Zapatero, a tus zapatos. Protesta contra los argumentos disparatados (1918)

La siguiente crítica se publicó en Cine-Mundial de enero de 1918 (Vol. III, No. 1, p. 16). Resulta que Juan Rivero nos regala una crítica que no tiene desperdicio, ya sea por las razones esgrimidas o la descarnada descripción que hace del público. Las cantidades en dólares que maneja, hoy nos resultan irrisorias.

Zapatero, a Tus Zapatos

Protesta contra los argumentos disparatados

Por Juan Rivero

Es difícil anotar concretamente todos los notables progresos que la cinematografía ha obtenido durante el año que acaba de pasar. La competencia industrial y, a ratos, la emulación artística son la fuente de que han fluido los adelantos más dignos de mención. Las casas productoras han acumulado cuantos elementos nuevos les ha ofrecido la ciencia, sin reparar en sacrificios, sin escatimar gastos, aceptando ensayo tras ensayo, reforma tras reforma, arrastradas por el afán de imponer sus producciones a todas las que forman el gremio. Hemos visto, pues, la implantación de aparatos novísimos, la aplicación de nuevas teorías, la aparición de “managers,” artistas, “estrellas,” operadores, etc. Hubo trasiego de directores, fundación de empresas, contratos de “estrellas” a precios fabulosos, intento de monopolio de artistas célebres, reorganización de talleres, es decir cuanto el ingenio y la picardía necesitan discurrir para llegar al triunfo en esta ardiente lucha por la difusión de las marcas o, lo que es lo mismo, por dominar el mercado y poseer los negocios más saneados del mundo cinematográfico.

Dejando a un lado el mercado y la producción europeos que a causa de la guerra se hallan en verdadero estado de penuria y que trabajan de una manera aperiódica, intermitente y desigual, digamos, ciñéndonos a los Estados Unidos que son dueños absolutos del campo, que toda esa renovación, ese enorme avance ni trae aparejada la perfección a que se aspira ni el fruto responde al esfuerzo. Se admite de buen grado la mayor valía de la técnica, el esmero de la dirección, la labor concienzuda de los artistas, la riqueza de la ornamentación y la mayor habilidad de los operador.es; pero, en conjunto, hay una deficiencia de carácter general, la de los argumentos, que al parecer les importan un bledo a los directores y que el público, cada vez más amaestrado, censura acerbamente porque va cansándose de que el cinematógrafo se aparte de la realidad y vaya poco a poco convirtiéndose en exposición de tragedias absurdas, de dramas fantásticos, de comedias ridículas y de cuentos maravillosos para cazar incautos, embobar niños y hacer reir a idiotas. Salvo honrosas excepciones, tan escasas que son fáciles de señalar, las películas siguen dando pasto a la voracidad del público ignorante y careciendo de lo que se busca hasta en las pantomimas de circo: un trozo de la vida, algo de la verdad que todos vivimos, lo que se desprenda de esta deliciosa realidad que de nuestra existencia se nutre y que todos involuntariamente contribuimos a integrar. Al teatro, en toda su amplia esfera, desde la tragedia al sainete, se le ha exigido que encierre algo humano, desde lo maravilloso oculto que llevamos dentro hasta el hecho vulgar que salta a la vista, es decir desde los misterios de la psicología en que germinan las ideas y los sentimientos hasta la actuación individual que es la prosa del diario vivir. Cuando una obra teatral responde a esas condiciones, se acepta y perdura y se trasmite de generación en generación y se inscribe en la Historia; cuando nace de un impulso imaginativo o de la inventiva del autor, sin nexo alguno con la sociedad, acaso impresione y deslumbre, pero seguramente pasa y se pierde como la luz del relámpago. Lo que se toma de la cantera humana, flota. Todo lo demás se hunde.

