Mi vida y el teatro por Enrique Alonso

Fue Miguel Ángel Morales quien tuvo la gentileza de enviarme este artículo de Enrique Alonso que apareció en la Revista de la Universidad de México en julio de 1993, número 510. En él, Alonso rememora los teatros de su infancia y el cine Monumental, propiedad de su familia. Miguel Ángel me comenta que “releyéndolo, descubro que fue un cine que alcancé a ver cerrado y derruido hacia los setenta. Estaba a un costado de la iglesia de San Fernando, casi arriba del metro Hidalgo, línea 2”. A continuación un fragmento del artículo donde el famoso Cachirulo describe los teatros y  el cine Monumental, parte intrínseca de su primera infancia:

Cartelera aparecida en el periódico La Prensa de marzo 1938

Nací – según yo pienso – destinado para el teatro y por eso pregunto ahora: ¿qué pasaba en el teatro en los días en que vi la luz primera? Acudo a la maravillosa Reseña histórica del teatro en México, de mi ilustre tocayo Olavarría y Ferrari, donde me entero de que en esa fecha, en esta ciudad había siete teatros abiertos: Arbeu, Colón, Esperanza Iris, Ideal, Lírico, Principal y Virginia Fábregas. En el Teatro Arbeu se presentaba Arturo Rubinstein, que ofreció al culto público de México varios conciertos; en el Colón, María Tubau, magnífica comediante y tonadillera, que primero representaba una obra de tres actos y luego cantaba una veintena de cuplés; en el Iris, Conchita Piguer la que poco después sería considerada reina de las tonadilleras españolas, título que conservó por mucho tiempo; su muerte, hace pocos años, motivó un día de luto nacional en toda España. En el Teatro Ideal se presentaba la Compañía Dramática de Luis G. Barreiro, actor que años más tarde filmaría una veintena de películas. En el Teatro Lírico la hermosa Celia Montalván hacía con Roberto Soto las delicias de los “tandófilos” de entonces. En el Principal, cosa extraña, no había tandas; actuaba ahí la Sánchez Peral, notable tiple de opereta que había sido socia de la genial tiple tabasqueña Esperanza Iris. Juntas financiaron la construcción del teatro que llevó el nombre de esta última, hasta que un regente que ignoraba la historia teatral de nuestro país le arrebató el glorioso nombre de la Iris para ponerle “De la ciudad”. ¡Oh, manes de los gobiernos! Por último en el Virginia Fábregas actuaba nada más ni nada menos que la mejor tráfica de este siglo: doña María Teresa Montoya. Como ven, en la fecha de mi nacimiento no actuaba en ningún teatro María Conesa, que luego fue mi más grande y querida amiga.

Al arribar a México procedente de Mazatlán, me dediqué en cuerpo y alma a la primera tarea que tienen los infantes: crecer… y crecí aunque no mucho. Mientras crecía, me convertía en un fanático del cinematógrafo; mi familia paterna era propietaria del Cine Monumental, enorme jacalón que estaba situado en la esquina de la avenida de los Hombres Ilustres (hoy Avenida Hidalgo) y la calle de Héroes. Era un local feo pero por muchos años fue muy socorrido por el público “bien” de la Colonia Guerrero, ya que era el cine que tenía la mejor orquesta en la ciudad, lo que era muy importante a fines de los veintes cuando las películas silenciosas reinaban. Las compañías distribuidoras del filme enviaban, además de los rollos de película, la partitura que debía tocar la orquesta en determinadas escenas de las cintas, además era costumbre que en los cines hubiera “días de ‘Dancing’”.

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