Robert J. Flaherty, Lupita Tovar y Delia Magaña

Robert J. Flaherty (1884-1951)

Publicado por Aurelio de los Reyes en la revista electrónica Imágenes del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM.

El sábado 15 de septiembre de 1928 llegó a México Robert J. Flaherty, el célebre autor de Nanook of the North, película estrenada en la Ciudad de México con el título de La esfinge de los hielos en diciembre de 1925; y de Moana, exhibida en marzo de 1927. Flaherty fue además codirector de la película Sombras blancas en los mares del sur (White Shadows of the South Sea) en la cual actuó Raquel Torres. El cineasta estadounidense llegó acompañado de Ernest Palmer, fotógrafo de El séptimo cielo (The Seven Heaven, Frank Borzage, 1927) y El ángel de la calle (Street Angel, Frank Borzage, 1928) y de su ayudante Stanley Little, además de G. K. Rudolph, gerente de negocios de la Fox para, durante dos semanas, hacer pruebas a por lo menos cien aspirantes a “estrella cinematográfica.”

Flaherty, a su regreso de Samoa, preparó Nanook del desierto durante los meses de julio y agosto de 1928 para ser filmada en Acoma con los indios hopi; su cuartel lo estableció en Santa Fe, Nuevo México. La película se canceló por un problema entre el gobernador de los hopi y el gobierno federal, que controlaba las reservaciones de los indios. Regresó a Hollywood y la Fox lo envió a México para seleccionar a su nueva estrella.

Según Paul Rotha, la actriz debía interpretar el papel central de dicha película, lo que me parece dudoso porque el objetivo de Flaherty, al hacer cine, era captar “la vida tal como es”, por lo que empleaba a actores de los mismos lugares; lo demostró en Nanook y renunció a White Shadows of the South Sea por ser una película rutinaria. Es dudoso que buscara a una actriz mexicana para interpretar a una india hopi. Sí tenía instrucciones sobre el tipo de actores solicitados por la Fox, pero sólo reveló la consigna de la empresa de que fuesen mexicanos.

Flaherty y sus colaboradores llegaron al país por deseo de Winfield Sheehan y William Fox. El primero había estado en México al frente de la agencia de Artistas Unidos y conocía las dificultades del mercado mexicano; él mismo promovió la contratación para la Fox de Dolores Del Río para El precio de la gloria y Los amores de Carmen. Según las instrucciones otorgadas, las jóvenes no debían ser “ni altas ni gordas, con un peso que no exceda de cincuenta kilos, de una estatura no mayor de un metro setenta centímetros, de preferencia de 16 a 18 años de edad, y no mayor de 21, y que tengan las características de belleza, vivacidad, talento, expresión y personalidad fotogénica distinguida”.

Los varones, en cambio, debían ser “altos y corpulentos con peso aproximado de ochenta a noventa kilos y de estatura cercana a un metro ochenta centímetros, no mayores de 25 años […]; de personalidad atrayente, hermosura varonil, aspecto interesante y modales de apariencia distinguidos y que presumiblemente puedan considerarse  atractivos para el sexo contrario”.

Se prefería a recomendados por profesores de canto, con posibilidades vocales para el cine parlante, que cada día cobraba mayor importancia; no era necesario que cantaran en inglés, bastaba el español. Los candidatos posaban frente a la cámara sonriendo, gesticulando, caminando, haciendo los movimientos indicados por el director, para dar una idea de cómo trabajarían “en el caso de que ya estuvieran interpretando una escena de una película formal”.

La triunfadora podía ser acompañada a Hollywood por su madre o por alguna persona del sexo femenino de su afecto; el hombre debía ir solo. La Fox pagaría los pasajes. Ambos debían firmar un contrato provisional por seis meses antes de partir, prorrogable por cualquier tiempo hasta cinco años, a juicio de la compañía. Recibirían ciento cincuenta dólares semanales durante los primeros seis meses; en caso de haber prórroga, doscientos durante los siguientes seis meses; el segundo año recibirían trescientos; el tercero, cuatrocientos; el cuarto, quinientos y el quinto, seiscientos.

Seguramente que esta noticia despertará un enorme entusiasmo entre la inmensa cantidad de muchachas mexicanas y de amantes masculinos del cinematógrao, que seguramente desearán aspirar a puestos como los que actualmente tienen en el mundo cinematográfico Lolita del Río y Ramón Novarro.