Zapatero a tus zapatos, crítica argumentos, cinemundial03unse_0030El cinematógrafo es, discúrrase como se quiera, el teatro sin voz. Por eso las obras esencialmente psicológicas en que la idea necesita del vigor de la palabra para mover nuestro ánimo, son inadecuadas para la escena muda. Pero son adecuadas las obras en que la psicología puede expresarse por la acción, una psicología rudimentaria y transparente, digámoslo así, que deje en la pantalla el surco de nuestra vida como el retrato deja sobre la cartulina el de un momento de aquélla. Para que de esa psicología se desprenda, en el público, una sensación legítima, necesita ir ligada lógicamente a la verdad, a la vida colectiva o individual, al ambiente social o familiar, a lo que vemos con nuestros ojos y tocamos con nuestras manos en el palacio, en la calle, en la choza, en el taller, en el campo. Es así, y no de otro, modo, como se obtiene la expresión teatral o la condensación cinematográfica de las ideas y de los sentimientos, de las pasiones que nos ciegan, de los ideales que nos arrastran, de los temperamentos que a todo se imponen y de los caracteres de hierro o de cera que o mandan imperiosamente o se derriten y se someten. De ese modo, y no de otro, toman cuerpo en el teatro, como deben tomarlo en la película, la tragedia, el drama, la comedia, el sainete, etc.

Las casas productoras de películas se cuidan de todo y a todo están atentas menos en lo tocante a las personas que han de cumplir la misión esencial de redactar los argumentos. Entre los pomposos y costosos anuncios en que hablan de sus directores, sus estrellas, sus operadores, sus talleres y sus obras, las casas productoras nunca dicen: Contamos con un grupo de redactores inteligentes, de indiscutible crédito literario, que escribirá los argumentos para nuestras cintas. Eso, que es de sentido común, nadie lo ha anunciado hasta ahora ni hay visos de que lo anuncie. Porque esa función importantísima está encomendada al primer advenedizo, al que por casualidad acierte, como el buey acertó a tocar la flauta, o al mismo director de la empresa que “nunca ha hinchado un perro” — según frase del inmortal Cervantes — es decir que jamás ha escrito una cuartilla para un libro o un periódico, y que posee, sin embargo, la ciencia infusa suficiente para escribir un drama o adaptar a la pantalla un gran asunto histórico. Lo hace Tello, y así sale ello. Cree el director que tal asunto gustará al público o le causará impresión, buscando ante todo el éxito mercantil, y pone manos a la obra.

Algunas casas productoras tienen una especie de Jurado calificador, unos cuantos señores que, literariamente, son unos distinguidos anónimos. Se hallan todos, en lo tocante a dramaturgia, en el mismo caso que cierto joven desaprensivo que sin estar presentado a una familia se atrevió a presentarle un amigo, y el jefe de ésta le dijo:—Y a V., ¿quién le presenta?—¿Quien presenta esos señores a la gente literaria? ¿Qué obras han escrito? ¿Qué garantías de acierto ofrecen a las mismas empresas a quien sirven? El derroche de miles de dólares para impresionar una película y los sueldos fabulosos que pagan a las “estrellas,” se truecan en incomprensible tacañería cuando se trata de pagar los argumentos, que son “la madre del cordero” o los que trajeron la gallina de los huevos de oro. En estas páginas de Cine-Mundial se ha comentado con una dolorosa frase humorística el hecho asombroso de haberse pagado con 150 dólares el argumento de una cinta que produjo, en menos de un año, setenta mil dólares—$70.000—de ganancia.

Van muy a gusto en el machito las casas productoras de películas pagando los argumentos a tan ruin precio y dándole al público gato por liebre. La razón especiosa de que el público acepta y aplaude esas obras, sólo sirve para dejar a salvo la codicia de los productores; pero ni satisface los fueros del Arte ni deja en buen lugar la orientación artística de los directores ni cumple el deber moral de ilustrar y dirigir al público.

El sensato, el inteligente, el que protesta del mal gusto y no transige con las aberraciones, comenta supina ignorancia de que cesen. Hora de ásperamente esta terquedad y esta las casas productoras. Hora es de que cada cual trabaje en su esfera de acción, y que los que sepan escribir argumentos los escriban y los que deban pagarlos en todo su valor los paguen. Es decir: “Zapatero, a tus zapatos.” El buen nombre de las películas norteamericanas, el Arte de Norte América, clama hace tiempo por esa solución de justicia. A ver si hay quien la inicie y la mantenga.

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