Los cines de arrabal (1917)

Este artículo debido a la pluma de Hipólito Seijas, pseudónimo del poeta y dramaturgo Rafael Pérez Taylor, quien fuera responsable de la sección de cine en el El Universal, nos da una clara imagen de lo que ahora conocemos como cines “de piojito”. Sus crónicas y artículos aparecieron en una columna bautizada Por la pantalla durante los años 1917-1919. De acuerdo Manuel González Casanova:

Rafael Pérez Taylor (Hipólito Seijas) extrema derecha ca. 1912
Rafael Pérez Taylor (Hipólito Seijas) extrema derecha ca. 1912

La descripción que hace Seijas es tan vívida que uno tiene la impresión de estar ahí, de escuchar el barullo imperante y de ver a los espectadores de la clase laboriosa, divertirse ingenuamente, con esa ingenuidad con la que se vivía a principios del siglo [XX] y con la que el propio cine ha ido acabando al cumplirse, aunque no necesariamente para bien, la profecía con la que Seijas concluye su crónica: “y en tiempo no lejano y lentamente, habrá modificado, en parte, el carácter desidioso y abúlico de nuestra alma popular”. (1)

Los cines de arrabal (2)

Un cobertizo con lámina de zinc. Varios puestos con fritangas en las puertas. Algunos voceadores de diarios, recostados en los vanos, juegan al coyote sobre las losas de la banqueta. Unos cartelones chillantes anuncian la película. Unos aparatos americanos que no funcionan y se tragan las monedas, están en disciplinada formación en el atrio del local. Un señor barbón, bastante mugroso, recoge los boletos, y una niña recién polveada, oficia ceremoniosamente de taquillera. Tal es, en síntesis, la impresión que causa un cine de arrabal. Se escucha uno que otro grito que proviene de las afueras:

Pasen, pasen niñas, antes de entrar hay que comerse unas naranjas, o unos buenos “guajolotes” con chile. ¡A cinco centavos, a cinco!

Y la gente del pueblo inunda el cine. Las puertas son pequeñas para dar cabida a ese mar interminable de rebozos de bolita, sombreros de petate, flexibles de catrines y sombreros cursis de emperifolladas damitas.

Recogida la cortina, llena de grasa en los flecos, el espectador se encuentra de pleno en un salón de forma irregular, iluminado por unos cuantos focos tuberculosos. Una marejada de murmullos, como de plaza de toros se deja escuchar. El ambiente está cargado por todos los aromas y los perfumes se hacen la competencia para ver quienes dominan.

Me resbalo con una cáscara de plátano y un obrero me grita: ¡Cuidado jefe! Vuelvo en mí, y cuando esto sucede, es porque ya la multitud me ha arrojado a la mitad del salón. ¡Cacahuates garapiñados, habas tostadas! Gritan voces infantiles. Y otras responden: ¡Limonadas! Parece un mercado y no un lugar de espectáculos.

Se hace, repentinamente la oscuridad, y todos lanzan un ¡¡¡ah!!! interminable y ensordecedor.

La película comienza y el público lee en voz alta el epígrafe y se me figura que es una sola cabeza apocalíptica, rezando en un púlpito.

Luego se hace el silencio y sólo se escucha el rumor continuo y monótono del aparato.

De repente la vista se pone fuera de foco y el público, comienza a patear, y si no le hacen caso, grita y se pone iracundo como un chiquillo, y si el operador no arregla con violencia el momentáneo desperfecto, los asistentes son capaces de destruir el cobertizo. La misma psicología de la multitud, cuando sale un toro manso o un auto no corre en la pista.

Los gritos de los vendedores interrumpen el silencio a cada momento.

Un niño que llora es callado con siseos.

El pianista se refocila tocando batidillo y medio de todas las piezas y todos los compositores. El público se adormece con el sonsonete inaguantable del piano.

La película toma interés, y el público ingenuo la comenta. Si se trata de castigar al perverso, la concurrencia aplaude al salvador y pide a voces, que salga a escena. Si el perverso triunfa, accidentalmente, el público lo abuchea e increpa.

A la salida del cine se vuelven a repetir las mismas sensaciones de la entrada. El piso está imposible: hay cáscaras de naranja, de plátano, de cacahuates y de habas tostadas. Es una alfombra pintoresca de mercado.

El teatro cine Titán de las colonias Hidalgo y Obrera
El teatro cine Titán de las colonias Hidalgo y Obrera

La gente sale contenta y se desparrama por los puestos de fritangas para comprar golosinas.

Y este detalle del cine popular, que a diario se sucede y que aparentemente pasa desapercibido para muchos, en el fondo no es más que el principio de la educación del pueblo, quien con un gran sentido común sabe apreciar las vistas morales.

El pueblo, que con cinco o diez centavos abandona la taberna o el albur para llevar al cine a su familia, demuestra un sentido de regeneración y cultura. La prueba está que el “peladito” el tipo clásico del hampa popular, es un factor asiduo a las películas y discute con acaloramiento las diferentes fases del argumento.

El cine es la diversión favorita de la clase laboriosa, tanto por su baratura como por al amenidad que encierra y en tiempo no lejano y lentamente, habrá modificado, en parte, el carácter desidioso y abúlico de nuestra alma popular.

Notas:

(1) Manuel González Casanova,  Por la pantalla: Génesis de la crítica cinematográfica en México, 1917-1919, Dirección General de Actividades Cinematográficas, UNAM, México, 2000, pp.110.

(2) Ídem., pp. 184-186

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