Notas:

(1) Manuel González Casanova, Por la pantalla: Génesis de la crítica cinematográfica en México, 1917-1919, Dirección General de Actividades Cinematográficas, UNAM, México, 2000, pp. 198-200

(2) Ídem. pp. 431.

(3) Ídem. pp. 203.

El cine en Toluca

El cine en Toluca I*

Se está conmemorando en este año de 1971 el 40 aniversario del cine hablado en nuestro país y en algunas estaciones de radio y televisión, una vez a la semana, se está exhibiendo alguna que otra película de aquellos lejanos tiempos, cuyo tema y actuación de los artistas nos causa actualmente recuerdos de ingenuidad.

El presente artículo tiene como principal objeto recordar a nuestros amables y pacientes lectores, nuestras propias impresiones, no sólo de las cintas mudas que presenciábamos en las pantallas de los cines aquí existentes, sino también de aquellas habladas, la mayor parte de ellas tomadas en los Estados Unidos, muchas con un contenido que hacía la delicia de los espectadores, por la fama que tenían ya conquistada muchos de sus protagonistas.

Remontémonos a un pasado muy remoto, según informes que ha podido obtener, independientemente de los teatros que servían simplemente para las representaciones de cierto nivel cultural, y en cuanto al cine se refiere existían en el portal Madero tres pequeñas salas a donde la gente acudía para presenciar películas de corto metraje y en gran parte noticieros, pues el cine estaba aún en su infancia. Se supone que estas salas duraron desde 1912 a 1918, siendo ellas, el Renacimiento del señor Rafael Cravioto, situado en lo que hoy es la cafetería del Hotel San Carlos, el Royal de don Manuel Medina Pasos, en los bajos de la casa de la familia López y en donde existe actualmente una casa de regalos junto a la dulcería “El Socio”, y el cine Variedades del señor San Román en donde esta la perfumería “Corona”.

Eran artistas predilectos en estos cines de vanguardia, la Berutti, la Menichelli, la Pola Negri, Max Linder, Charlot, estos dos últimos cómicos de gran categoría, especialmente Max Linder, actor de suma elegancia en el vestir y cuya actuación nada tenía de la exageración y fingimiento de los que pretendieron ocupar su lugar años mas tarde.

En cuanto a los teatros Principal y Edén, no tenían más misión que ofrecer espectáculos teatrales como el drama y la comedia y a veces, con más frecuencia, zarzuelas, y operetas tan gustadas del público. En el Edén, considerado de menos categoría que el Principal, actuó en varias ocasiones la compañía de María Teresa Montoya, mientras que en el Principal la gran actriz doña Virginia Fábregas, deleitaba al público selecto con las novedosas obras de teatro francés, entonces en boga.

Con el adelanto técnico en el cine y las cada día escasas visitas de las compañías teatrales tanto el Principal como el Edén, se dedicaron a ofrecer a los toluqueños, programas cinematográficos, dos veces a la semana; los jueves y los domingos.

Había que ir temprano en la mañana de los domingos para conseguir los boletos de la función de la tarde, ya que todo el “Toluca Social” de entonces se daba cita para ver la película de antemano anunciada, mientras que las chicas endomingadas, antes de la función, puestas de pie en sus respectivos lugares, dirigían sus miradas hacia la puerta de entrada, atrayendo la atención de los jóvenes galanes.

Como las películas eran mudas, para no hacer la cosa muy monótona, alguien sentado en el piano, hombreo mujer, tocaba alguna pieza de moda que alegraba el ambiente.

Con el tiempo, las funciones de cine se daban a diario y fue cuando las empresas tuvieron que emplear orquestas profesionales que se habían formado y que tocaban durante los intermedios.

Ya para entonces, en el año de 1924 poco más o menos, en la avenida Hidalgo frente al costado sur de la escuela Lázaro Cárdenas, se abrió un nuevo cine hecho de pura madera que llevaba el ostentoso nombre de cine Villada. Era un cine bastante concurrido por una nueva generación, pero que duró muy pocos años.

En un principio, sin poder precisar la fecha, las películas que en esos cines se exhibían, eran películas de gran metraje, los famosos “episodios” que duraban varios días y que la juventud de entonces acudía con ansiedad para ver el final, ya que las encontraba en extremo emocionantes.

