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Los cines de antaño; más bien palacios del sueño y hermosas construcciones arquitectónicas.

Cine Manuel Briseño

Luis Mario Moncada en su Diccionario Histórico del Teatro en México, 1900-1950 nos relata que estaba:

…ubicado en la décima calle de Guerrero, entre Camelia y Luna y su fecha de inauguración es discutida, no así su reputación de teatro de género ínfimo. Si bien Olavarría fija agosto de 1908 como su fecha de inauguración, María y Campos menciona una función en dicho teatro en septiembre de 1907. Como quiera que sea, durante el tiempo que permaneció en funcionamiento para el teatro estuvo dedicado a la representación de revistas, particularmente de corte “sicalíptico”, razón por la que en más de una ocasión recibió amenazas de clausura. De hecho durante la segunda década del siglo sufrió algunos cierres temporales, aunque no existe seguridad de que se hayan producido por algún tipo de censura oficial. Algunas de las figuras que desfilaron por su escenario fueron Rosa Fuertes, Prudencia Grifell y Enrique Quijada, entre otros. Hacía 1915 se transformó en cine.

Fotografía: http://moralex-cine.blogspot.com/2010/11/cine-briseno.html

Según Miguel Ángel Morales, apasionado de la fotografía, la pintura, el teatro y el cine, en especial del popular, me comenta:

Yo conocí el cine Manuel Briseño que estuvo en la avenida Guerrero, en la colonia del mismo nombre. Se accedía por unas enormes escaleras. Yo tengo la misma fotografía que subiste. Ya no recuerdo si esa copia, tamaño tarjeta postal, la adquirí o me la obsequió Gustavo García, quien sí recuerdo que se regaló la del Cine María Guerrero, que a su vez venía en fotos de los años veinte que venía en un álbum que le obsequió Guillermo Tovar y de Teresa . Este cine también estuvo sobre la calle Guerrero, por lo que me imagino que lo demolieron para construir el que conocí. Hacia la década de los diez el mismo Briseño proyectó, por breve temporada, películas pornográficas o lo que en ese entonces se consideraban como tales.

Por su parte José Santos Valdés Martínez, estudioso de la historia del teatro en México me participó que:

Todavía en los años 70 alcancé a ver una función en este cine Briseño. Originalmente fue teatro (1907). Para 1932 se convirtió en cine. Se quemó en 1955. Creo que en los ochentas se llamó Cine Nacho Torres. Luego en los noventa se dividió en dos, Ecocinemas Guerrero 1 y 2. Ya no recuerdo cuándo, en esta etapa, su banqueta se convirtió en una especie de paseo de las estrellas de la lucha libre, Todavía cuando su demolición, caminaba uno sobre los bloques con las manos de los luchadores impresas en el concreto con su respectivo nombre. Hoy es una unidad habitacional. Y pensar que hubo una época en la que le hizo competencia al Apolo de Mosqueta, al Vicente Guerrero enfrente en Mosqueta y Guerrero, y al Casino, después Capitolio en la esquina con Magnolia. Me parece que lo creó un hijo del industrial del zapato llamado don Manuel Briseño. La madrina en la inauguración fue la diva Rosa Fuertes. Actuaron, bailaron y cantaron en su escenario divas como Amparo Pérez y Elena Luca.

Teatro Bernardo García o de cuando los cines eran teatros

 José Santos Valdés Martínez.

Investigador del Centro de Investigación Teatral “Rodolfo Usigli”

La primera versión de este trabajo sobre el Teatro Bernardo García fue leído en un coloquio sobre Santa María la Ribera organizado por el Museo del Chopo ya hace algún tiempo. Las perspectivas de publicación de los textos presentados en la ocasión eran muy favorables entonces. Sin embargo, hasta donde se sabe esto nunca se llevó a efecto. Hoy que se ha vuelto a poner de moda por decirlo así el teatrito, cuando hay voces que se han pronunciado públicamente por el rescate de sus vestigios, vale la pena dar a la luz el trabajo no obstante el tiempo transcurrido, para así apoyar de alguna manera y con mayores argumentos ese rescate.

