Cine y prensa en Guadalajara (1917-1940)

Cine y prensa en Guadalajara (1917-1940)*

Patricia Torres San Martín

Introducción

Crónicas tapatías del cine mexicano1 es el título del libro que recoge las reseñas y crónicas cinematográficas publicadas en Guadalajara, entre 1917 y 1940, en periódicos y revistas que proliferaban de una manera que se antoja sorprendente. Hacer este libro fue una aventura muy placentera, a la vez que una exhaustiva búsqueda en hemerotecas ignoradas y devastadas, así como en archivos documentales privados y públicos. Pero ante todo fue abordar ámbitos inexplorados en la historia de la crítica del cine mexicano.

El texto se dividió en tres secciones introductorias: “Tradición teatral y monopolio de las salas de cine”, “Prensa tapatía y cine nacional” y “Exhibición del cine nacional”, y una antología completa e inédita de reseñas, crónicas, anuncios y argumentos cinematográficos. Esta antología lleva un orden estrictamente cronológico y recupera el total de las primeras notas cinematográficas, anuncios y reseñas sobre cine mexicano publicadas en dos de los diarios locales más importantes de la época: El Informador y Las Noticias, que fueron los únicos que dedicaron un espacio al cine mexicano, así como de aquellas revistas de espectáculos, como Aurora, Respetable Público, Variedades, Pantallas y Escenarios y Actualidades, que desde su fundación dieron un lugar preferente a la reseña cinematográfica.

En la sección de anexos se presentan los argumentos inéditos de las películas mudas mexicanas: Hasta después de la muerte, El escándalo, Carmen y En la hacienda, que se publicaron con anterioridad al estreno de éstas, modalidad muy poco usual para la época, pero que constituye una fuente testimonial que aporta una visión más completa del trabajo narrativo manejado en estos primeros años del cine mudo de ficción mexicano. Este aspecto es sumamente valioso para los que nos dedicamos a reconstruir los mapas de la historia de nuestro cine.

Los resultados de esta investigación arrojaron dos cuestiones: la manera en que el cine influyó en la construcción de una identidad colectiva con serias repercusiones en la sociedad tapatía, y cómo la irrupción de un medio masivo de entretenimiento, desconocido y moderno, impactó y modificó las prácticas discursivas de quienes hacían periodismo.

El cine y sus efectos en la sociedad tapatía

La Guadalajara de los años veinte, a partir de la llegada del espectáculo más perturbador de la primera mitad del siglo, el cinematógrafo, sufre una absoluta resignificación social y cultural. En principio, porque en esa década ciertos grupos se resistieron a un proceso que había arrancado desde mediados del siglo XIX y que la llegada del cinematógrafo vino a consolidar. Me refiero a la legitimación de los espectáculos populares y, en particular, al fenómeno al que responde: la masificación de la cultura.

El milagro de las fotografías móviles se vio por primera vez en Guadalajara en 1896, ante cientos de espectadores asombrados, en el salón de actos del Liceo de Varones. Lo hizo posible la presencia de un francés itinerante, Ferdinad Bon Bernard, enviado por los hermanos Lumière. Un año más tarde, un empresario, también francés, Henri Moulinié, apareció como caído del cielo en el teatro Degollado. Cuando se apagaron las luces, una orquesta de cuerdas acompañó a ritmo de vals las imágenes de las avenidas parisienses, de damas y petimetres de paso apresurado, y hasta de un ferrocarril que parecía echarse encima del público. A partir de entonces no cesó la demanda por las vistas, aunque las primeras salas de cine con programación permanente no se abrirían sino hasta 1905, cuando Jorge Stahl y sus hermanos Alfonso y Carlos fundaron primero el cine Verdi, a espaldas del Palacio de Gobierno, y luego el cine Rojo, en la calle Corona, a la vuelta de los portales.

Lo que en un principio fue una aventura de exhibidores extranjeros que iban de ciudad en ciudad con sus vistas, se convirtió muy pronto en un espectáculo masivo y en una novedosa oportunidad de hacer dinero. Las vistas de principios de siglo se transformaron en programas dobles y hasta triples de películas europeas y estadounidenses; los pequeños salones y los interiores de casas particulares de las primeras exhibiciones cinematográficas, acondicionados con cortinas y sillas, dieron paso a las salas de cine especialmente construidas.