Haciendo memoria de las películas mudas de entonces, damos a continuación algunos nombres, para recuerdo de las generaciones que aún viven y que, seguramente, les dará gusto evocarlas:

La moneda rota (episodios), Stanley y Livingston en África (episodios), Aventuras de un navegante (episodios), La casa del odio (episodios), El fantasma de la ópera, Ben Hur, El jorobado de Nuestra Señora, El buque fantasma, La mancha que limpia (en español), La hija del circo, La dama de las camelias, Varieté (Emil Jannings y Pola Negri), El ángel azul (Emil Jannings y Marlene Dietrich) y Rin-Tin-Tin (el perro talentoso y admirado por chicos y grandes).

Surgen a nuestra mente los nombres de tantos y tantos artistas que dejaron en nosotros impresiones que aún perduran, a pasar de los años transcurridos: Al Jolson, Ramón Novarro, Rodolfo Valentino, Antonio Moreno, John Gilbert, Emil Jannings, Max Linder, Charles Chaplin, Harold Lloyd (Delgadillo), Buster Keaton, Douglas Fairbanks, Max Sentett, Orson Wells, Jacky Coogan, Lon Chaney, Pearl White, Greta Garbo, Marlene Dietrich, Pola Negri, Joan Crowford, Bette Davis, Mary Pickford, Gloria Swanson, Diana Durbin y Shirley Temple.

Conviene aclarar que unos corresponden al cine mudo; otros al hablado, y algunos actuaron en ambos.

Habiendo mencionado los nombres de los teatros y cines de aquellas lejanas épocas, nos vemos obligados a mencionar los distintos empresarios que se encargaron de su administración.

En el teatro Principal: Pedro Servín, los señores Izunza, Popo Echeverri, Jenaro Rosenzweig y finalmente los señores Iracheta. 

En el cine Villada: Pedro Ortiz y Gabriel Barbabosa. 

En cuanto al teatro Edén, durante muchos años estuvo bajo la administración del señor don Agustín Inclán, dueño de una renombrada fábrica de jabón y más aún, famoso por unos polvos que aliviaban como maravilla a los recién nacidos y niños que padecían cólicos y diarreas.

Más tarde y estando cerrado por una larga temporada, fue rentado por un señor Roque Castillo, cambiándole el nombre por el cine Rívoli y más tarde cine Municipal en donde por cierto se proyectaban películas de una calidad excelente. Nuestra memoria no nos ha permitido recordar por el momento quien o quienes eran los empresarios de esta sala, ni tampoco a qué obedeció su nombre de Municipal; pero lo que sí podemos asegurar es que el edificio que ocupara se hallaba ubicado en donde hoy está un supermercado en la esquina de Allende y lo que es hoy la avenida Morelos. 

Pianista de cine mudo

Sería injusto no mencionar los nombres de aquellos que tocaban en los cines, ya individualmente en el piano o en los conjuntos orquestales, con el riesgo de omitir algunos, y que son: Conchita o Carolina Lavat, Téllez (el Periquín), Ernesto Baeza, Pedro Valdés Rubio, Eduardo González, Luis Villegas Ruiz, Manuel Mendieta, Eduardo Mendoza, Los Bartolos, Efrén Hoyos y Roberto Méndez.

Transcurrió el tiempo rápidamente. Ya en 1931 México empezó a explorar los terrenos del cine hablado, cambiando así nuestra propia vida provinciana. En agosto de 1934, Francisco Javier Iracheta acompañado de su hermano Joaquín hiciéronse cargo del cine Principal y el cine Rivoli; el viejo Edén, como el Rívoli, se encontraba cerrado en 1934 y por gestiones de los señores Iracheta se abrió nuevamente en 1935 con la compañía de teatro Brillas. Fue cuando se acabó para siempre una época. En 1934 no había ya orquestas en los cines.

Sin poder precisar fechas, la mayoría de las películas que nos ofrecían, eran por lo general francesas, italianas y americanas que nos mandaban las compañías Pathé, Vitagraph y Vitaphone. No hemos hecho mención alguna de las películas mexicanas, porque, en realidad de verdad eran mucho muy escasas, ya que carecían de capitales fuertes para tal objeto y en su mayoría, por no decir su totalidad, eran verdaderos “churros”, palabra que nunca supe el porqué de tal calificativo.

Buenas o malas, el hecho es que la gente que asistía a sus representaciones, las encontraba jocosas y agradables, en virtud de tratar en sus argumentaciones episodios de nuestra vida nacional.

Cartel de Tabaré de Luis Lezama (1918)

Sabemos, por ejemplo, que un señor llamado Carlos Martínez Arredondo filmó dos películas mudas en el año 1912, tituladas La voz de la raza y Tiempos mayas** sin que nos haya sido posible saber en qué cine fueron exhibidas. Lo mismo nos sucede con otra película filmada en 1918 por el señor Luis Lezama y que llevaba el nombre de Tabaré, seguramente basada en el largo poema de Zorrilla de San Martín, poeta uruguayo de fama internacional.