Coyunturas para la rememoración o el olvido

Hay épocas en las que el acceso a la memoria colectiva de los diversos barrios y colonias de la ciudad de México a través del testimonio de sus moradores empieza a cobrar de pronto inusitado interés por parte de los cronistas, especialmente al término de los grandes ciclos temporales que inexorablemente van marcando el ritmo de la vida citadina. Es cuando se vuelve imperativo hacer los balances, recuentos e inventarios del camino andado hasta ese momento por las comunidades. En el fondo quizás esto se deba al secreto temor por la eventual desaparición de los testimonios aún vivos, o ya por la amnesia generalizada que suele cundir también a veces como por contagio.

Lo anterior claramente se puso de manifiesto al inicio del presente siglo que fue cuando se pusieron en marcha ambiciosos proyectos editoriales cuyo objetivo inmediato fue recuperar el rico bagaje micro-histórico, si así se le puede llamar, de “la muy noble y leal ciudad de México”, mediante la publicación de una serie de trabajos de investigación sobre algunos de aquellos desarrollos urbanos. Me refiero a la labor que en ese momento realizó el llamado Consejo de la Crónica de la Ciudad, así como la que estuvo promoviendo la Editorial Clío en ese mismo sentido.(1)

Especialmente me quiero referir aquí a los pioneros en este tipo de investigaciones en la última década del siglo, esto es, a la UNAM y al INAH, quienes por aquel entonces y a través del Museo Universitario del Chopo auspiciaron la publicación de un trabajo sobre la colonia Santa María la Ribera, y que fue producto de uno de los talleres que en ese momento impartía el Museo, y que versaba sobre tradición oral en Santa María. (2)

Porque ciertamente el testimonio de la memoria –todos lo sabemos- tiene sus límites naturales que el documento puede contrarrestar y complementar, como es el caso de aquel trabajo sobre la colonia Santa María; sólo que cuando ese documento falta, es inaccesible o no existe, la recopilación testimonial adquiere especial relevancia al constituirse en fuente de primera mano para intentar reconstruir un pasado que de otro modo se perdería irremediablemente; esto dicho a propósito de cualquiera de los elementos que vertebran una crónica, como pueden serlo los personajes, las costumbres, las tradiciones, las calles, las casas y los edificios.

Así sucede, por lo tanto, cuando se intenta reconstruir la historia de los antiguos teatros de la ciudad de México. No la de los grandes escenarios, aceptablemente documentada, sino la de aquellos que medraron al amparo de sus pequeñas comunidades y que desaparecieron casi sin dejar rastro, esperando en vano al cronista que perpetuara su efímera existencia.

Sea el caso del antiguo teatro Bernardo García de la colonia Santa María la Ribera, teatro cuyos vestigios arquitectónicos externos a casi cien años de su levantamiento siguen invitando al viandante y al investigador a la indagación y a la pesquisa. Pero, como muestran algunos trabajos sobre la colonia aludidos más arriba, además de la somera investigación de campo que este servidor ha venido realizando, es posible constatar dramáticamente que en la actualidad la tradición oral ignora este teatro porque tal parece ya no existen memorias que la puedan sustentar. El presente trabajo no tiene otra intención sino recuperar elementos dispersos en esa otra memoria, la documental, para dar algún soporte histórico a aquellos vestigios arquitectónicos aún en pie, quién sabe por cuánto tiempo más.

El Casino de Santa María

En la esquina que forman las calles de Salvador Díaz Mirón y Doctor Enrique González Martínez de la colonia Santa María la Ribera, se levanta hoy un inmueble de dos niveles con un negocio de pinturas ocupando su planta baja; a este negocio lo flanquean cuatro viviendas de una sola planta, dos hacia Díaz Mirón y dos hacia González Martínez, cuyas fachadas, que contrastan por su estado, guardan ciertas similitudes; son las mismas similitudes que guardan muchas casas de la colonia que se construyeron a fines del siglo XIX o principios del XX. Y si no fuera por el inmueble de la esquina, cualquiera diría que esas viviendas alguna vez formaron parte de un mismo edificio, no obstante la presencia de ciertos detalles: el frontispicio en arco de la puerta que comparten las dos viviendas que dan a Díaz Mirón; una sonriente carita, mascarón según los entendidos, que semeja un querubín en su remate; la estructura de hierro forjado de lo que alguna vez fue una marquesina; y sobre los vestigios de un emplomado en el frontón, un letrero que el tiempo no ha podido borrar del todo que indica que este lugar alguna vez estuvo ocupado por el teatro Bernardo García.

