¿Vale la pena ver películas mudas?

El siguiente escrito es una traducción libre del breve ensayo Silent Films – Are They Worth the Watching? de Peter Reiher, profesor adjunto en UCLA. El original en inglés está en: http://fmg-www.cs.ucla.edu/reiher/film_miscellany/silent.movies.html

Intolerance
Intolerancia (D.W. Griffith, 1916)

La película muda es, para la gran mayoría del auditorio, aún para aquellos que tienen un serio interés en el cine, el paria del mundo cinematográfico. Son comúnmente vistas como pintorescas, pasadas de moda, melodramáticas y técnicamente inmaduras. Todavía peor, carecen de sonido, a menos que tengan un órgano y un organista capacitado a mano. (¿Y cuántos de nosotros lo tenemos?) Aquellos con un serio interés en el cine están dispuestos a considerar que ciertas películas mudas son trabajos iniciáticos, películas importantes que todos deberían conocer, pero las tratan de la misma forma que los lectores lo hacen con Moby Dick y Silas Marner.

The Wind
The Wind (Victor Sjöström, 1928)

Existen, obviamente, una minoría que lideran las películas mudas . Sustentan que las películas mudas son artísticas y entretenidas; que una forma diferente, probablemente superior, manera de actuar prevaleció durante los días silentes (“¡No necesitabamos voces, teníamos CARAS!, como de alguna forma expresaron en Sunset Boulevard de Billy Wilder); el hecho es que algunas de las mejores joyas cinematográficas se encuentran en el período final de la época muda; y las películas silentes tiene una frescura y novedad de la que carecen los filmes actuales.

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Ben-Hur (Fred Niblo, 1925)

Es claro, hasta cierto grado el aspecto tiene que ver con gustos, pero, sin querer entrar en una interminable discusión sobre si existe un concepto único en arte, ¿acaso cualquiera que sea la posición esta simplemente basada en errores? Un observador imparcial sin conocimiento alguno sobre cine mudo prodría sugerir que los admiradores de este arte están en lo justo. Después de todo, la mayoría de los que evita el cine mudo han vista muy pocas o ninguna película muda. Lo que han visto es muy raramente lo mejor y casi siempre a una velocidad errónea, y continuamente de una pésima copia. Sin embargo…

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The Crowd (King Vidor, 1928)

Yo he visto muchas películas mudas, incluyendo la gran mayoría de las más famosas. He visto El nacimiento de una nación (D.W. Griffith, 1915), Intolerancia (D.W. Griffith, 1916), Ben Hur (Fred Niblo, 1925), The Crowd (King Vidor, 1928), The Big Parade (King Vidor, 1925), El ladrón de Bagdad (Raoul Walsh, 1924), Cabiria (Giovanni Pastrone, 1914), El gabinete del Dr. Caligari (Robert Wiene, 1920), Broken Blossoms (D.W. Griffith, 1919), El viento (Victor Sjöström, 1928), todas las de Chaplin, la mayoría de las de Buster Keaton, algunas de Harold Lloyd, El acorazado Potemkin (Sergei M. Eisenstein, 1925), Los nibelungos (Fritz Lang, 1924), Metrópolis (Fritz Lang, 1927), Napoleón (Abel Gance, 1927), Way Down East (D.W. Griffith, 1920), La caja de Pandora (Georg Wilhelm Pabst, 1929), Alas (William A. Wellman, 1927), Orphans of the Storm (D.W. Griffith, 1921), El Sheik (George Melford, 1921), Avaricia (Erich von Stroheim, 1924), La viuda alegre (Erich von Stroheim, 1925) y cerca de otras cien, probablemente más. ¿Cómo eran? Bueno, he visto muchas de ellas, por lo tanto me debieron gustar. Pero yo miraría casi cualquier filme, y he sido conocido por ir a ver películas que estoy casi seguro no me gustarían, sólo porque sentí la necesidad de verlas. Hoy, mis sentimientos hacia el cine mudo son un poco más complejos.

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El gabinete del Dr. Caligari (Robert Wiene, 1920)

Por lo que a mí respecta, existe algo de verdad en los sentimientos de los detractores de las películas mudas. Muchas de ellas son verdaderos melodramas, especialmente aquellas filmadas antes de los años veinte. Pintorescas probablemente sea una descripción adecuada. Pasadas de moda, también es una acertada descripción. Y aún más, muchas de ellas muestran una muy pobre técnica, comparadas con los estándares actuales, o aún bajo los de 1940. Si se hiciera una lista de las 100 películas mudas más frecuentemente mencionadas en artículos, libros y conferencias sobre el cine, yo diría que los espectadores tendrían que hacer bastantes compensaciones sobre ellas. No se puede adentrar en ellas esperando entretenimiento sin defectos, y salir completamente satisfecho. Y no creo que lo mismo sería aplicable a las 100 más famosas  películas de los años 30. Por mucho, éstas se mantendrían por sí solas ante el espectador.

