Zamoranos en el cine: Francisco García Urbizu

Publicado en la sección de cultura de La Jornada de Michoacán del 10 al 16 de octubre de 2005.

Eduardo de la Vega Alfaro*

Cuando menos en una etapa que va de principios del siglo XX y hasta fines de la década de los cincuenta del mismo, Zamora, la famosa “cuidad agrícola” (Gustavo Verduzco, dixit), hizo algunas aportaciones claves al desarrollo al cine mexicano como espectáculo y como industria. Antes de ello, dicha urbe había recibido las constantes visitas de Carlos Mongrand y Enrique Rosas, pioneros del “cine trashumante”, quienes sin duda debieron sentar las bases del interés de los zamoranos por las imágenes en movimiento. Todo parece haber comenzado en 1907, fecha en la que, gracias a la venta de la hacienda de Orandino, Pedro García Urbizu inauguró las exhibiciones en una moderna sala cinematográfica que, según contara del Luis González y González, fue uno de los medios que la elite zamorana utilizó para combatir el creciente alcoholismo en la región.

Sin embargo, el caso de Francisco García Urbizu (1888-1980) es todavía más interesante que el de su hermano Pedro. De arraigada ideología conservadora y formado en los seminarios de Zamora y Morelia, García Urbizu aprovechó un largo viaje a los Estados Unidos para aproximarse el mundo del cine y a su regreso, hacia 1918, filmó sus primeras películas, la mayoría de ellas cortos documentales sobre la vida y costumbres de Zamora (desfiles, ceremonias religiosas, visitas de jerarcas eclesiásticos, fiestas cívicas, etc.), luego de las cuales realizaría Traviesa juventud, especie de comedia costumbrista en la que, a través de una serie de personajes típicos, el pionero evocó sus años de adolescencia en la entonces provinciana ciudad que lo había visto nacer. Traviesa juventud marcaría el precedente de la realización de Sacrificio por amor (1922), película de largometraje con lujos de “superproducción histórica” (vestuario y utensilios de época, maquillaje, incontables “extras”, etc.) que sirvió a García Urbizu para representar en pantalla la devastación de Zamora a consecuencia de una epidemia de “cólera morbus” que había cundido en la región durante el fatídico año de 1850. Por los testimonios gráficos que se conservan de ella, la cinta debió ser sumamente curiosa y aleccionadora.

Tranvía que comunicaba a Zamora con Jacona (circa 1925)

Todo parece indicar que las últimas aportaciones de García Urbizu a un tipo de cine de características plenamente regionales fueron dos cintas documentales: el cortometraje Fiestas patrias en Zamora (1929), espléndido testimonio de la sociedad zamorana surgida luego del caos de la Rebelión Cristera, y Mexiquillo (1930-1931), registro de la construcción de uno de los tramos de la carretera Matamoros-Mazatlán. La primera cinta se puede ver en el DVD Imágenes históricas de Michoacán, editado por la Filmoteca de la UNAM. La segunda cinta, producida y filmada en una extensa región de la Sierra Madre de Durango, incluyó algunos momentos de ficción pero, sin dejar de ser un típico documental turístico, posee aciertos indudables que revelan la gran intuición y el notable sentido del encuadre de su realizador.

Sobrino de Pedro y Francisco García Urbizu, Fernando Méndez García (1908-1966), abandonaría muy joven su natal Zamora para, luego de ejercer diversos oficios y estudiar pintura en la ciudad de México, vivir de cerca el proceso de transición que finalmente llevó a la integración del sonido al espectáculo fílmico. Al lado de su pariente Alberto Méndez Bernal, Méndez García produjo Contrabando (1931), cinta pionera del cine sonoro nacional filmada en Tijuana, Baja California. Tras una estancia en Hollywood en la que fungió como técnico y maquillista de una serie de películas financiadas por la empresa productora Roadshow Atractions Company, Méndez García regresó a México para incorporarse en calidad de guionista a la entonces incipiente industria cinematográfica. Su tenacidad y disciplina lo ayudarían a convertirse en director; dueño de un sólido oficio que incluso se tradujo en un estilo sobrio e impecable, atributos ideales para el cine de géneros, en las décadas cuarenta y cincuenta del siglo pasado Méndez realizó varios clásicos de la cinematografía mexicana: de la serie Calaveras del terror (1943) a El vampiro (1957), pasando por Barrio bajo (1950), El Suavecito (1950), su indiscutible obra maestra), Los tres Villalobos (1954) y Ladrón de cadáveres (1956), ello además de una considerable cantidad de películas caracterizadas por su vigor narrativo y expresivo.

Y, paradoja de paradojas: que nosotros sepamos, las aportaciones apenas esbozadas en los párrafos anteriores todavía no han sido lo suficientemente reconocidas y valoradas en Michoacán.

*Coordinador General del Centro de Investigación y Estudios Cinematográficos de la Universidad de Guadalajara y autor de una monografía sobre el cineasta zamorano Fernando Méndez.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s