Elena Sánchez Valenzuela: me llamé Santa (1918)

El siguiente artículo firmado por Fernando Muñoz Castillo, autor también del libro Las reinas del trópico, (Grupo Azabache, 1993), fue tomado de la revista Replicante, vol. III, no. 12, pp. 1-3.

Elena Sánchez Valenzuela: me llamé Santa (1918)

En 1918 el distribuidor de películas Germán Camus decide crear su propia productora de películas en México. Para su debut escoge la novela Santa (1903), del escritor y diplomático Federico Gamboa, y que por su acentuado tono naturalista había causado vahídos y supiritacos en muchas personas decentes del país. La filmación inició en abril de 1918, siendo sus principales intérpretes Elena Sánchez Valenzuela (Santa), Alfonso Busson (Hipólito), Ricardo Beltri (El Jarameño) y Fernando Argandar Sobrino (Capitán Marcelino Beltrán). En el papel de Ripoll debuta el después director de cine Adolfo Fernández Bustamante. Y ésta, al igual que La Luz, tríptico de la vida moderna (1917) de J. Jamet, se dividió en tres partes, simbolizadas al principio de cada una por la bailarina y violinista Norka Rouskaya, “la de los pies de seda”: la pureza, el vicio y el martirio.

Vampiresa nacional

En 1925 Elena Sánchez Valenzuela contó en entrevista a J. M. Sánchez, de Cinema Reporter, su aventura fílmica:

Elena Sánchez Valenzuela

Peredo necesitaba una protagonista que no quería arrancar de las tablas de un escenario, porque la heroína de Gamboa — [de esa] novela que leían a hurtadillas las mujeres de México, de tal manera que su circulación enorme era subterránea— tenía que aportar al cine una juventud de quince años y una ingenuidad natural en su mímica, en su gesto, difícil de adquirir entre gente profesional. Yo pertenecía al elenco estudiantil de 1918 en la Escuela Preparatoria y una tarde fraguamos una pinta rumbo a los estudios que Mimí Derba tenía en la calle de Balderas. Se había reunido el ramillete de las bellas del Conservatorio Nacional. En él había la influencia europea de la Menichelli, de la Bertini, de la Manzini en asuntos de cine. Fueron citadas “a tomarse una prueba ante la cámara”, para seleccionar de entre ellas a la que había de interpretar a Santa, la vampiresa nacional. Yo no usaba ni traje de seda ni tacones altos ni carmín siquiera en las mejillas; mi vida de colegiala estaba lejos de eso, de manera que de espectadora a “ver tomar las pruebas”, de improviso fui invitada al final de esta sesión por el operador, que no sabiendo qué hacer con unos cuantos pies de celuloide que le quedaban inútiles dentro del magazín de su cámara, se puso a grabar ese sobrante. “Ríase usted”, me decía, “Camine, siéntese, póngase seria” y allí terminó el film.

Pocos días después el director de Santa me buscaba en mi clase de cosmografía para darme la noticia de que era yo la persona más fotogénica del momento y que debía encarnar el personaje de Santa. Empezaron inmediatamente las pintas de la escuela; las exigencias de mi posición de presunta estrella me obligaron a sustraer del guardarropa materno los trajes que había de usar la Santa cortesana. Todo esto era a escondidas de mis familiares, que ya casi al terminar la película se dieron cuenta de que había abandonado las clases de la escuela. Los estudiantes de 1918 me acompañaron en turnos distintos a servir de extras; todos sentían la atracción de los reflectores, que se traducían en tablas de madera forrada de lámina. Cuando hubo necesidad de las extras que figuran en la novela como compañeras de Santa, a mí se me dijo que las que estaban actuando eran gente de teatro: más tarde supe que se habían tratado de Santas auténticas. Como no había ni que soñar con la construcción de sets como esos que tanto envidiábamos en los contemporáneos de Hollywood […], nosotros forzosamente recurríamos a lo que los arquitectos auténticos habían levantado en nuestras calles; Gamboa en su descripción ayudó mucho a la Santa cinematográfica, porque la fuerza medular de la obra reside en Chimalistac […] El presupuesto de que gozábamos no era muy espléndido, a pesar de que Camus fue el más generoso de los empresarios; por eso los artistas teníamos que contentarnos con un lunch improvisado en cualquier tienda de abarrotes y casi siempre consistía en bolillos con queso añejo y rajitas de chipotle. De salarios no se hablaba. ¿Quién habría de garantizarlo? ¿No acaso la empresa hacía juego peligroso digno de agradecérselo con el simple hecho de exponer su dinero en nuestros ensayos artísticos? De manera que esperábamos solamente que la suerte nos favoreciera, primero, teniendo éxito en la obra, segundo, con la empresa que nos regalara algo por nuestro trabajo. Yo no puedo quejarme de la caballerosidad ni de la largueza de don Germán Camus, que me obsequió mil pesos de aquellos tiempos…(1)