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Los nibelungos (Fritz Lang, 1924)

Los dos problemas más comúnes que convierten los filmes silentes en inaccesibles al espectador moderno son probablemente el estilo dramático y las técnicas primitivas. Las últimas son fácilmente comprensibles. Los filmes eran jóvenes, las técnicas han mejorado conforme han madurado. Comparando aún las técnicas de ciertas cintas mudas, las más antiguas contra las más modernas, el problema no radica en la ausencia de sonido, sino en la calidad del arte mostradas. El viento y The Crowd, ambas filmadas al final del periodo mudo son infinitamente superiores en técnica a El gabinete del Dr. Caligari o El gran robo del tren (1903), que fueron filmadas al inicio de esa época. De hecho, los últimos filmes mudos son incontrevertiblemente superiores en técnica a cualquier película filmada en los primeros cuatro o cinco años del periodo sonoro.

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Metrópolis (Fritz Lang, 1927)

¿Qué significa lo anterior? Bueno, si van a ver una cinta muda, con algunas excepciones, de 1923 en adelante, las probabilidades son altas de que los movimientos de la cámara, la iluminación, los efectos especiales, la edición, el maquillaje y todo lo demás concerniente a la película parezca primitivo. No siempre sucederá así. No creo que nadie haya podido editar una película de mejor forma que El acorazado Potemkin, los escenarios en Intolerancia rivalizan con cualquier escenografía y los efectos especiales de El ladrón de Bagdad son bastante mejor logrados que la versión sonora hecha en los años 40.

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Avaricia (Erich von Stroheim, 1924)

Con respecto al segundo problema, a más antiguo el filme mayores los problemas, con algunas notables excepciones. Las cintas silentes originalmente iniciaron con el teatro como el modelo dramático a seguir. El teatro al inicio del siglo XX se cimentaba en el melodrama con actuaciones que hoy en día causarían risas. Y, por obvias razones el recurso actoral para las cintas eran los actores teatrales, por lo que la actuación cinematográfica inició con un estilo teatral. Los mejores actores y directores pronto cayeron en la cuenta que la intimidad que da la cámara convertía las expresiones dramáticas y gestos en algo grotesco, pero le tomó un tiempo al grueso de la industria seguir otras medidas. Douglas Fairbanks se ve realmente ridículo en El ladrón de Bagdad, al balancear sus brazos a todo lo ancho y alto, y siempre echar su cabeza hacia atrás mientras ríe al eludir a sus enemigos y mantener poses tontas de héroe. Y la reina cartaginesa en Cabiria roe los exquisitos escenarios en absurdas imitaciones de Sarah Bernhard. El leopardo que comparte algunas de sus escenas es un mucho mejor actor de cine que ella. Al menos actuaba como leopardo, mientras ella no lo hacía como un ser humano real.

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La caja de Pandora (Georg Wilhelm Pabst, 1929)

La actuación no es lo único que proviene del dramatismo teatral. Muchas de las primeras cintas mudas son escenificadas como obras teatrales – cámara estática, edición sólo entre las escenas, encuadre del proscenio por ejemplo. Pocas de ellas son proyectadas en la actualidad, salvo en ocacionales retrospectivas de famosos directores o interpretes. Más insidioso fue el continuo uso de algunas convenciones teatrales sentimentaloides. D.W. Griffith fue probablemente el más conocido agresor en este campo. A pesar de ciertos destellos técnicos, es bastante difícil tomar sus películas con seriedad porque él se las toma con suma severidad.  Es un tributo a su talento que los espectadores no prorrumpan en carcajadas cuando un siniestro hombre de cara negra acecha a la bella sureña en Nacimiento de una nación, o cuanto Danton realiza una cabalgata vaquera para rescatar a las hermanas Gish de la guillotina al final de Orphans of the Storm. El sentimentalismo de Chaplin que casi se percibe en algunos de sus filmes, es un remanente de las convenciones teatrales victorianas.

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El acorazado Potemkin (Sergei M. Eisenstein, 1925)

Lo más probable es que las comedias sean las cintas que mejor se adaptan a nuestros días. Los grandes cómicos del periodo mudo no provenían del teatro sino del vaudeville. El vaudeville tenía sus propios artificios. Las ridículas payasadas típicas de los cortos de Mack Sennett no tienen relación alguna con la realidad al igual que los histrionismos de Bernhard, y sus actuaciones no son mejores actualmente que los dramas. Por ello probablemente nunca pensaron verse como actores de primera, los cómicos de cine silente pudieron aprender más rápido que los de teatro. Chaplin pudo caer en trampas cuando trató de extraer afectos sentimentaloides, pero era un extraordinario e instintivo cineasta cuando se trataba de mantener sonriente al espectador.