Uno de los primeros cines más populares fue el Allende, que se encontraba en la calle del Hospicio, frente a la plaza de toros El Progreso. Era propiedad de don José Castañeda, y tenía por proyeccionista a un sujeto que respondía al nombre de Rafael González y también, por estar picado de viruelas, al sobrenombre de Cacarizo, o Cácaro, por abreviar. Según don Ignacio Villaseñor:

El cine Allende era un jacalón de techo de lámina de dos aguas, piso de cemento y bancas largas. Las películas eran mudas con sus letreritos de diálogo de vez en cuando, pero como la mayoría de la concurrencia no sabía leer, empezaban a gritar: “¡explíquenosla, don José!, ¡explíquenosla, don José!”, estribillo que después se cambió a un chiflidito con esa tonada.
Entonces don José, siempre con pantalón bridge [sic] y polainas, subía al foro y por un lado de la pantalla hacía la explicación de lo que iba sucediendo en la película […] [por ejemplo] “el muchacho sale en su brioso corcel, cual bala de cañón, a salvar a la heroína de las garras del tirano”…
La manipulación se hacía con una manivela y a veces Rafael, que era el encargado de darle vueltas, se dormía, y entonces don José gritaba “¡Cácaro!”; después ya la concurrencia le ganaba al grito de “¡Cácaro!” […] y de allí se difundió y se popularizó la palabrita a todas las fallas de la exhibición de películas.

Las evidentes bondades lucrativas del nuevo arte propagaron las salas de cine por la ciudad.

A veintiún años de haberse conocido el cinematógrafo en Guadalajara, ya había suficientes salas de cine para todos los gustos, desde el Lux y Cuauhtémoc, que tenían la primicia de las películas extranjeras y nacionales, hasta las de mediana talla que formaron el Circuito Jalisco, los cines Royal, Ópera y Rialto. También hubo otras como el Tabaré, que se ganaron un prestigio, no tanto por los programas, sino por el recato y pudor que sus propietarios exigían al público, so pena de que los empresarios se vieran en la necesidad de desalojar a los revoltosos, a quienes se les regresaban sus entradas.

En este contexto social de la Guadalajara de los años veinte, la diversión pública también estuvo marcada por el clasismo. Al cine acudían gustosos los sectores populares y medios, pero no así las clases altas. No fue sino hasta el momento en que el cinematógrafo entró a la “apoteosis del arte”, el teatro Degollado, que la clase alta tapatía dejó de resistirse y acudió a las llamadas “funciones de gala”. Esto podría interpretarse que más que una resistencia al “nuevo espectáculo” por parte de la clase alta, había el prejuicio moral y social de mezclarse con la “plebe”.

Los efectos del cine sobre la sociedad se constituyeron en un agente de cambio de la mentalidad y las costumbres, particularmente de las mujeres, y produjeron una serie de desajustes sociales dramáticos sobre la actitud frente a la vida, el vestir, el peinar, y el amortiguamiento de inquietudes políticas.

En 1924, por ejemplo, el pintor Javier Enciso, que con el seudónimo de Zutano publicaba en El Informador la columna “De Plateros al Portal Quemado”, afirmaba en su artículo “Heroína del cine” (del 10 de enero de 1924):

Poco a poco el cine ha venido ganando terreno y posesionándose de nuestra existencia al grado que en la actualidad no sabe uno si es más necesario cenar que ir al cine Olimpia.
Entre el sexo débil no hay para que decir que el cinematógrafo constituye no ya una diversión, sino una necesidad fisiológica y que sin él, la vida se les convertirá en una charada sin solución, en el desierto pelado, sin oasis, ni fox-trot.
La asistencia asidua a los cines […] hace que las muchachas tengan la cabeza llena de escenas fantásticas y de personajes poéticos, y acaban por tomar al pie de la letra las maravillas que suceden en la pantalla. […]
El convencimiento de que su porvenir estaría en la escena muda al lado de Mary Pickford y de Cecilia Dean, las obliga a adoptar actitudes melancólicas y espirituales mientras ejecutan las labores de la casa.

Para otros, el cine vino a quebrantar la moral social; la prestigiosa sala Cuauhtémoc no se salvó de las críticas de algunos escandalizados que se quejaron públicamente (El Informador, 17 y 22 de febrero de 1918):

Leperadas en el cine Cuauhtémoc:

Se han acercado a nosotros varias personas para decirnos que en el cine Cuauhtémoc han degenerado en leperadas de tal índole, que acaso ni en un prostíbulo serían toleradas. Aquello se convertía en algo peor que una plaza de toros, se hacen rojos comentarios en voz alta, se silba, se grita y la minúscula saturnal es el encanto de los que no van tras una diversión honesta, sino a dar rienda suelta a sus desórdenes apetitosos.

