Música y sonido en el cine mudo

Escrito publicado por Apolinar y Sabina Vinyl (seudónimo de Nelly R. Tobón) en: http://www.adefesio.com

Hacia el final del siglo XIX aparecieron en un ritmo vertiginoso muchos inventos trascendentes. En un camino que deparó sorpresas a cada tramo, la preservación del pasado por vías técnicas (hablamos de la fotografía, luego el cine y al mismo tiempo el fonógrafo), presentó la imperiosa tentación de unir en un espectáculo la reproducción de imágenes animadas –el cine- y ponerle sonido a esto. Dicho de otro modo, sobre ideas de los hermanos Lumière (el cinematógrafo) y propias (el kinetoscopio y el vitascopio), Thomas A. Edison comenzó a trabajar una sugerencia de Eadweard Muybridge, fotógrafo que se había dedicado a registrar el movimiento en secuencias similares a una película animada. Al aparato fruto de estas investigaciones Edison lo nombró “quinetófono”, era la fusión de un quinetoscopio (es decir, un proyector de películas) con un fonógrafo, mediante el sencillo procedimiento de unirlos con una banda y unas poleas de diámetro conveniente. Este invento vio su “luz y sonido” en 1895, pero no acabó de funcionar correctamente, por lo que quedó temporalmente abandonado. Cuando en 1913 Edison lo tomó otra vez para desarrollarlo mejor, tampoco logró un avance en eficiencia y así el cine siguió, en lo que al aparato concierne, mudo. Pero el cine era tan interesante y emocionante que realmente no podía vivir sin sonido, es así que desde los últimos años del siglo XIX, el “siglo del progreso”, donde hubiera una proyección de cine habría existido un modo de acompañar la presentación con un fondo que hoy diríamos “de audio”: desde un piano o pianola, hasta una pequeña orquesta, pasando por un locutor o narrador (como se consignó cuando se habló de los cácaros). Utilizar una orquesta tenía la ventaja de basarse en la infraestructura que solían tener los teatros desde hacía muchísimos años: el foso, un espacio a un nivel inferior con respecto a la luneta o patio de butacas, y al mismo foro. Ahí la orquesta se acomodaba y las partituras se iluminaban con luz tenue, a modo de no estorbar la presentación en el foro (fuera esto un ballet, una obra de teatro o un espectáculo de Vaudeville), o eventualmente la proyección de una película en la pantalla. Pero, inmersos en esa atmósfera de progreso, y en vista de que éste no se hacía presente en el mismo aparato de proyección, ciertos empresarios e industriales dieron con la idea de adaptar un órgano a este nuevo requerimiento, un órgano que partiría del modelo de las iglesias pero con sonidos adecuados a la función cinematográfica, es decir, más ricos en “ruidos”.

Hacia el final del siglo XIX aparecieron en un ritmo vertiginoso muchos inventos trascendentes. En un camino que deparó sorpresas a cada tramo, la preservación del pasado por vías técnicas (hablamos de la fotografía, luego el cine y al mismo tiempo el fonógrafo), presentó la imperiosa tentación de unir en un espectáculo la reproducción de imágenes animadas –el cine- y ponerle sonido a esto. Dicho de otro modo, sobre ideas de los hermanos Lumière (el cinematógrafo) y propias (el kinetoscopio y el vitascopio), Thomas A. Edison comenzó a trabajar una sugerencia de Eadweard Muybridge, fotógrafo que se había dedicado a registrar el movimiento en secuencias similares a una película animada. Al aparato fruto de estas investigaciones Edison lo nombró “quinetófono”, era la fusión de un quinetoscopio (es decir, un proyector de películas) con un fonógrafo, mediante el sencillo procedimiento de unirlos con una banda y unas poleas de diámetro conveniente. Este invento vio su “luz y sonido” en 1895, pero no acabó de funcionar correctamente, por lo que quedó temporalmente abandonado. Cuando en 1913 Edison lo tomó otra vez para desarrollarlo mejor, tampoco logró un avance en eficiencia y así el cine siguió, en lo que al aparato concierne, mudo.

Pero el cine era tan interesante y emocionante que realmente no podía vivir sin sonido, es así que desde los últimos años del siglo XIX, el “siglo del progreso”, donde hubiera una proyección de cine habría existido un modo de acompañar la presentación con un fondo que hoy diríamos “de audio”: desde un piano o pianola, hasta una pequeña orquesta, pasando por un locutor o narrador (como se consignó cuando se habló de los cácaros).

