Agradecimiento a Méliès

Publicado por Héctor Rivera en  Milenio.com el 26 septiembre, 2010.

Ese hombre elegante y larguirucho que hizo del cine un espectáculo maravilloso cuando está en manos creativas va a regresar muy pronto a la vida, el año próximo, cuando se le recuerde en el 150 aniversario de su nacimiento. La figura de Georges Méliès, calvo y barbado, eternamente trajeado y encorbatado, soñador y juguetón, será entonces un descubrimiento para muchos. Fiel a su estilo, leal con sus obsesiones, puede ser que aparezca de pronto en lo más alto de la Torre Eiffel, en un puente sobre el Sena, en una sala del Louvre o sentado en las piernas de Nicolás Sarkozy. Después de todo, lo suyo era básicamente la magia y, sobre todo, la necesidad de sorprender, de impresionar, de engañar.

Por lo pronto, sus herederos ya están presentando el espectáculo musical que habrá de recordarlo, con un nutrido paquete de sus películas recién restauradas. Quienes no lo conocen sabrán que ese hombre maduro, pulcro y distinguido no le tenía ningún miedo al ridículo ni al fracaso. Igual se vestía de diablo, de rey, de músico, de mago o del maestro de ceremonias que presenta a una parvada de angelicales jovencitas vestidas con pantaloncitos muy cortos.

Méliès, no hay que olvidarlo, fue también un hombre de picardía. De su frecuente culto a los astros a través de las imágenes destaca su película El eclipse. En ella, moviéndose festivamente en el filo de la navaja de la vulgaridad, muestra a una luna morena entregándose a un sol malicioso y enérgico en un muy elocuente discurso gestual sobre el placer sexual.

Desde hace días corre por la prensa la noticia de que Martin Scorsese estuvo en París filmando La invención de Hugo Cabret, una cinta en la que muchos creen habrá de rendirle homenaje al padre del cine narrativo. Por la discreción que rodea al proyecto poco se sabe de sus detalles, más allá de que el cineasta italo-estadunidense ha tomado como punto de partida la exitosa novela gráfica de Brian Selznick que lleva el mismo título, como ha informado el diario francés Le Monde. Pero la trama a propósito de un niño que viviendo en soledad en una vieja estación de ferrocarril parisina se encuentra con un anciano juguetero y un autómata misterioso, parece aludir ciertamente al universo mágico de Méliès, entreverado con ciertos datos de su existencia real.

La vida de Méliès, sin embargo, se merece un espacio propio en la recreación fílmica. Habría que dejarlo vivir de nuevo, 150 años después, su nacimiento en el seno de una familia que hizo fortuna en la industria de la zapatería. Habría que verlo resistiéndose al proyecto de vida que desde muy joven le habían trazado sus padres, que incluía su pronta incorporación al negocio familiar y su matrimonio con la hija de un acaudalado empresario que había entregado antes sus otras dos hijas a sus dos hermanos mayores.

De haber sido un hombre dócil y sin imaginación creadora, Méliès habría hecho una próspera carrera en la industria zapatera y hubiera tenido una vida tan cómoda como desabrida. De cualquier manera lo intentó. Se metió en la fábrica de zapatos, pero se puso a fabricar autómatas. De hecho, puso ahí los cimientos de otra vida, más frívola tal vez, más inestable también, pero más divertida y sobre todo más creativa. También mucho más próspera en lo económico.

Es posible que su estancia en Blois durante sus años jóvenes de adiestramiento militar fuera fundamental para definir su vida toda. Tal vez en esa pequeña ciudad sin atractivos, en la región del Loira, en la ruta de Juana de Arco, Méliès calibró su destino mientras contemplaba en pleno centro de la ciudad el vetusto palacete donde vivía en sus tiempos de gloria Robert Houdin, considerado por muchos como el padre de los ilusionistas modernos.

Fascinado por las nuevas posibilidades que ofrecía la fotografía luego del gran brinco tecnológico de la placa de vidrio al rollo de película, Méliès estaba descubriendo su vocación por el mundo de las imágenes y también por los espectáculos de magia, cuando supo que la viuda de Houdin estaba vendiendo el Teatro Robert Houdin, el más grande y concurrido de París, donde su difunto marido presentaba sus espectáculos. Para adquirirlo invirtió toda su fortuna personal y dio rienda suelta ahí a su gusto por la magia, las artes plásticas y la actuación.

Cuando los integrantes de aquella familia francesa ricachona y emprendedora, los Lumière, que acababan de descubrir la imagen en movimiento, le extendieron una invitación para presenciar el 28 de diciembre de 1895 el nacimiento del cine con la exhibición de La llegada de un tren a la Estación de la Ciotat en el Salón Indio del Gran Café de París, se volvió loco ante el mundo de infinitas posibilidades que se abría ante sus ojos. Tenía 34 años de edad, pero su vida apenas comenzaba en realidad.

Después de una larga batalla para adquirir una cámara como las que empleaban los Lumière, terminó fabricando casi con sus propias manos la que habría de usar en la creación de un maravilloso mundo fílmico que lo llevaría de manera vertiginosa a las alturas de la fama y la prosperidad.

En el olvido absoluto hacia el final de su vida, cuando buena parte de los 35 mil metros de pequeñas películas que filmó estaba desaparecida, su mundo de inocente fantasía que habría de caracterizar para siempre a la expresión cinematográfica regresó de las sombras con el homenaje que recibió luego de ser hallado viviendo en la miseria. Los reconocimientos a su talento y a su obra han sido desde entonces escasos, fríos, cortos y oficiosos. En tributo a su figura enorme y para compensar los olvidos, tal vez el que viene debiera ser considerado oficialmente el año Méliès. Se lo merece de sobra.

*Tomado de Milenio.com de 26 septiembre, 2010

**Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa

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