De alguna manera, las salas de cine cumplían una doble función, como lo señaló Carlos Monsiváis: “Son los clubs y casinos del pueblo, y son recintos de la otra educación posible, del desahogo sexual previo al coito o posterior al onanismo. En las salas de cine se gozan las complicidades de la oscuridad, se legaliza el faje, y los espectadores se saben feligreses de una nueva religión”.2

El encuentro de un público mayoritario, que por primera vez veía reflejadas sus aspiraciones, sueños y fantasías en la pantalla, significó no solamente que las masas se reflejaban a sí mismas, sino que establecían contacto con ellas mismas. La gente iba al cine a verse en una secuencia de imágenes que, más que argumentos, le entregaba gestos, rostros, modos de moverse y vestir, y paisajes.

Prensa tapatía y cine nacional

Los primeros ensayos de crónica cinematográfica que se publicaron a partir de 1917 y hasta la entrada de la década de los treinta, dan cuenta de la transformación de la crónica teatral a la reseña cinematográfica, y sin duda testifican el trabajo y los avatares de quienes la ejercieron; entre otros: Carlos Infante, Carlos Arturo Pierre, Javier Enciso, Xavier Lambera, Agustín Plascencia, Rubén Arturo Lomelí y Carlos López Aranda. La mayoría de ellos asumieron este nuevo género periodístico intrépidamente y casi como “consigna nacionalista”; otros trasladaron sus comentarios sobre teatro, toros y variedades musicales al desconocido mundo de la “magia visual”. Sin ninguna formación, los cronistas se aventuraron a hablar de los aspectos estéticos de las cintas; por un buen tiempo, de 1917 a 1920, el parangón entre el cine y el teatro fue motivo de discusión y celebración.

La conceptualización del cine mudo significó un valor nuevo de apreciación; los periodistas intentaron dar una nueva opinión sobre él, visto en un principio como una mera innovación técnica y, posteriormente, como una manifestación artística.

En defensa del nuevo arte cinematográfico hubo quienes, como Adolfo Quezada,3 explicaron con detalle en una serie de artículos los tecnicismos de este nuevo arte, con un lenguaje que se antoja demasiado especializado para un lector cuyo deseo no era convertirse en fotógrafo o editor.

Gracias al intercambio con periódicos extranjeros, de criterios y temas por completo contrarios a los manejados por los comentaristas mexicanos, la prensa tapatía pudo compensar el estrépito de las opiniones adversas.

Entrados en la práctica del oficio, si es que lo podemos denominar así, los cronistas pasaron de una simple bitácora a la reseña; después a voluminosas notas cargadas de adjetivos encomiásticos: todo era monumental, estupendo, magistral. Debo señalar también que quienes escribieron de cine en estos años, pretendieron sobre todo dar información de las películas y a menudo animar al público a verlas. No obstante, hubo diferentes matices.

Por ejemplo, Carlos Infante y Carlos Arturo Pierre orientaron al público mediante crónicas y reseñas que resaltaban los aspectos técnicos y formales más evidentes de las cintas, como la fotografía, la escenografía, el vestuario y la actuación, sin atribuirle ninguna importancia a su manejo dentro del lenguaje cinematográfico.

En la revista Aurora, por ejemplo, semanario dedicado al “bello sexo” y a “la dignificación de la mujer”, Carlos Infante, en su columna “La semana de la pantalla” del 29 de mayo de 1921, expresaba lo siguiente:

Ahora debemos llamar la atención de nuestras lectoras sobre las cintas mexicanas de gran arte y lujo que serán exhibidas en breve: Hasta después de la muerte, primera edición de lujo de los Estudios Camus, montados en México con gran suntuosidad y conforme con los adelantos modernos […]
Esta cinta es realmente una preciosidad, al grado que, según dice un cronista metropolitano, si no fuese porque conocemos a los intérpretes y nos hubiesen anunciado un magnífico estreno italiano o francés, lo hubiésemos encontrado acaso mucho más bello de lo juzgado; pero de todas maneras, Hasta después de la muerte es una revelación de que México es susceptible de hacer películas que compitan con éxito con la mejor producción europea.