En efecto, por una fotografía que publicó El Mundo Ilustrado, (3) revista de principios de siglo, se puede constatar que originalmente todo este conjunto era un solo edificio en perfecta unidad arquitectónica, aunque sin los detalles del acceso. El motivo de que la revista se ocupara de la casona, fue que en tal lugar y con fecha 8 de septiembre de 1906, se llevaba a cabo la inauguración de las remodeladas instalaciones del Casino de Santa María. Este importante centro de recreo había sido fundado dos años antes por don Bernardo García, propietario de la casa, y por un grupo de prominentes hombres de negocios de la colonia, en afán de proveer a vecinos de la comunidad de un sitio que diera incremento a la vida de salón, con banquetes, conciertos, bailes y toda clase de recreos. Se accedía así al círculo de los casinos y clubes que con la misma finalidad, si bien en su mayoría para las colonias de extranjeros, ya existían en la ciudad. Me refiero al Casino Español, al Casino Nacional, al Casino Alemán y al Casino Francés, y al Club Inglés, al Club Alemán y al Club Americano, así como al Jockey Club, situados todos dentro de la traza original de la ciudad. (4)

Exclusivos y selectos sitios de reunión y diversión de la burguesía en ascenso en el ocaso del porfirismo. En este sentido, a don Bernardo García, promotor del Casino de Santa María, en la citada revista se le identificaba como acaudalado industrial; a falta de mayores datos era de presumirlo industrial del ramo textil, ya que como presidente de la junta directiva del Casino fungía don Hipólito Chambón, propietario entonces de una industria manufacturera de la seda aquí mismo en Santa María, sin embargo, datos de último momento nos indican que su ramo era en realidad el de la minería. (5)

Pero cedamos la palabra al cronista anónimo de El Mundo Ilustrado para que nos describa el resultado de la remodelación que hubo de sufrir la finca poco después de la fundación del Casino, descripción que, por cierto, viene acompañada por tres imágenes de su interior en las que sobresale el salón principal por su fastuoso decorado:

Como desde el principio se vio que la finca no reunía en un todo las debidas condiciones, acordose hacer reformas en ella, que consistieron en formar del patio y biblioteca un salón que mide como 15 metros de largo y 12 de ancho, para que sirviera en los grandes bailes. Su decorado es lujosísimo; lindas molduras adornan el techo, y la luz entra por las claraboyas de colores que la tamizan, dándola matices dulces y suaves. Las puertas de entrada tienen preciosos cristales adornados, y sobre una de ellas se ve la cara bellísima de la señorita Sara Romay, una de las jóvenes más hermosas de la colonia de Santa María…Detrás de este salón hay otro separado del primero por una cortina, y que nada tiene que envidiar respecto á lujo al que acabamos de describir. Espejos magníficos lo decoran, la iluminación es radiante y sirve como de fondo elegante a toda esta parte que pudiéramos llamar las salas de recepción. (6)

Este inventario incluía además un salón para juegos supuestamente lícitos, otro para billares y cantina, así como un restaurante. Pues bien, si me he extendido en esta referencia descriptiva del Casino es porque, dentro de su lirismo, es el retrato más detallado que existe sobre el lugar, y porque prácticamente será el mismo que corresponderá hacer del teatro Bernardo García, cuando unos pocos años más adelante hacia 1911 o 1912 herede estas instalaciones. Salvo algunas modificaciones realizadas en la fachada y en las salas de recepción, de hecho, y en cuanto al espíritu con que fue creado, se tratará del mismo Casino, solo que ahora bajo otro régimen y con una nueva razón social; todo acorde con el nuevo recreo que agregará a su nómina para disfrute de los usuarios: las “vistas” cinematográficas.