Sánchez Valenzuela filmó después La Llaga (1919), El escándalo (1920) y En la hacienda (1921), su última aparición en las pantallas, precisamente a su regreso de Hollywood.

El crítico de cine Marco Aurelio Galindo escribió en 1922:

Elena Sánchez Valenzuela, un tanto gruesa, supo caracterizar magníficamente su personaje de indita sencilla. Tiene bastante gesto y mucha expresión. Sobre todo, cuenta en su haber algunos gestos que hacen vivir toda su alma simple de joven ranchera y buena en su existencia. Han desaparecido las ligeras vacilaciones y perplejidades que le vimos en Santa(2)

La reseña y la crítica cinematográfica

Elena amó el cine en todas sus diversificaciones y así fue como empezó a escribir de cine. “En 1922, El Universal Gráfico encargó su columna de cine a Elena Sánchez Valenzuela, una de las más renombradas estrellas nacionales y probablemente la primera mujer en adoptar por un tiempo el oficio de criticar ‘la hoja de plata’”.(3)

santa1918

Elena no sólo escribió para El Universal Gráfico, sino que el 22 de abril de 1935 comenzó a colaborar para el recién inaugurado periódico El Día. Su trabajo es de suma importancia por la seriedad con que lo realizó. Después de ella fue en 1928 Cube Bonifant —quien firmaba con el seudónimo de Luz Alba— la otra mujer que registra la memoria como reseñista y crítica cinematográfica.

La filmoteca nacional

Al dejar de hacer cine funda en 1923 la Supervisora de Películas: “Sugerí esta Supervisora con el anhelo de prestigiar nuestro cine y también con el deseo de defender el decoro de la Nación, ya que en todas las películas norteamericanas tomábanse como tipos de villanos a individuos de nuestro país. Hoy, la Filmoteca Nacional es una sección dependiente del Departamento de Divulgación de la Secretaría de Educación”. Desde 1942 se encontró al frente de la Filmoteca Nacional, por designación del presidente Manuel Ávila Camacho. Su entusiasmo por preservar la historia del cine mexicano la llevó a casi perder la vista, debido al trabajo en la moviola. En 1948 Mariano de Cáceres recogió el pensamiento de esta mujer respecto a lo que debería de ser una Filmoteca Nacional:

El exiguo material que tiene la Filmoteca debe ser respetado como lo son los incunables valiosos de una biblioteca, y facilitarse al público, instituciones oficiales, particulares y escuelas, solamente copias. Es más, considero de gran importancia que la Filmoteca Nacional debería ser un Departamento autónomo, para evitar que esté sujeto a los vaivenes de la política, puesto que es la Historia que pertenece a todos los credos, religiones y pueblos. De modo que sólo con conocimiento, devoción y desinterés, se puede emprender una tarea de tamaña naturaleza. Es más: pienso que debiera haber al frente de la Filmoteca Nacional un director o directora; pero asesorada esta persona por un consejo. […] Yo creo que se impone una ley de protección y desenvolvimiento para que exista una verdadera Filmoteca Nacional, rica en documentos que darán luz histórica a los investigadores.

Tras los pasos de Santa

El periodista cinematográfico Enrique Rosado sostuvo con ella una estrecha amistad durante los últimos años de vida de ésta.