Pero no todo eran halagos, de vez en cuando también se permitían unas cuantas críticas sonantes. Carlos Infante escribió lo siguiente de la primera película mexicana que abordó el tema de la migración: Un hombre sin patria (1922), de Miguel Contreras Torres:

Respecto al estreno de la cinta mexicana titulada El hombre sin patria, es lo peor que hemos visto en lo que respecta a dirección escénica y argumento. Es sencillamente una cinta capaz de desprestigiar por completo el arte nacional en materia de argumentos que son siempre la base de toda buena film [sic]. Ridículamente la película pretende hacer una demostración de lo que sufren los obreros mexicanos que van a los Estados Unidos, de donde siempre regresan maldiciendo y odiando todo lo que huele a yankee, y para hacer esa demostración, el protagonista de la film lo primero que hace es adoptar a perpetuidad el traje y demás implementos de la indumentaria texana…
[…] En resumen, esa cinta mexicana es de las que obligan a uno a tener cierta aversión por lo nuestro.

Pronto los propios periodistas criticaron toda esta suerte de “autoridades del cine” a fin de sancionar su petulancia injustificada: Salustiano4 escribió en el semanario Aurora del 15 de mayo de 1921 lo siguiente:

El arte mudo en México:
Cuando el público llega a un cine, conducido por la muy natural curiosidad de ver una película mexicana, que tal vez se la han anunciado con profusión y de la cual se han hecho elogios y bombos exagerados, por lo general tiene el espíritu de escudriñar hasta los últimos rincones de la producción que se le ofrece, para poder comentar a gusto.
¡Y qué decir de la prensa¡ En general los periódicos por boca de sus redactores, con un tono doctoral de protección, hablan de la cinta como haciéndole el favor de ocuparse de ella; como si no valiera un comino y ellos descendieran desde la torre de marfil de su sabiduría a ocuparse de esas “pequeñeces” que son las películas mexicanas […].

Otra particularidad de los cronistas tapatíos de los años veinte es que nunca le dieron crédito a la labor de los directores; destacaron únicamente el trabajo del guionista o el del autor de la obra literaria o teatral sobre la que estaba basada la película. Clasificaban las obras como películas de serie o de arte sin aclarar sus diferencias. Las opiniones de los cronistas acostumbraron al espectador a ver las películas mexicanas como una magia visual de la pantalla, o bien como una actividad promisoria de un grupo de entusiastas (entre los que se contaban productores, actores de teatro, técnicos y realizadores) interesados en hacer cine, sin abordar la calidad de la cinta. Los cronistas, como parte del aparato publicitario, tenían que justificar su oficio usando en sus notas un tono a veces demasiado complaciente, otras aparentemente severo.

Lo que sí fue una constante en la mayoría de los cronistas de estos años es que les pasó inadvertido no sólo el trabajo de sus colegas en el extranjero, sino el de los cronistas capitalinos, en su mayoría intelectuales y hombres de letras que hicieron de la crónica de cine una verdadera disciplina.

Amén de esta falta de formación y cultura cinematográfica que caracterizaba a los cronistas tapatíos, hay varios temas que se destacan en sus trabajos publicados. Durante los primeros años (1917-1926), es la influencia del cine sobre las costumbres y las mentalidades; una vez que proliferó la exhibición de cintas mudas mexicanas, el tema sobresaliente era exaltar los valores patrióticos e impulsar el orgullo nacional; y entrada la época del cine sonoro, surgió una nueva veta de discusión: los valores melodramáticos de las cintas.

En aquellas notas, exaltadoras y redundantes en adjetivos, se reflejaba más el trabajo de quien quería cumplir una función estrictamente publicitaria; para otros, como Carlos Infante y Rubén Arturo Lomelí, las cintas les procuraban un disfrute estético; para Otto Lear y Redo el cine siempre tuvo el mismo sabor que una pieza teatral o una función de ópera; pero para muchos otros, me quedé con la interrogante. Hay que aclarar que estas crónicas, interesantes o curiosas, expresan estilos y trayectorias, mientras que la “crónica cinematográfica” como tal no maduró.

Entrada la década de los años treinta surgieron nuevos periodistas cinematográficos, muy posiblemente debido a la abundante producción editorial que se dio en Guadalajara. Se tiraban alrededor de cuarenta y dos diferentes tipos de publicaciones, entre las cuales sobresalieron Actualidades (1937-1940) y Pantallas y Escenarios (1937-1940) como portavoces de la cinematografía nacional.

A diferencia de la década anterior, los cronistas de los años treinta vivieron en un ambiente privilegiado; la crónica de cine había ganado público y se había constituido en un género periodístico, al menos en los diarios capitalinos escritores reconocidos de la talla de Jaime Torres Bodet , Xavier Villaurrutia y Salvador Novo representaron toda una tendencia.5

Otro fenómeno notable de estos años fue la atención prioritaria que se le prestó al cine nacional. Por citar un ejemplo, en 1938 se exhibieron 27 estrenos mexicanos y se publicaron 26 crónicas. Cabe señalar que sobre ciertas películas como Zandunga se escribieron hasta cuatro reseñas.