Según datos obtenidos en algunas obras relacionadas con la materia, el cine mexicano comenzó a dar sus frutos, desde el año de 1917 hasta 1930, siendo al principio la persona más característica y representativa el señor Miguel Contreras Torres quien nos dio en la pantalla las siguientes películas: El zarco (1919), El caporal (1921), El sueño de un caporal*** (1922), El hombre sin patria (1922), Almas tropicales (1923) y Oro, sangre y sol (1925).

Una de las películas mudas que tanto llamó la atención del público toluqueño por haber participado una de las artistas muy conocida de los asistentes al teatro Edén cuando visitaba Toluca con su compañía es El automóvil gris filmada en 1919 y cuya primera vedette fue María Teresa Montoya.

En 1919 otra de las cintas mudas que obtuvo bastante éxito entre el público fue Viaje redondo en la cual trabajaron Carlos Noriega Hope, Leopoldo Beristáin, Lucina Joya, Manuel y Pompín Iglesias y Joaquín Pardavé. 

Es a partir del año de 1930 que nace el cine sonoro mexicano con sonido de discos sincronizados con la imagen como Más fuerte que el deber y Náufragos de la vida, obteniendo cierto éxito de público que comenzaba a tener ya disposiciones para el cine sonoro nacional.”

El cine en Toluca II

En el artículo anterior hemos hablado de los distintos cines que funcionaban en esta capital de provincia rememorando los nombres de los empresarios de cada uno de ellos, los títulos de las películas mudas que en ellos se exhibían, así como los nombres de los componentes de las distintas orquestas que entretenían al público a la hora de los intermedios, con la seguridad plena de que hemos omitido algunos, confiados solamente a nuestra ya débil memoria.

Sin poder precisar fechas, la mayoría de las películas que nos ofrecían, eran por lo general francesas, italianas y americanas que nos mandaban las compañías Pathé, Vitagraph y Vitaphone. No hemos hecho mención alguna de las películas mexicanas, porque, en realidad de verdad eran mucho muy escasas, ya que carecían de capitales fuertes para tal objeto y en su mayoría, por no decir su totalidad, eran verdaderos “churros”, palabra que nunca supe el porqué de tal calificativo.

Buenas o malas, el hecho es que la gente que asistía a sus representaciones, las encontraba jocosas y agradables, en virtud de tratar en sus argumentaciones episodios de nuestra vida nacional.

Sabemos, por ejemplo, que un señor llamado Carlos Martínez Arredondo filmó dos películas mudas en el año 1912, tituladas La voz de la raza y Tiempos mayas sin que nos haya sido posible saber en qué cine fueron exhibidas. Lo mismo nos sucede con otra película filmada en 1918 por el señor Luis Lezama y que llevaba el nombre de Tabaré, seguramente basada en el largo poema de Zorrilla de San Martín, poeta uruguayo de fama internacional. 

Según datos obtenidos en algunas obras relacionadas con la materia, el cine mexicano comenzó a dar sus frutos, desde el año de 1917 hasta 1930, siendo al principio la persona más característica y representativa el señor Miguel Contreras Torres quien nos dio en la pantalla las siguientes películas: El zarco (1919),  El caporal (1921), El sueño de un caporal (1922), El hombre sin patria (1922), Almas tropicales (1923) y Oro, sangre y sol (1925) 

Una de las películas mudas que tanto llamó la atención del público toluqueño por haber participado una de las artistas muy conocida de los asistentes al teatro Edén cuando visitaba Toluca con su compañía es El automóvil gris filmada en 1919 y cuya primera vedette fue María Teresa Montoya.

Fotogramas de El automóvil gris

En 1919 otra de las cintas mudas que obtuvo bastante éxito entre el público fue Viaje redondo en la cual trabajaron Carlos Noriega Hope, Leopoldo Beristáin, Lucinda Joya, Manuel Iglesias (Pompín) y Joaquín Pardavé.

Es a partir del año de 1930 que nace el cine sonoro mexicano con sonido de discos sincronizados con la imagen como Más fuerte que el deber y Náufragos de la vida, obteniendo cierto éxito de público que comenzaba a tener ya disposiciones para el cine sonoro nacional.