El recuerdo que guardo de Elenita Sánchez Valenzuela es el que se manejaba en mi casa de Mérida, cuando yo era algo menos que un adolescente, pues se repetía mucho su nombre ya que ella había ido a la Escuela Normal Urbana Rodolfo Menéndez de la Peña a ofrecer un recital, pues con el nombre que tenía por haber aparecido en las pantallas, la gente se concentraba para oírla declamar. Entre esas personas se encontraban mi madre y una tía mía que le daba mucho valor a la poesía. Es así que, durante muchísimos años, guardé ese recuerdo de ella, el de la declamadora que había impresionado a mi familia.

Tiempo después, cuando el vitáfono surge con todo su esplendor en todos los cines de Mérida —el San Juan, el Rialto— […] existe un cine en la calle 60 sur, entre 75 y 77 más o menos, llamado Cine Hidalgo, que tardó en adaptar el sonido al espectáculo que ofrecía. Recuerdo perfectamente bien que la forma en la que se hacía la publicidad para ese cine en los barrios de alrededor era repartiendo los programas a domicilio al igual que los demás cines, pero con la variante de que arriba del anuncio de las vermouths, que eran las funciones de las cinco y media y de las seis —estas funciones no se podían ofrecer en todas las estaciones del año, porque los cines no eran techados, y había ocasiones en que anochecía más temprano que en otras—, para atraer más público a la sala, venían numerados los programas, y esta leyenda: “Si usted va al cine y su número coincide con el que aparece en la parte superior, podrá usted entrar gratis”.

Mis amigos y yo nos juntábamos con nuestros programas y nos íbamos a ver si salíamos premiados y, así, entrar gratis al cine. Me acuerdo mucho de la tarde en que mi programa tenía como últimas cifras 01, y el cartel de la entrada decía que todos los que tenían esas dos cifras en su programa podían entrar gratis. Proyectaban precisamente Santa con Elena Sánchez Valenzuela. Lo maravilloso, ahora que lo recuerdo —yo tendría 10 u 11 años cuando mucho—, es haberla visto… por aquella educación que entonces nos daban. De lo que me acuerdo mucho es de la primera secuencia en que un espíritu, que es el de Santa, va y toca una puerta… años después, cuando leí la obra de don Federico Gamboa, me di cuenta de que aquello era exactamente el prólogo de la novela: “No vayas a creerme santa porque así me llame…”, prólogo que don Federico le dedica a Jesús F. Contreras, el escultor de Malgré Tout…

El encuentro

Pasa el tiempo, yo vengo a vivir aquí al D.F., fui a la Secretaría de Gobernación y vi pasar a una señora muy guapa, con mucha personalidad y alguien que estaba conmigo dijo: “Esa es Elena Sánchez Valenzuela”. Entonces yo me acerqué — ya había comenzado mi carrera de periodista, ya escribía en Cinema Reporter —, y le dije: “Quiero saludarla, estoy comenzando mi carrera de periodista” — ahora me doy cuenta de que fue una audacia de mi parte, yo siempre fui muy tímido para abordar a las personas y entrevistarlas —, “además mi madre la admira mucho, en mi casa siempre se habló de usted, yo vi su película en el Cine Hidalgo en la ciudad de Mérida”. Me escuchó con mucha atención, al finalizar de hablar me dijo: “Así que usted ya vio la película, pues si supiera usted cómo rescaté yo esa película”.

El rescate de Santa

A partir de esa ocasión surge una amistad, una corriente favorable y muy recíproca de simpatía. En ese tiempo ella trabajaba como supervisora en la Secretaría de Gobernación y tenía a su cargo lo que sería el antecedente de la Cineteca Nacional, en un área no muy extensa y en una especie de libreros tenía las películas en sus latas. En una de las visitas que le hice me contó que se había enterado de que existía una copia de Santa que había decomisado un sacerdote en el norte de la República quien, al enterarse de que la gente del pueblo la estaba viendo, dijo: “¡No hay más Santa!” y la recogió. Ella, al enterarse, va y hace todas las gestiones: una donación para la iglesia o las fiestas del santo patrón o la Virgen del pueblo. Como era un pueblecito muy apartado, tuvo que utilizar un burro para transportar la película hasta la ciudad más cercana y de ahí traerla en tren al D.F.

