Estrellas de cine en la revista Pegaso, 1917

Artículo publicado en el número 4 de la revista Pegaso del 29 de marzo de 1917 en la sección Teatros y cines en las páginas 13 y 15. Agradezco a Miguel Ángel Morales la gentileza por compartir la nota y la foto de la publicación. Por desgracia el autor es anónimo y utiliza el seudónimo El Caballero Águila.

La revista no pasó del número 20 y el último número se publicó el 27 de julio. Su fugaz vida de cuatro meses – marzo a julio de 1917 – no demerita en nada la influencia que ejerció. Sus directores fueron Enrique González Martínez, Ramón López Velarde y Efrén Rebolledo. Entre sus colaboradores se encuentraban José Juan Tablada, Antonio Caso, Alfonso Reyes, Max y Pedro Henríquez Ureña, Luis G. Urbina y Manuel Toussaint.

Estrellas de cine

El cine ha entrado en el arte con derechos indiscutibles desde que no es tan sólo el drama menguado por el silencio, sino una manifestación estética que se parece en terreno propio y con sus características especiales bien definidas; desde que el verismo del paisaje se sobrepone a los convencionalismos del palco escénico; desde que la fotografía nos asombra con sus ilusiones admirables; desde que realza el gesto y sintetiza en un ademán sin tacho lo que en el teatro se consigue sólo a fuerza de un concurso complicado de situación y circunstancias. Tiene sus limitaciones como el teatro las suyas; llegará, como un rival, a la perfección soñada, y vivirá, en su propia esfera, ante sus apasionados y mudos espectadores. Tendrá sus intérpretes como el teatro los suyos, y no será raro, antes bien moneda corriente, que unos y otros fracasen al cambiar de terreno tras e haberse hacho aplaudir en el que les corresponde. Ya hemos visto que las eminencias de cine que hoy maravillan a los habituales concurrentes al mudo espectáculo, no eran, por regla general, sino mediocridades en los teatros de Europa, y a diario contemplamos, muy por debajo de ellos mismos, a actores ilustres que han llenado con su fama los escenarios del mundo.

Como antaño las actrices dramáticas, las de cine despiertan rivalidades entre los aficionados, y la Duse y Sara Bernardt han sido substituidas por la Bertini y por la Robine. Negar que hay nobles artistas entre los intérpretes de cinematógrafo, sería cerrar los ojos a la verdad. Sobre la pantalla, como antes en los tablados del foro, y ante el mar o en pleno bosque, como antes entre los bastidores y bajo las bambalinas, el arte se nos ostenta en la pantalla maravillosa con una realidad y un buen gusto que nos subyugan. Y nos vamos familiarizando con las actitudes de las actrices que pasan en sucesión de friso animado por la pantalla cinematográfica.

De esas estrellas mudas, juzgo a Asta Nielsen la más completa en arte y facultades. De una delgadez inverosímil, con un cuerpo que parece el de un adolescente, sin curvas, sin morbideces, que le permite aparecer casi desnuda sin impudor ninguno, es la única artista que no vence con su plasticidad, ni domina con su belleza, sorprende con su elegancia. No hay sobre aquel cuerpecito endeble sino dos ojos enormes que ella agranda todavía en fieras pintadas, profundos, expresivos, que lloran, que ríen, que guardan como ningunos el enigma de lo poético y el secreto de la tragedia. Es la artista más ágil, más cambiante, más amplia en recursos, más natural en sus actitudes. La hemos visto en películas viejas, de mise en scène defectuosa, en compañía de actores medianos y con argumentos sin importancia. Sin embargo Asta Nielsen nos ha grabado sus gestos en el alma con un sello de arte puro, hondo y sincero.

Del grupo italiano que es el que logra cautivar más al público de México, yo doy mi preferencia a Francesca Bertini, Es la más sobria y la más comprensiva. Tiene una belleza intelectual simbolizada en su frente que de seguro guarda alguna cosa. Es elegante y fina en la comedia, y a cada paso nos sorprende con momentos de una gran intensidad dramática. Es el suyo un arte de aristocracia y un arte consciente.

Pina Menichelli es la más discutida. Hay motivos para ello. De una espléndida belleza, admirablemente formada y sabedora de que vencerá con sus gracias personales, es la actriz de la pose, a veces del efectismo de brocha gorda, sin el sentido de la proporción, sin la noción definida del buen gusto. Pero hay que convenir en que hay instantes en que nos sobrecoge con su arte sensual y perverso y en que posee el filtro mágico de la seducción pecaminosa. Viste irreprochablemente, y, sobre todo ¡es tan bella!

Lyda Borrelli, nuestra amiga de hace pocos años, es otra de las mimadas del público. Como la Menichelli, es inclinada a las actitudes de pose fotográfica y tiene estereotipado cierto gesto y usa de ciertos ademanes que dan a su trabajo una monotonía desesperante. Yo lo achaco a que no sabe todavía moverse a sus anchas dentro de la mímica pura. Ya lo aprenderá, porque es actriz de talento y tiene una sugestiva hermosura. Por momentos nos encanta y nos convence.

No me gusta Hesperia. Tiene una belleza sin finura, viste elegancia de maniquí y es de una incomprensión constante. En sus mejores escenas no pasa de discreta. No obstante, tiene su grupo de admiradores. Ellos sabrán por qué.

Vera Vergani ha sido una revelación muy reciente. No tiene la belleza de sus rivales italianas; pero es interesante. Conoce la escena. Estoy seguro de que se ha impuesto en las únicas dos películas que hemos visto en México.

Los partidarios del pasionalismo italiano que rompe con frecuencia toda mesura, tiene por frío el arte cinematográfico francés. Tal vez no entiendan mucho de matices los que tal piensan. Para mí Gabriela Robine es una actriz de supremo buen gusto y de talento indiscutible. Ninguna de las estrellas de cine le aventaja en belleza. Viste con elegante distinción y es de una sobriedad incomparable. Huye del efectismo burdo, y en las escenas culminantes de sus creaciones, tiene siempre a mano el freno que evita la exageración de lo caricaturesco. Su fuerte es la alta comedia y el drama moderno. Su distinción corre parejas con su hermosura.

Dejo para lo último a Susana Grandais. La hemos olvidado un poco y con notoria injusticia. Ella personifica la gracia ingenua y el encanto natural y sencillo. Nunca una “pose”, nunca teatralismos de dudosa procedencia, tal vez nunca una manifestación superior e are excelso, y váyase lo uno por lo otro. Esla actriz de la simpatía.

Así va el cine, camino del triunfo, venciendo preocupaciones y allanando obstáculos. Vosotros, partidarios del teatro, no temáis. No lleguéis a pensar nunca que la pantalla muda rompa los ídolos del arte escénico. No creáis que “esto matará a aquello”, antes lo perpetuará por los siglos de los siglos. Este espectáculo moderno y admirable no podrá nada contra Hamlet, Peer Gynt o El Mágico Prodigioso.

El Caballero Águila

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