Hugo de Martin Scorsese. La Calle de enero 30, 2012

La colaboración de la semana pasada la dediqué a la cinta francesa The Artist, probable candidata a ganar el Oscar como mejor cinta del año. En esta ocasión hablaré de Hugo, otra seria candidata, al igual que la anterior, a llevarse a casa la estatuilla como mejor filme del año. Ambas cintas están relacionadas con el cine mudo. La primera filmada en blanco y negro y sin sonido, tal y como se recreaba el cine durante la década de los veinte del siglo pasado y la segunda, un homenaje al pionero Georges Méliès de la mano del cineasta Martin Scorsese. Más conocido por sus filmes duros y descarnados que describen los bajos fondos del crimen organizado que permea en la sociedad norteamericana.

La cinta de Martin Scorsese, Hugo es el sueño de un cinéfilo. Un homenaje a los inicios del cine cuando la audiencia tendía a saltar al ver en la pantalla la llegada de un tren y creer que la máquina saltaría fuera de pantalla para aplastarlos. A esos cándidos años donde todo era descubrimiento, desde la forma de fotografiar hasta cómo desarrollar un lenguaje cinematográfico.

El filme está basado en la novela La invención de Hugo Cabret de Brian Selznick. El apellido del autor les debe resultar familiar, pues es un descendiente del famoso productor Hollywoodense de la primera mitad del siglo pasado, David O. Selznick, quien produjo películas que hicieron historia como Lo que el viento se llevó, Rebeca, David Copperfield y Spellbound. Para Scorsese debió ser una atracción de connoisseur e historiador cinematográfico lo que lo atrajo de crear esta fantasía de amor al celuloide.

Encantadora no es el adjetivo que uno utilizaría para describir las películas de Martin Scorsese, pero no puedo pensar en ningún otro para describir su romántica visión de los inicios de ese nuevo arte. El nombre de Georges Méliès no tendrá mucho significado para algún cinéfilo actual, es un nombre casi perdido en el tiempo. Al ser un pionero en el arte de la cinematografía, Méliès nos legó breves obras consideradas hoy como joyas de la cinematografía, a la par que de ciencia ficción y fantasía donde utiliza recursos técnicos llenos de innovación, tales como Viaje a la Luna (1902) y Viaje imposible (1903) por mencionar un par de ellas.

Scorsese no solo recrea a Méliès, sino también a Steven Spielberg (aventuras infantiles), Tim Burton (maquinaria), Fritz Lang (autómata) y Harold Lloyd (Hugo colgado de la manecilla de un reloj) para darnos una bellísima película, a la par de ser una de las mejores del año. No en balde la cinta está nominada a los premios Oscar como mejor película y mejor director. Una película que será disfrutada por cualquier persona sin importar la edad, pero con una aguda imaginación.

El director logra asombrar visualmente al espectador con impresionantes movimientos de cámara. Por ejemplo, en una de las escenas iniciales, en la inmensa estación del tren, donde transcurre casi toda de la obra, Scorsese siembra la cámara a ras del suelo donde muestra una vertiginosa toma que paulatinamente se incrusta entre los viajantes congregados en la estación hasta sentir el barullo e integrarse al conglomerado humano. La película está visualizada desde la perspectiva de Hugo, quien la mayor parte del tiempo es un espectador pasivo que ve el mundo pasar, al igual que la audiencia. Esto es reforzado con tomas a través de ventanas que nos dan una sensación similar a la que experimenta el niño: la de ver una película proyectarse junto a él.

La estación del tren es donde vive Hugo (Asa Butterfield) desde la inesperada muerte de su padre (Jude Law). Allí lo llevó su despiadado tío (Ray Winstone) cuyo trabajo consiste en mantener todos los relojes trabajando de forma precisa y exacta. El tío pronto desaparece y Hugo queda solo con el único recuerdo que tiene de su padre, un autómata necesitado de reparación. Para poder reparar el androide, Hugo hurta poleas, ruedas y otras partes de un viejo juguetero (Ben Kingsley) cuya pequeño taller de reparación está localizado dentro de la estación de trenes. A la larga, el viejo juguetero encontrará a Hugo robando las piezas y le exigirá devolverlas. Para ello le confisca una pequeña caja que le regaló su papá. Ambas llegan a un acuerdo, Hugo trabajará en el taller de juguetes a cambio de, tal vez, recuperar su libro. Al poco tiempo, Hugo conocerá a Isabelle, quien resulta ser la ahijada del viejo juguetero. Juntos descubrirán un secreto muy bien guardado que el achacoso y melancólico reparador de juguetes ha querido olvidar, que es el gran innovador y pionero cinematográfico Georges Méliès, para muchos ya fallecido y cuyas obras se consideran perdidas. Un historiador del cine )Christopher Lee) que los dos muchachos conocen en la biblioteca reconoce al vencido Méliès y es entonces que los espectadores comenzamos a aprender de los muchos filmes que se pensaban perdidos, pero son encontrados en diversos sótanos y archivos alrededor del mundo donde se mantuvieron polvosos y olvidados por años enteros. Hugo también descubrirá el eslabón que le permitirá reparar al autómata y lograr restaurarlo, una llave de oro que Isabelle trae colgando en un collar.

Scorsese ha creado una historia sobre un niño y un viejo, ambos asustado, perdidos, y robados de sus sueños. Durante el filme, el niño logra restaurar el autómata y el viejo juguetero percibirá que su genio creativo no se ha perdido, ni tampoco está olvidado. En esencia, Scorsese ha creado una fascinante alegoría sobre la preservación del cine y su restauración. Una película que solo Martin Scorsese pudo haber plasmado en la pantalla con tanto amor y devoción. Un sensible y profundo homenaje al arte cinematográfico en la persona de uno de sus pioneros más representativos.

Francamente, yo no estoy seguro que esta obra sea para todo público, en especial los niños. Esto lo considero un problema ya que se supone es una película familiar. El filme es un poco complejo para que un niño y requiere de cierta paciencia, una característica poco común en la mayoría del público. Pero como dice el viejo adagio, la paciencia es una virtud, y aquellos que la tengan obtendrán una recompensa visual y emocional.

A diferencia de otras obras de Martin Scorsese en ésta no hay cadáveres sangrantes proliferando escena tras escena. El aspecto más tétrico de la película es un Doberman listo para atacar a la voz de su amo, un desalmado policía de la estación (Sacha Baron Cohen) quien está a la caza de Hugo para enviarlo a un orfanato.

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