¿Y el teatro? Cabría preguntar. En efecto, puesto que la nueva razón social sería la de teatro Bernardo García, el nuevo recreo tendría que ser desde luego teatro. Sin embargo, tenemos razones para creer que no fue así. Las representaciones escénicas estaban contempladas desde el principio en la cobertura de recreos del Casino. Las crónicas de los festivales efectuados en el Casino publicadas en El Mundo Ilustrado en 1907 y 1908, por lo menos, muestran que la programación incluía no sólo conciertos, danza, canto, declamación, y baile, sino también teatro. No se piense en grandes superproducciones sino en representaciones acordes al ambiente casi familiar, doméstico propio de una selecta congregación de asociados en su Casino: cuentos dramatizados, pequeñas comedias, cuadros dramáticos, eran lo común en aquellos programas. (7)

Desde luego no se descarta la posibilidad de que haya habido un real y efectivo reforzamiento de la infraestructura teatral del casino, y de aquí la publicidad (8) y la nueva denominación. Pero tampoco descarto que ese tránsito de una entidad privada a otra pública como lo era un teatro en ese momento, implicaba acceder por su conducto a la nueva forma de diversión entonces: las “vistas” cinematográficas. Diversas circunstancias apoyan esta inferencia: primero, la visión empresarial de los directivos del Casino; segundo, el pingue negocio que empezó a representar la explotación de las salas de cine; tercero, la posterior transformación del teatro en el cine Las Flores; y cuarto, en esa época, un buen porcentaje de los locales teatrales era multifuncional. Esto es, no sólo eran salas de teatro, sino también salas de música, salones de baile, pistas de patinaje, de circo, etc., y, con la llegada del cine, salas cinematográficas además.

Es posible que se trate de una inferencia equivocada. Existe un registro de agosto de 1912 en la Reseña Histórica de Olavarría de la representación en el teatro Bernardo García de una serie de cuentos dramatizados. (9) También el investigador Aurelio de los Reyes lo consignó funcionando como teatro en diciembre de 1914, esto en su monumental Cine y Sociedad. (10) Sin embargo, véase más adelante que las programaciones del cine Las Flores de 1920 no se diferenciaban en nada de las del primitivo Casino.

Teatro Bernardo García

De cuando los cines eran teatros

Los primeros diez años (11) de la presencia del cine en nuestro país a partir de l896, se los ha considerado como la etapa nómada de la exhibición cinematográfica. Por causas inherentes a la producción y a la distribución de una industria en ciernes como la del cine, el modus operandi de la empresa exhibidora no podía ser sino el itinerante. Así se sucedieron y llegaron a coincidir en este tiempo y en este espacio, diversos tipos de locales acondicionados para proyectar las famosas “vistas”. Hoy son ya leyenda los pioneros instalados en lugares como el Castillo de Chapultepec, la Droguería Plateros, el Hotel Gillow, y el pórtico del Gran Teatro Nacional, instalaciones que ninguna historia de la exhibición cinematográfica puede pasar por alto.

A raíz de la apertura de una tienda de alquiler y venta de películas en 1899, empezaron a proliferar otro tipo de locales, los jacalones, especie de carpas que se instalaban en las plazuelas de los barrios. (12) También cobraron auge los adaptados a espacios teatrales, como por ejemplo, en el Teatro Riva Palacio, en el Teatro Apolo, en el Circo-Teatro Orrín, en el Teatro Renacimiento, etc., que en el primer lustro del siglo daban alojamiento a flamantes aparatos cinematográficos.