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Napoleón (Abel Gance, 1927)

Sin embargo las comedias mudas no siempre enganchan a los espectadores actuales. Si no están acostumbrados a miran viejas películas de hace treinta años en blanco y negro, ¿cuáles serán las posibilidades de agradar a una audiencia con un filme que no sólo es en blanco y negro, sino que aparte no tiene diálogo o efectos de sonido, y a lo mucho, un acompañamiento musical? Y no es sólo la inercia. Aunque son persuadidos de mirar esta rareza, a muchos espectadores modernos no les gustan. Uno podría argumentar que tienen malos gustos, que no aprecian una obra de arte cuando la ven, pero aún así no les gustan.

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The Big Parade (King Vidor, 1925)

Creo que los filmes silentes son un medio para un auditorio muy selecto. Se requiere un poco más de esfuerzo mirar una película muda que una sonora. Y el pasado de la era del cine mudo se ha convertido en algo sumamente remoto para la mayoría de los auditorios.  Todavía viven muchas personas que vieron filmes mudos cuando eran la única opción accecible, pero se están volviendo más viejos con el tiempo, y su mundo se desvanece día a día en el mundo moderno. Solamente aquellos deseosos de hacer un esfuerzo mental para comprender una película muda, además de tratar de trasladarse hacia el pasado, son los espectadores actuales. Es un auditorio similar a aquel que aprecia el ballet, la ópera y el teatro shakespeareano; un auditorio capaz de apreciar los stándares del pasado, que hará el salto intelectual que ese medio requiere.

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Cabiria (Giovanni Pastrone, 1914)

No obstante, creo que nadie que mantiene la creencia de tener un interés serio en el cine puede prescindir de ser miembro de este grupo. Sóla entre expresiones artísticas mayores, la casi totalidad del pasado de esta forma de arte esta a disposición de los estudiosos para ver. No sabemos quién representó la primera obra teatral, cuan primitiva haya sido ésta. No podemos vislumbrar cómo fue el primer ballet reconocido como tal o escuchar a las orquestas del pasado. Pero el cine tiene su infancia disponible para cualquiera dispuesto a mirarlo. Así es, mucho se ha perdido, pero casi todo el trabajo de simiente del periodo mudo esta allí, y algo de ello en su prístina condición, tal y como se proyectó mediante un proyector de manivela y bailaron las imágnes sobre una pantalla para el regocijo de un auditorio virgen de un arte virgen. ¿Cómo puede un estudiante serio resistirse a mirar los pasos dubitativos de un bebe, la vitalidad de la infancia, la torpeza de la adolescencia, cuando todo esta allí, esperando nuestra atención? Y si esos primeros momentos carecen del brillo de lo que seguiría, tienen el encanto del descubrimiento y una excitación vital de artistas dándose cuenta que existe toda una nueva forma de expresión para ellos. ¿Cómo puedes amar el arte cinematográfico sin amar el cine silente?

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La viuda alegre (Erich von Stroheim, 1925)

 Traducción: Luis Recillas Enecoiz

2 pensamientos en “¿Vale la pena ver películas mudas?”

  1. AVARICIA no solo es la obra maestra del gran Erich von Stroheim. Se trata de una absoluta maravilla de película que ha servido de inspiración a otros muchos grandes directores de la historia del cine. Las ensoñaciones grotescas y groseras de Buñuel tienen su origen cuando McTeague duerme con éter a Trina y trata de violarla en su consulta de dentista, ¿no recuerda a una escena entre Fernando Rey y Silvia Pinal en Viridiana?, o la boda entre McTeague y Trina, interrumpida por un funeral, ¿no recuerda a La edad de oro con el carro de obreros muertos pasando por un salón señorial?; ¿acaso no recuerda a la violencia desgarrada de Sam Peckimpah en el final de Perros de paja cuando McTeague arranca los dedos a mordiscos a Trina para que le suelte unas monedas con las que seguir emborrachandose?; o el final en el valle de la muerte, ¿no recuerda a la escena final en el cementerio de El bueno, el feo y el malo de Sergio Leone, o a las rivalidades entre buscadores de oro de La quimera del oro de Chaplin, o al inicio de La balada de Cable Hogue de Sam Peckimpah?
    La sombra de Stroheim es muy alargada.

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