Fue, sin embargo, en 1931 cuando el cine mexicano ya definitivamente sonoro, se inaugura formalmente con toda solemnidad con la producción de Santa por la Compañía Nacional Productora de Películas, basado el argumento sobre la novela de Federico Gamboa y con música del finado Agustín Lara. Siendo pues uno de los ensayos del cine sonoro nacional, debemos ser tolerantes con algunas fallas técnicas que en ella aparecen; pero recuerdo perfectamente la enorme impresión que causó entre el público cuando la vimos por primera vez en la pantalla del cine Principal de esta ciudad.

Sin embargo cabe hacer una aclaración pertinente que por ningún motivo debe dejarse pasar inadvertida; en efecto, Santa como digo líneas antes, adolecía de fallas técnicas, pero en honor de la verdad quienes formábamos al público cinéfilo de entonces, creo que en buena proporción también el de ahora, no estaba muy capacitado para advertir tales fallas y seguramente las pasó por alto; ahora, en el mejor de los casos, las perdonó totalmente, no por una actitud generosa fuera de sentido, sino porque se trataba de ver con la mejor simpatía a ese fenómeno que se llamaba el cine mexicano.

Por otra parte, quien no haya leído la entonces gustada novela de don Federico Gamboa, puede ignorar el argumento de la película, casi copiado al carbón, con sus más y sus menos. La muchacha pueblerina de Chimalistac inducida al pecado (de algún modo hemos de llamarlo) por Marcelino, el militar apuesto, abusivo y seductor tan a la mexicana; sobre todo el militar surgido de nuestras constantes desavenencias.

La siguiente parte, conocido por la familia el traspiés de Santa, la actitud muy de la época de los hermanos que airadamente la echan inmisericordemente de la casa; el vagar de la infeliz por las calles de la gran ciudad hasta que la proxeneta de rigor la invita al prostíbulo. Luego, el triunfo, la victoria, el clímax, con la aparición del torero que hoy por hoy sería el futbolista o el “volante”, aquel famoso Jarameño de utilería que le tocó caracterizar a Juan José Martínez Casado.

Si quisiéramos encontrar el consabido mensaje de este argumento quizá pudiera ser la moraleja o el consejo de las jóvenes de cuidarse de las seducciones; pero realmente el tal mensaje aparece en Santa tan diluido, tan confundido con la compañía en el prostíbulo del ciego Hipólito, que solamente el final convencional de una Santa en el hospital, víctima sin salvación posible, ni siquiera la remota posibilidad del milagro providencial, de un cáncer que la ha destruido irreversiblemente, puede ser el remate de eso que muy de los cabellos podría ser la anécdota. 

Algún comentarista que hubimos de consultar para trazar estas líneas, gente documentada y conocedora ha dicho que Santa es la película de la prostitución profesional. Pero en fin, a los toluqueños de por aquellos años, hace cuarenta exactamente, nos gustó y distrajo cumplidamente.

Es de justicia hacer mención de las personas que participaron en esta producción y que son: Lupita Tovar (Santa), Mimí Derba (doña Elvira), Carlos Orellana (Hipólito) y Juan José Martínez Casado en el papel de El Jarameño, el torero que enamorado de Santa la saca del burdel. La película Santa fue estrenada el 30 de marzo de 1932 en el cine Palacio de la ciudad de México.

Bajo la administración de los cines Principal y Rívoli por los hermanos Iracheta, desde 1934 hasta el año de 1941 en que termina el presente artículo pudimos apreciar muchas películas mexicanas.

*Tomado de Estampas toluqueñas, Ramón Pérez, Ediciones del Gobierno del Estado de México, Colección Estudios Históricos/3, 1974, pp. 233-239.

**No encontré mención alguna de estas películas. Ni Aurelio de los Reyes, Federico Dávalos o Juan Felipe Leal las listan en sus respectivas filmografías.

***No existe una película con este título, probablemente Ramón Pérez se refiere a De raza azteca filmada en 1922.

Toluca, ¿precursora del cine sonoro?

Toluca, ¿precursora del cine sonoro?

El siguiente relato nos da una visión de primera mano del significado que el cine mudo tenía sobre los chiquillos de la época. Zincúnegui rememora una anécdota sobre una función en la cual “sonorizaron” un documental de la guerra ruso-japonesa. Al mismo tiempo nos da varios pormenores de lo que era un función de cine en los albores del siglo XX. Tomado del libro Toluca de mis recuerdos de Leopoldo Zincúnegui Tercero, editado por Testimonios de Atlacomulco en 1970, páginas 71-73:

” La historia es a veces olvidadiza e injusta. ¿Sabían ustedes que en la ciudad de Toluca actuaron hace años, quienes deberían ser considerados como precursores del cine sonoro, y que entre ellos se encontraba el suscrito?

