El pianista del cine (1920)

Tomado del ejemplar de febrero de 1920 de la revista Cine-Mundial (Vol. V. No. 2, p. 226):

El pianista del cine

Luciano Olartechea

Grabado de Cine-Mundial de febrero de 1920 (Vol. V. No. 2, p. 226)
Grabado de Cine-Mundial de febrero de 1920 (Vol. V. No. 2, p. 226)

Hay cines y cines. Algunos tienen el aspecto de palacetes y están construidos a base de mármoles, estucos, butacas de lujo, frescos en el “foyer” y capacidad para un millar de personas. Generalmente, esos grandes templos de la cinematografía, se hallan en lo mejorcito de la capital y lucen al frente, un rótulo luminoso de esos que se apagan y se iluminan como si fueran inmenso aleteo de una irisada mariposa. En la taquilla, los precios dan escalofrío y dentro hay una orquesta, invariablemente compuesta de “profesores” y, si a mano tiene, hasta cuatro números de variedades.

Con esos cines, o “templos”, o lo que sea, no me meto.

Pero existen, además, y en inmensa mayoría, lo que pudiéramos llamar el cine democrático, a donde acuden esas personas que integran lo que se ha convenido en llamar “el público en general” y entre las cuales tengo el honor de contarme.

En esos salones, que a veces ni siquiera tal nombre merecen, no hay estucos de mármoles, ni nada que con el lujo o la comodidad tenga que ver. La pantalla, la máquina (con mucho chirriar, mucho ruido de latas y mucho declararse en huelga los carbones) y, por música, un piano desastrado y una persona encargada de tocarlo.

En resumidas cuentas, si se hace abstracción de los mármoles y demás detalles de que hablé antes, eso, mondo y lirondo, es lo que integra un cine: pantalla, máquina y un poco de música… aparte del público, naturalmente, y del empresario que no aparece sino a la hora del corte de caja. Y, ya que otros han hablado de la pantalla y de la máquina, del público y del empresario, justo es que alguien se ocupe del pianista.

Sumido en la más completa de las obscuridades y en el más desastroso de los anónimos, este ser, que en los Estados Unidos en la mayoría de los casos pertenece al sexo femenino, trabaja y suda sin que nadie se ocupe de él, ni se dé cuenta de sus esfuerzos. Su presencia sólo se manifiesta cuando deja de tocar. Ocupada la gente en ver lo que pasa en el lienzo, escucha la música con rara inconsciencia y sólo que cese, reconoce que la estaba oyendo.

En los entreactos (todavía hay cines, sobre todo en España, en que el entreacto es de rigor) los que se quedan en las butacas, no teniendo en frente más que la blanca vacuidad de la pantalla, contemplan la espalda del artista, pero, a lo mejor, éste se ha escabullido antes de que enciendan las luces, y si es mujer y fea, sabe Dios dónde se mete.

Los que no conocen las interioridades psicológicas del pianista de cine, creen que ha de ser un empleo envidiable, ya que se pasa la vida tecleando sin ver el piano y contemplando cuanto drama, comedia o serie pasa por aquel salón. Pero lo cierto es que, pegado casi a la pantalla y obligado a destrozarse la nuca si quiere enterarse de la escena, el pianista no ve, ni quiere ver, a no ser que la necesidad lo obligue.

Esa necesidad es la de ajustar la música a la escena. Si se trata de un acto sentimental, es regla que suelte una serenata o algo por el estilo. Si es una escena de persecución, se imponen las galopas, o como se llamen. Si se trata de un espectáculo de emoción, como un asesinato o cosa así, viene como anillo al dedo un trozo de ópera trágica o algo fúnebre. Y así sucesivamente.

Pero lo curioso es que el público, a pesar de eso, confunde en una sola impresión el sonido de las notas y el paso de las imágenes, y como si no oyera…

Mas no es de estas psicologías de lo que se trata, sino del punto de vista meramente humano del pianista de cine.

Precisamente porque hay que tocar de todo, si el pianista es concienzudo, debe también ser hábil y poder eslabonar una alegre danza (cuando la escena muestra, por ejemplo, una feria) con una marcha fúnebre si aparecen a renglón seguido dos tíos dándose de puñaladas. Esto es lo esencial.

Los empresarios están convencidos (porque, aunque parezca mentira, en el comercio también entra un poco la psicología) de que mucha parte del éxito de una película nueva, depende de la música que la acompañe. Hay empresas que hacen un estudio especial de las notas que deben ir con tales o cuales escenas. Y hasta los mismos productores llevan en sus prospectos de reclame, indicaciones musicales.

Se necesita estudiar el trabajo de un pianista de cine, para comprender el esfuerzo mental y el desgaste nervioso que su labor implica. Es un empleo de los más tristes. Y a veces, el público ingrato no sólo no estima ese esfuerzo sino que lo toma a chacota.

Recuerdo que en un cine de barrio a donde me Uevó mi inclinación hacia cierta trigueña que lo frecuentaba, por poco linchan a un infeliz que se puso a tocar una escala cuando comenzó la función y estaba tocando la misma escala al terminar el primer acto. Aquello era atroz. La gente se puso a patear, a sisear y a dar toda clase de manifestaciones de descontento. El operador, creyendo que la cosa iba con él, nos dejó a obscuras. Y el pianista siguió con su escala, con lo cual sobrevino un escándalo que iba a acabar a palos.

Es interesante notar que la mayoría de los pianistas de cine gusta mejor de los trozos clásicos que de música popular. Esto tiene su origen en la circunstancia de que, por regla general, los tales pianistas, son personas que se dedicaron a la música por inclinación, que han estudiado mucho y que, sin haber logrado el éxito que esperaban en la carrera artística, han abdicado de sus ilusiones y doblado la cerviz ante aquella ocupación anónima y melancólica, si se quiere, pero que produce un poco.

No pocas veces ocurre que el operador tiene la culpa de que la música no armonice con la película porque va demasiado lenta o rápidamente y el del piano tiene que prolongar sus notas y echarlo todo a perder. Pero casi todos esos abnegados artistas de las tinieblas son hábiles en la adaptación de sus melodías a los cambios escénicos.

Hace poco, en un cine popular de Nueva York, un pianista de larga melena y nerviosos movimientos, cansado sin duda de torcer el pescuezo para ver la película, se lanzó por los intrincados vericuetos musicales de una de las rapsodias de Liszt, que iban muy bien con la escena en el momento en que comenzó a tocar, pues según recuerdo, se trataba de carreras de caballos. Pero, llegado a la mitad de la rapsodia, olvidó parte de ella y con gran naturalidad enlazó sus notas con las de uno de esos “jazz” africanos que martirizan los oídos de los concurrentes a los
café-conciertos…

¡La que se armó! Mientras el músico “jazzeaba” en el instrumento, la protagonista estaba dando las últimas boqueadas!

Entre el segundo y el tercer acto de la película deben haber despedido al pobre hombre, porque el resto del programa lo exhibieron en el seno del más significativo de los silencios.

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