Utilizar una orquesta tenía la ventaja de basarse en la infraestructura que solían tener los teatros desde hacía muchísimos años: el foso, un espacio a un nivel inferior con respecto a la luneta o patio de butacas, y al mismo foro. Ahí la orquesta se acomodaba y las partituras se iluminaban con luz tenue, a modo de no estorbar la presentación en el foro (fuera esto un ballet, una obra de teatro o un espectáculo de Vaudeville), o eventualmente la proyección de una película en la pantalla.

Pero, inmersos en esa atmósfera de progreso, y en vista de que éste no se hacía presente en el mismo aparato de proyección, ciertos empresarios e industriales dieron con la idea de adaptar un órgano a este nuevo requerimiento, un órgano que partiría del modelo de las iglesias pero con sonidos adecuados a la función cinematográfica, es decir, más ricos en “ruidos”.

En la primer parte de este artículo, leímos cómo la utilización de un órgano o pianola se popularizó durante los primeros años del cine, cuando aun no se inventaba el sonido en el mismo.

Como la industria cinematográfica se situó preferentemente en Hollywood, fueron los estadounidenses los favoritos en fabricar e instalar estos órganos en los edificios de cine o teatro. De un modo un tanto impiadoso el gran órgano estaba destinado a sustituir la orquesta (era el one-man orchestra), pero también el costo era considerable. Por esta razón en México los antiguos salones de cine, muy exitosos pero modestos, en general nunca ostentaron un órgano de esta especie, y se apoyaron en el trabajo de los “filarmónicos”. Únicamente un cine mexicano, el Olimpia, pudo presumir órgano: un magnífico Robert Morton que en su tiempo (los años 20’s) costó la friolera de treinta mil dólares. Pero también el Olimpia era un gran cine: cabida para 4000 espectadores, salón de baile, sistema de ventilación forzada, luz indirecta… El propio órgano exhibía unos números asombrosos: tres teclados manuales, más otro en pedales, seis mil quinientas piezas de cable con una longitud de 60 kilómetros, mil ciento quince magnetos que abrían sendas válvulas, y además de variados sonidos musicales imitando diversos instrumentos, se producían ruidos de rayos, truenos y sonidos de tormenta. Cabría preguntarse: ¿si el edificio aun existe, qué suerte le deparó a ese órgano?

Una lista de órganos que NO fueron montados en los cines de México iría así: además de los Robert Morton, hubo órganos Moller, Estey, Hammond, y muy especialmente, Wurlitzer. Éstos se instalaron en los Movie Palaces al norte de Estados Unidos.

Pero, ¿y los cinitos modestos en México? ¡Ah!, ésos recurrieron a los filarmónicos (un violinista, otro en la batería, el maestro del saxofón, muchas veces una marimba), mientras el acuerdo de trabajo funcionara. Pero, como con frecuencia pasó que no funcionaba y surgían los conflictos laborales, muy pronto aparecieron los sindicatos y las juntas de conciliación y arbitraje. Desde luego a varios cines los sindicatos les entablaron huelga, por fortuna llegándose finalmente a acuerdos. A veces la película incluía música impresa para ser interpretada durante la función, pero en otras ocasiones los músicos escogían el repertorio o improvisaban, proporcionando un fondo musical acorde a lo que sucediera en la pantalla.

Con el advenimiento del cine sonoro (los llamados talkies) tanto las orquestas como los órganos llegaron al triste punto de no ser útiles. El edificio de cine perdió la infraestructura para soportar ambas características, y ganó por otro lado un sistema de sonido. Y la película, por su parte, dejó de presentar los artísticos letreros que habían explicado la acción y suplido el diálogo: en adelante la película tendría siempre su propio sonido impreso a un lado de la cinta, un ingenioso modo óptico de obtener la banda sonora. La eficiencia le ganó al romanticismo.

Generalmente se considera que a primera película sonora mexicana fue Santa (1931), pero un año antes de esto se había filmado Nàufragos de la vida, con música compuesta por Eduardo Hernández Moncada, quien durante varios años fue el organista y director de orquesta titular del cine Olimpia. Otro intérprete al órgano lo fue Carlos Chávez, connotado compositor.

 

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