Toluca, ¿precursora del cine sonoro?

Toluca, ¿precursora del cine sonoro?

El siguiente relato nos da una visión de primera mano del significado que el cine mudo tenía sobre los chiquillos de la época. Zincúnegui rememora una anécdota sobre una función en la cual “sonorizaron” un documental de la guerra ruso-japonesa. Al mismo tiempo nos da varios pormenores de lo que era un función de cine en los albores del siglo XX. Tomado del libro Toluca de mis recuerdos de Leopoldo Zincúnegui Tercero, editado por Testimonios de Atlacomulco en 1970, páginas 71-73:

” La historia es a veces olvidadiza e injusta. ¿Sabían ustedes que en la ciudad de Toluca actuaron hace años, quienes deberían ser considerados como precursores del cine sonoro, y que entre ellos se encontraba el suscrito?

¡Sí señor! Tuve el gusto de formar parte del “equipo” que, bajo la dirección de los señores Izunza, inició la modalidad de hacer sonoro el cine silencioso. El asunto vale la pena de ser relatado.

Las personas que vivieron en Toluca por aquella época, recordarán que los hermanos Izunza, establecieron en el Teatro Principal la primera empresa de cine mudo, en tiempos de Max Linder, la Menichelli, Charlot, etc. películas que hoy nos parecerían ridículas, pero que entonces hacían las delicias del público.

En la oscura sala, al proyectarse las películas, sólo se escuchaba el ruido seco e isocrónico de los aparatos de proyección Pathé Frères. Un desafinado piano pretendía glosar los temas del argumento, ejecutando trozos de la Serenata de Schubert, del Vals Poético o Sobre las Olas.

Cuando inesperadamente se rompía la película o terminaba un rollo, se interrumpía automáticamente el tecleo del piano y la sala permanecía silenciosa, en tanto que en la pantalla se sucedía una serie monótona de anuncios y vistas fijas, que el público se sabía ya de memoria.

Pathé Frères

Aquello resultaba demasiado frío, demasiado mecánico y sin vida. Se hacía indispensable animar aquellas figuras silenciosas.

Y ahí de la inventiva de los hermanos Izunza al crear uno de los primeros equipos sonoros con que contó el cine nacional. Al efecto, fuimos seleccionados una veintena de chiquillos, el mayor de los cuales no pasaba de los doce años, preparándosenos  cuidadosamente para la importante misión que deberíamos desempeñar. Nosotros felices, pues además de entrar “de gorra” al cine, se nos gratificaba con un reluciente tostón de aquellos tiempos, que era como diez pesos de los actuales.

Nuestro equipo se dividió en varias secciones: la de truenos, disparos y golpes secos; la de olas, chubascos, cascadas y chapoteos de agua; la de ruidos mecánicos, como los de un tren en marcha, un aserradero, etc.; la de ruidos diversos, como el brusco cierre de una puerta, el característico de los cascos de los caballos sobre el pavimento, y el de animales, en el cual se especializaron algunos compañeros como Joaquín Palacios, el perro, que todavía conserva el mote; el burro Guarneros, capaz de engañar con sus reclamos amorosos a la propia burra de Balaam, o el gato Robles, cuyos aullidos, hacían asomarse a los tejados a todas las mininas del barrio…

Ya debidamente aleccionados y técnicamente preparados empezamos a actuar con gran éxito – naturalmente del otro lado de la pantalla, que era de manta y transparente – con gran contento del público que aplaudía a rabiar el verismo de nuestras interpretaciones.

Así actuamos durante algunas semanas hasta llegar la noche en la que iba a culminar nuestra habilidad imitativa, al exhibirse una película documental de la guerra ruso-japonesa*, en la cual tendríamos que poner a prueba nuestras facultades, al desfilar por la pantalla las tremendas escenas de la guerra con sus fieros asaltos de trincheras; los duelos de la artillería; el tronar de los cañones sobre las plazas sitiadas, las luchas cuerpo a cuerpo y toda esa baraúnda de ruidos, estallidos y golpes secos, que acompañan al fragor de los combates.

caption

Y empezó la danza, entre gritos, injurias, y ayes de los contendientes. A los toques de clarín, se sucedían las descargas de la fusilería o el tronar de los cañones y el retumbar de las piezas de grueso calibre, mientras por todas partes pasaban silbando los cascos de metralla. Aquella horrible zarabanda tenía suspensos y atónitos a los espectadores, hasta que de pronto, alguno de nosotros arrojó, impensadamente, un cohete sobre la “Santabárbara”, donde teníamos acumulados la mayor parte de nuestra pólvora…Se produjo una explosión terrífica, ensordecedora. Grandes llamaradas atravesaron la débil manta de la pantalla, haciendo que el público abandonara el salón en medio de un pánico indescriptible; en tanto que nosotros, medio chamuscados y ennegrecidos por la pólvora, salíamos como almo que se lleva el diablo rumbo a nuestros domicilios, donde después de las curaciones de emergencia, todavía recibiríamos un sermón de padre y muy señor nuestro, como premio a nuestros meritos y afanes de precursores de lo que algún día sería el maravilloso cine sonoro.”

*La guerra ruso-japonesa sucedió entre 1904-1905, por lo que podemos imaginar que el evento sucedió entre 1905-1915, años en los que los hermanos Izunza administraron el Principal, según Ramón Pérez en el libro Estampas toluqueñas.

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