¡Sí señor! Tuve el gusto de formar parte del “equipo” que, bajo la dirección de los señores Izunza, inició la modalidad de hacer sonoro el cine silencioso. El asunto vale la pena de ser relatado.

Las personas que vivieron en Toluca por aquella época, recordarán que los hermanos Izunza, establecieron en el Teatro Principal la primera empresa de cine mudo, en tiempos de Max Linder, la Menichelli, Charlot, etc. películas que hoy nos parecerían ridículas, pero que entonces hacían las delicias del público.

En la oscura sala, al proyectarse las películas, sólo se escuchaba el ruido seco e isocrónico de los aparatos de proyección Pathé Frères. Un desafinado piano pretendía glosar los temas del argumento, ejecutando trozos de la Serenata de Schubert, del Vals Poético o Sobre las Olas.

Cuando inesperadamente se rompía la película o terminaba un rollo, se interrumpía automáticamente el tecleo del piano y la sala permanecía silenciosa, en tanto que en la pantalla se sucedía una serie monótona de anuncios y vistas fijas, que el público se sabía ya de memoria.

Pathé Frères

Aquello resultaba demasiado frío, demasiado mecánico y sin vida. Se hacía indispensable animar aquellas figuras silenciosas.

Y ahí de la inventiva de los hermanos Izunza al crear uno de los primeros equipos sonoros con que contó el cine nacional. Al efecto, fuimos seleccionados una veintena de chiquillos, el mayor de los cuales no pasaba de los doce años, preparándosenos  cuidadosamente para la importante misión que deberíamos desempeñar. Nosotros felices, pues además de entrar “de gorra” al cine, se nos gratificaba con un reluciente tostón de aquellos tiempos, que era como diez pesos de los actuales.

Nuestro equipo se dividió en varias secciones: la de truenos, disparos y golpes secos; la de olas, chubascos, cascadas y chapoteos de agua; la de ruidos mecánicos, como los de un tren en marcha, un aserradero, etc.; la de ruidos diversos, como el brusco cierre de una puerta, el característico de los cascos de los caballos sobre el pavimento, y el de animales, en el cual se especializaron algunos compañeros como Joaquín Palacios, el perro, que todavía conserva el mote; el burro Guarneros, capaz de engañar con sus reclamos amorosos a la propia burra de Balaam, o el gato Robles, cuyos aullidos, hacían asomarse a los tejados a todas las mininas del barrio…

Ya debidamente aleccionados y técnicamente preparados empezamos a actuar con gran éxito – naturalmente del otro lado de la pantalla, que era de manta y transparente – con gran contento del público que aplaudía a rabiar el verismo de nuestras interpretaciones.

Así actuamos durante algunas semanas hasta llegar la noche en la que iba a culminar nuestra habilidad imitativa, al exhibirse una película documental de la guerra ruso-japonesa*, en la cual tendríamos que poner a prueba nuestras facultades, al desfilar por la pantalla las tremendas escenas de la guerra con sus fieros asaltos de trincheras; los duelos de la artillería; el tronar de los cañones sobre las plazas sitiadas, las luchas cuerpo a cuerpo y toda esa baraúnda de ruidos, estallidos y golpes secos, que acompañan al fragor de los combates.

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Y empezó la danza, entre gritos, injurias, y ayes de los contendientes. A los toques de clarín, se sucedían las descargas de la fusilería o el tronar de los cañones y el retumbar de las piezas de grueso calibre, mientras por todas partes pasaban silbando los cascos de metralla. Aquella horrible zarabanda tenía suspensos y atónitos a los espectadores, hasta que de pronto, alguno de nosotros arrojó, impensadamente, un cohete sobre la “Santabárbara”, donde teníamos acumulados la mayor parte de nuestra pólvora…Se produjo una explosión terrífica, ensordecedora. Grandes llamaradas atravesaron la débil manta de la pantalla, haciendo que el público abandonara el salón en medio de un pánico indescriptible; en tanto que nosotros, medio chamuscados y ennegrecidos por la pólvora, salíamos como almo que se lleva el diablo rumbo a nuestros domicilios, donde después de las curaciones de emergencia, todavía recibiríamos un sermón de padre y muy señor nuestro, como premio a nuestros meritos y afanes de precursores de lo que algún día sería el maravilloso cine sonoro.”

*La guerra ruso-japonesa sucedió entre 1904-1905, por lo que podemos imaginar que el evento sucedió entre 1905-1915, años en los que los hermanos Izunza administraron el Principal, según Ramón Pérez en el libro Estampas toluqueñas.