Las fuentes consultadas para elaborar este capítulo coinciden en considerar el año de 1906 como el del “boom”, la fiebre o el auge cinematográfico. La razón de ello es la misma que la del auge de 1899: la apertura de distribuidoras de películas, de mayor cobertura y atención. Sólo que ahora las repercusiones serán mucho más importantes: se abre la posibilidad de construir locales propios para proyecciones cinematográficas, lo que permitirá que los empresarios se sedentaricen y, por lo tanto, que las salas se multipliquen como por arte de magia. Se trataba, sí, de locales propios para exhibir películas, mas no exclusivos. Se ha dicho que antes de 1906 el cine estuvo viviendo de prestado en el sentido de hacer uso de locales previstos para otro tipo de espectáculos, especialmente para el teatro; pero también vale decirlo en cuanto al parasitismo de la exhibición con respecto a los espectáculos de variedades sobre todo. Y no podía ser de otra manera: el “cine” que se producía en esa época, que se distribuía y que circulaba, requería para su exhibición apoyarse en espectáculos ya debidamente acreditados en el gusto del público. Estamos hablando de cine mudo, de “películas” con duración aproximada de dos minutos, de género documental, y, en fin, de un pasatiempo prácticamente efímero y fugaz, con graves dificultades para renovarse y en el que la obligada ambientación musical “en vivo” explica la presencia del “dancing” y números de variedad alternantes. Esta mixtura en el espectáculo que se liga de un modo tan natural al cine desde su orígenes, y que se extenderá como una tradición, quizás, hasta mitad de siglo, habrá de ser tomado en cuenta en la disposición de espacios y en la cobertura de recreos de los nuevos locales de 1906. Sí, ni más ni menos que como la Academia Metropolitana, que data de ese año. Esta,

…poseía un pequeño pórtico y un vestíbulo, sanitarios, una luneta o patio amplio circundado por unos a manera de palcos, en pequeño escenario con su pantalla y una cantina en el primer piso, sobre el vestíbulo, para vender refrescos, dulces, nieves y otras golosinas. La sala era un hibridismo entre un teatro de cámara y un gran teatro; era un sitio de uso múltiple, acorde con el término empleado para designarlo: “salón-teatro”, pues estaba destinado no tan sólo a la exhibición de películas; lo mismo servía para conciertos de música de cámara concurridos por la crème de la crème, que para bailes domingueros a los que no precisamente asistía “lo más granado de la sociedad”. Servía así mismo para patinar, para recepciones familiares con motivo de bodas o días de santo, y los constructores tuvieron en cuenta tales inquietudes. (13)

Del teatro Bernardo García al cine de Las Flores

Entre tanto, ya vimos que el Casino de Santa María iniciaba, con su reinauguración en el mes de septiembre de aquel año de 1906, la segunda etapa de su corta existencia, etapa que habría de concluir en 1911 si no es que al año siguiente. Es en ese intervalo en el que, presumiblemente, empezaría a funcionar el teatro Bernardo García. (14)

Pues bien, aunque pudiera pensarse que esta apertura como teatro indicara sólo la obtención de un nuevo recreo para los socios, en realidad es factible que esa apertura indique más bien el inicio de un proceso de popularización, por así decirlo, del Casino. Las transformaciones y adaptaciones que tuvo que sufrir el local principalmente en el acceso para una doble circulación que aún se conserva-, en la arquitectura de la fachada -que aún persiste- y en las salas de recepción -que han desaparecido-, hacen pensar en una inversión financieramente más redituable.

Confieso mi penuria documental para esta etapa del Casino. La únicas referencias concretas que tengo de él como teatro Bernardo García son como ya se mencionó la de agosto de 1912 y la de diciembre de 1914 y si acaso las fiestas quincenales que por esos años celebraba allí un cierto club Terpsícore. (15) Lo que sigue hasta el final de la década sólo indirectamente podemos inferirlo. No cabe duda que el trance revolucionario por el que atravesaba el país tuvo serias repercusiones en la capital. Aurelio de los Reyes cita, por ejemplo, la ola de epidemias que asolaron la ciudad de México en 1915 por la falta de agua y de medidas sanitarias, lo que obligó a clausurar sitios propensos a propagar el contagio como era el caso de los cines, los teatros y las iglesias; habla también de las cargas impositivas decretadas por el gobierno al año siguiente para allegarse fondos y que afectaron de modo significativo a cines y teatros; refiere las olas de protestas por la prolongación de tal medida; también apunta la serie de prohibiciones y censuras implementadas contra los establecimientos para recaudar fondos vía las multas. En fin, cita las restricciones para importar material fílmico a causa del estallido de la Primera Guerra Mundial, y su principal resultante aparte del mercado negro: el inicio de las cadenas, circuitos o monopolios de cines, es decir, la absorción de las pequeñas empresas por las más grandes. (16) Pienso que por alguno o por todos estos avatares tuvo que haber pasado el teatro Bernardo García en los siguientes cinco años a partir del punto donde le perdimos el rastro. No va a ser sino hasta finales de esa segunda década del siglo, es decir, en 1920, cuando se empieza a detectar nuevamente la presencia del Casino en las carteleras y en las crónicas sólo que ahora bajo la denominación de cine Las Flores.