La prensa del momento recordaba a los aspirantes que la Fox había lanzado a la fama internacional a Dolores del Río con las películas El precio de la gloria (What Price Glory?, 1926) y Los amores de Carmen (The Loves of Carmen, 1927), dirigidas por Raoul Walsh, quien años atrás interpretara el papel de Francisco Villa joven en la película The Life of General Villa, filmada con el guerrillero en el estado de Chihuahua.

Flaherty recibió solicitud por escrito de cerca de cinco mil aspirantes y realizó pruebas a setenta candidatos en los estudios de la México Film de Jesús H. Abitia en Chapultepec, las envió a Hollywood para que los directivos hicieran la selección. Los enviados pidieron disculpas por no haber entrevistado a todos pero debían sujetarse a las instrucciones recibidas. Regresaron a Hollywood el jueves 4 de octubre de 1928.

Flaherty se enamoró del país. Aunque hasta el momento no se conocen sus impresiones, ricas, variadas y profundas, inspiraron años después al cineasta soviético Sergei Eisenstein para filmar su película inconclusa ¡Que viva México! y para escribir su cuento Toro bonito, ambientado en el estado de Durango.

Lupita Tovar

Las escogidas fueron Delia Magaña y Guadalupe Tovar; al parecer ningún varón reunió los requisitos. Delia era una figura conocida al trabajar los últimos años en el teatro frívolo al lado del Panzón Soto: “creía definido mi horizonte artístico en las representaciones vernáculas, en los bailes excéntricos, en alguno que otro papelillo dramático”. Pero un día Roberto Pesqueira la presentó a Manuel Reachi y a Adolfo Best Maugard; tres veces faltó a la cita con Flaherty por timidez (“me encontré en el salón con tantas muchachas bonitas y elegantes – casi todas de la mejor sociedad de México –que temí un desaire”). Delia asistió a la prueba y, en la noche, el cineasta la invitó a un cabaret: “pidiendo una botella de champagne, me dijo: ‘Magañita: dentro de un año espero que usted me invite a su home de Hollywood a tomar una copa de champagne’”. Justo a las dos semanas recibió el contrato por correo y partió para Hollywood.

La otra seleccionada, Guadalupe Tovar (“graciosa y ágil colegiala de dieciocho años, que lleva en sus ojos negros, en su perfil afinado y en su tez empalidecida, las características de nuestras mujeres tropicales”), también narró sus impresiones:

Yo estudiaba en el Parque Lira el segundo año de labores domésticas: bordado, corte, confección, etcéteram t como hija de familia que soy, mi vida transcurría sin grandes sobresaltos entre mis alegrías de hogar y mis preocupaciones de colegiala.

Delia Magaña

El antepenúltimo día para el cierre de la convocatoria, el director de Educación Física la llevó a la prueba; sorprendida por su triunfo, jamás pensó ser artista “y menos de cine” (“estudié en la escuela gimnasia rítmica y baile clásico; a mí siempre me han atraído las cosas del hogar, y seguramente va a constituir para mí un enorme esfuerzo adaptarme a la vida inquietante del arte…”). Discutió con sus padres, quienes accedieron; partiría acompañada de su abuela, Lucy S. de Sullivan (“por conocer el idioma y haber vivido ya en Norteamérica, me hará más fácil la vida”). Su madre, María Sullivan, era de ascendencia irlandesa; su padre, Egidio Tovar, trabajaba en el Departamento de Tráfico de los Ferrocarriles Nacionales de México. Lupita nació en Rincón Antonio, en el Istmo de Tehuantepec; de niña, durante la Revolución, su familia se trasladó a la Ciudad de México. Sorprendía su sencillez.

La partida de ambas para Hollywood coincidió con los últimos días del gobierno del general Calles, cuando los mexicanos fracasados habían pasado a la historia, en la plenitud de la popularidad de Ramón Novarro y Dolores Del Río y en el despunte de Lupe Vélez y Raquel Torres. Delia Magaña regresaría a México por su propia voluntad, por no haberse adaptado al medio. Lupita Tovar, en cambio, filmaría películas habladas en español y vendría a México a filmar Santa en 1930, iniciadora de la etapa industrial del cine mexicano.

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