La trayectoria del cine nacional se abordó desde diferentes perspectivas periodísticas; la promoción a las estrellas de cine fue la más socorrida, así como una exhaustiva difusión del cine nacional a través de artículos de fondo acerca de las diversas corrientes y temas cinematográficos.

El folklorismo como fórmula temática y la estereotipación de charros y chinas poblanas las señalaron con ironía: en Pantallas y Escenarios, del 31 de mayo de 1938, se decía a propósito del folklorismo mixtificado y el costumbrismo regional:

[…] Los temas cinematográficos realizados en nuestro cine, el 90 por ciento han surgido de cerebros llenos de folklorismo mixtificado; sólo uno que otro productor ha podido hacer una película que apartándose de ese folklorismo no satisfaga el gusto del público y dure poco en las carteleras […] no obstante muchos predican el fastidio que les motiva nuestro cine con sus eternos charros y chinas poblanas aunque esto parece que ya se trabaja en menor escala.

En torno a los valores socioculturales que se estaban filtrando a través de las películas de corte folklórico, se difundieron diversas interpretaciones, carentes de relevancia por el tono repetitivo y poco objetivo para concretar un juicio. Entre 1938 y 1939 fue un estira y afloja de vituperios en pro y en contra de la recién consolidada industria fílmica nacional.

El trabajo de divulgación que los cronistas tapatíos hicieron sobre el cine mexicano tiene un importante valor histórico, no obstante los tropiezos en la práctica del oficio. Gracias a sus trabajos, insistentes, inmaduros, pero desusados y novedosos para quienes los leyeron, hoy podemos dar cuenta de los vínculos tan estrechos que se dieron entre dos prácticas discursivas en absoluto desconocidas, pero que ciertamente había en ambas un punto común: vincular al espectador o al lector a la magia de las luces y las sombras.

Notas
1 Cfr. Patricia Torres, Crónicas tapatías del cine mexicano (1917-1940), núm. 2 de la colección Cine en Jalisco, Universidad de Guadalajara, 1992.
2 Carlos Monsiváis, “El matrimonio de la butaca y la pantalla”, Artes de México, núm. 10, 1990.
3 Jalisciense, exhibidor de películas en 1907 y más adelante argumentista de la cinta Carmen y productor de Llamas en rebelión (1922).
4 Seudónimo de José Manuel Ramos, argumentista y realizador de varias cintas en esta época. La mayoría de sus notas trataban aspectos de la cultura cinematográfica.
5 Con el seudónimo de Celuloide, Jaime Torres Bodet escribió de 1925 a 1926 la columna “La cinta de plata” en Revista de Revistas; Xavier Villaurrutia colaboró entre 1937 y 1941 para la revista Hoy y Así.

*Ponencia dictada en el I Coloquio de Historia Regional del Cine en México y publicado por Patricia Torre San Martín del Centro de Investigaciones y Estudios Cinematográficos en Revista Universidad de Guadalajara, Primavera 2000, Número 18.

4 pensamientos en “Cine y prensa en Guadalajara (1917-1940)”

  1. Estimado Luis:

    Publiqué en mi blog una fotografía ca. 1913 de un anuncio de la película Las Aventuras de Robinson Crusoe, he tratado de encontrar más acerca de ese film silente sin suerte, ¿alguna indicación que me puedas dar?

    Saludos

    1. Estimado Benjamín,
      Antes que nada, gracias por tu interés en mi blog. Te recomiendo la siguiente página: http://www.imdb.com/title/tt0334246/
      Ahí encontrarás la ficha filmográfica del filme. Por cierto, te felicito por tu blog El señor del hospital. Encomiable trabajo de divulgación histórica regional.

      1. Luis, encontré en una recopilación de las principales notas publicadas en El Universal de los años 20, tal vez 30. El cine costaba $1 peso para que te de idea, un anuncio de una película llamada “El mundo en 1980” pero no encuentro la ficha de esa película ¿algún dato? Si te interesa el el anuncio te lo puedo enviar. (benja.xocoyotl@hotmail.com)

      2. Hola Benjamín,
        Grata noticia me das sobre la cinta El mundo en 1980. No tengo información sobre ella, pero si mandas el anuncio te lo agradeceré mucho. Saludos

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