Su sueño era que la gente pudiera ver esa versión de Santa y darse cuenta de la calidad artística de ella como intérprete del personaje de Gamboa. Elenita decía que gracias al STIC se había conseguido que el cine mexicano alcanzara una proyección nacional, porque cuando el STIC comienza a manejar a los trabajadores de las salas de proyección, impone que las películas mexicanas que se producen se exhiban en todos los cines del país, y gracias a esta medida el cine mudo mexicano logró trascender y dejar para la historia muchas películas importantes de ese entonces. Me comentó que la película no se podía exhibir en las condiciones en que se encontraba: 35 mm. en película inflamable e imposible de proyectar con los aparatos nuevos de esa época. Ella tenía la idea de que se hiciera todo el proceso técnico para sacar el contratipo de la película y así poder hacer copias.

retrato2

La fotografía a la derecha fue tomada el 2 de septiembre de 1926, después de la exhibición privada de la película El cristo de oro. Entre otros aparecen, Gilberto Rubalcaba (sic), director de El Sol; el crítico cinematográfico Marco Aurelio Galindo; los cronistas Juan Rico y Manuel Horta, Carlos Noriega Hope; Castillo Fígaro; el dibujante Ernesto García Cabral; el pintor Carlos González, las actrices Elena Sánchez Valenzuela y Otilia Zambrano, el actor Carlos Orellana, el popular compositor Tata Nacho y el director Manuel R. Ojeda.
Cinema Reporter. No. 820, 3 de abril de 1954. P. 37 (4)

En ese entonces surge en casa de Efraín Huerta el arranque de lo que sería Pecime. En esa reunión estuvieron Oswaldo Díaz Ruanova, Rosa Castro, Juan Manuel Tort, Efraín y yo. Elenita asistía a las reuniones de la agrupación. Cuando ya toma forma Pecime, en la tercera o cuarta sesión, y designamos a Rosa Castro como presidenta, surge la idea de que la primera cena que daría Pecime en El Patio sería para recaudar fondos para lo que se llamó “El rescate de Santa”. Es decir, con el dinero que se recaudara se haría el contratipo de la película y se promovería como un estímulo al cine mexicano. La primera fiesta fue grandiosa, sobre todo porque ya se había dicho con qué fines se realizaba el evento. Sin embargo, en ese momento ya existía la separación entre la ANDA y el STIC. Cuando entró Elena a El Patio la orquesta comenzó a interpretar “Santa”, de Agustín Lara. A media fiesta, Jorge Negrete se levantó, tomó el micrófono y dijo: “Bueno, Pecime ha organizado esto para rescatar Santa. Quiero que el dinero que esta noche se recaude sea exclusivamente para Pecime, porque la ANDA se hará cargo del rescate de Santa, e invito a Elena Sánchez Valenzuela para que suba con nosotros para recibir esta ovación que establece ya, en una forma definitiva, el compromiso de la ANDA para rescatar Santa”.

Se le pidió a Gabriel Figueroa que participara orientando el proceso técnico. Fue en los viejos estudios CLASA a donde se llevó la copia de la película para realizar el trabajo de laboratorio. Me acuerdo que ella decía: “Es gracias a usted que se está rescatando Santa, usted puso todo el empeño”. Fue por eso que me invitó a ver la primera copia en una de las salas, pero para que no se corriera mucho la voz de que ya se podía explotar la película, la exhibición fue nada más para ella y muy temprano, a las ocho de la mañana, antes de que llegara casi la totalidad de los trabajadores. Todo esto era porque no se quería dar de pronto el campanazo.

Allí estuve, con una Elenita muy emocionada. El recuerdo que guardo lo asocio muchísimo con El ocaso de una vida (Sunset Boulevard, 1950) y además es obligado asociarlo, porque son dos situaciones exactamente iguales. En ese tiempo se había anunciado su estreno. Incluso decía: “Las estrellas de antaño estamos progresando. Gloria Swanson acaba de tener un gran éxito con la película El ocaso de una vida”. Bien, nos sentamos a ver la proyección y empieza la secuencia de Chimalistac, ella con sus trencitas y todo eso. De pronto me dice: “Mire usted, en mi tiempo yo era más bonita que María Félix”. Yo oía con atención; realmente había sido una mujer muy guapa. Sigue corriendo la película, y en la secuencia en que ella se está muriendo, cuando se acerca Hipólito y le toma la mano, ella tenía unas expresiones muy especiales, tal vez debido a los close ups que ella denominaba como toda una innovación, porque en esa época se consideraba que iba a molestar al público ver tan de cerca los ojos y la boca, pero que a ella se los habían hecho porque su rostro era muy fotogénico. Realmente estaba muy bien lograda la secuencia de la muerte. En el momento en que expira Santa, pone su mano sobre la mía y me dice: “Mire usted, nosotros no necesitábamos de la palabra para impresionar al público, porque con esto que usted ve, la gente lloró auténticamente, porque la conmoví”. Tiempo después, cuando veo El ocaso de una vida, en la secuencia en que Norma Desmond está exhibiendo una de sus viejas películas, Queen Kelly, se para entre el proyector y la pantalla y le dice a William Holden: “Mire, nosotros no necesitábamos del sonido para proyectar la emoción”, mientras le aprieta la mano. Al ver esto me dije: “Esta escena yo ya la viví en la vida real”.

El día que Jorge Negrete le iba a entregar la copia, Elena me pide que la acompañe a recogerla. Como existía el problema ANDA/STIC, yo me quedé afuera. Al verla salir sin nada en las manos le pregunté por la copia, ya que el contratipo se había quedado en los estudios CLASA. Ella me respondió que para que no la vieran salir de la oficina de Jorge con la copia, Negrete se la pasó a un muchacho por la ventana de atrás para que la llevara a un carro, y ahí la recogiera Elena.

Ella trató de que se reestrenara la película, pero no se consiguió nada en ese tiempo, por el problema ANDA/STIC. Elena muere de cáncer. Pasado un tiempo me habló su sobrino para venderme la película en 3 mil pesos. Como no tenía dinero, le dije que viera a otra persona. La verdad no se me ocurrió que Pecime comprara la película… Así, le perdí la pista a la copia.

En la eterna noche de mi desconsuelo

Ella tenía el libreto de una película y se lo había propuesto a algunos productores, aunque nadie llegó a leerlo nunca. Estaba basado en todos los problemas que tuvo que enfrentar y las situaciones que tuvo que vencer cuando decidió participar en una película terrible para su tiempo. A esta historia ella la había titulado Me llamé Santa. Entre las anécdotas contaba que cuando le dijeron que iba a interpretar a una prostituta ella ni siquiera había leído el libro, pero lo que sí sabía era que enfrente de su casa, como a cuatro o cinco casas, vivía una. En ese tiempo se había impuesto un horario para que las prostitutas salieran a la calle a hacer sus compras y regresaran a sus casas y no volvieran a salir sino hasta la noche. Así que Elena se dedicó a observarla a la hora que salía y que era al mediodía. Detrás de la ventana observaba cómo se subía y bajaba del coche, cómo caminaba, cómo gesticulaba… en fin, ella sabía que eso era lo que tenía que hacer cuando estuviera filmando. Su sorpresa vino cuando, filmando exteriores para la escena en el Tívoli, se percata de que entre las extras que supuestamente eran las amigas y compañeras de Santa, se encontraba su vecina… su comentario fue: “¡Imagínese, estaba yo en el mismo medio que describe la novela!”

Otra cosa que le impresionó fue que el actor que hacía Marcelino el seductor, en la escena en que la seduce, le metía la lengua en la boca y ella no entendía por qué ese empeño. Creo que esto nos da idea de la ingenuidad de Elenita.

A manera de corolario

Cuando el poeta Efraín Huerta supo del nombre del libreto de Elena Sánchez Valenzuela, inmediatamente, con el humor que le caracterizaba, creó un poemínimo:

Me llamé Santa…/y no me oí.

Referencias bibliográficas

(1) Gabriel Ramírez, Crónica del cine mudo mexicano, México: Cineteca Nacional, 1989.

(2) Marco Aurelio Galindo, El Universal Ilustrado, no. 247, México, 26 de enero de 1922.

(3) Ángel Miquel, Los exaltados. Antología de escritos sobre cine en periódicos y revistas de la Ciudad de México, 1896-1929, Universidad de Guadalajara /Centro de Investigación y Enseñanza Cinematográficas, México, 1992.

(4)http://escritores.cinemexicano.unam.mx/biografias/G/GALINDO_marco_aurelio/biografia.html/

Un pensamiento en “Elena Sánchez Valenzuela: me llamé Santa (1918)”

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