En el Cine Las Flores de la Colonia Santa María, hijos y amistades del señor Juan Aguilar Vera celebraron su onomástico con un programa literario-musical; un grupo de damas y caballeros actuó la comedia Los Hugonotes de Miguel Echegaray; unas señoritas bailaron La Danza de las Horas; Carlos E. Fuentes y Ramón Espino Barrera interpretaron arias de ópera y canciones. El primero al cantar un trozo de la ópera Hernani de Verdi lució una bien timbrada voz de barítono; y el segundo en una romanza nos deleitó con su admirable voz de bajo, alcanzando ambos los honores del bis, entre una gran ovación. Terminado el programa se efectuó en los salones del mismo cine, un baile, no decayendo la animación hasta las primeras horas de la madrugada. (17)

Tengo entendido que esta nueva época del Casino como cine Las Flores estuvo ligada muy estrechamente a miembros de la familia Granat, de los primeros zares de la distribución y exhibición en México: particularmente a Bernardo y a Jacobo Granat, dueños de una importante cadena de cines denominada Circuito Olimpia cuya cabeza llegó a ser el Gran Teatro Cinema Olimpia, portento de arquitectura y tecnología inaugurado a finales de 1921 y que marcaría el repunte de la industria cinematográfica en el aspecto de diseño y construcción de salas con sistemas de proyección tal como se conocen en la actualidad, así como la transformación del cinema en un espectáculo realmente masivo. (18) Pues bien, el cine Las Flores pertenecía a esta cadena. Dicen que don Jacobo inició su monopolio en 1917 con cuatro cines, entre los que todavía no figuraba el de Las Flores. Es posible que ya haya figurado al año siguiente en el que la cadena aumentó a ocho. Ciertamente, en 1919 ya aparece en la nómina del circuito que ese año aumentó a 19 cines. Por fin, en 1921, año en el que la cadena contaba con 28 cines, el consorcio había pasado a manos de un tal Randolph Parmly Jennings que había adquirido las participaciones de don Jacobo, quien al año siguiente habría salido del país perseguido por la justicia por prácticas fraudulentas. (19)

Por lo pronto, resulta ahora explicable mi conjetura de que el Casino de Santa María, tanto como teatro Bernardo García y como cine Las Flores, no haya perdurado más allá de los años 20. El último registro de cartelera de que hasta ahora tengo conocimiento en que aparece todavía vigente el cine Las Flores es de 1923. Y es que, sopésese el rendimiento que un cine como el de Las Flores pudo haber tenido con una sala con cupo aproximado para 200 espectadores frente a salas como la del Olimpia para 4000 o la del Granat para 3450 para no hablar más que de inversiones directas de los Granat. El cine Rívoli de Santa María tengo entendido pertenecía también a su cadena. Este sólo, a tres cuadras del Casino, tenía cupo para 2250 espectadores. (20)

No obstante, el de Las Flores no era un cine cualquiera. Conjeturas aparte, por testimonio fidedigno de una persona ligada muy de cerca a la vida de este Casino-Cine-Teatro, es decir, de don Manuel Navia, vecino de Santa María y como auxiliar que fue de otro de los Granat, don Samuel, de la siguiente generación, pudimos averiguar como ya se mencionó que la sala de espectáculos del Casino tenía una capacidad aproximada para 200 personas; (21) que contaba con lunetario y galería, un pequeño escenario con pantalla, y caseta de proyección. Que de los espacios de que disponía el antiguo Casino conservaba un salón para recepciones, una sala de baile, servicios, salida de emergencia, y habitaciones para el guarda-casa, posiblemente para don Manuel mismo, último eslabón de una tradición oral para el antiguo Casino de Santa María, tradición creo ahora extinta. Por ello considero ineludible consignar aquí las remembranzas que hacía don Manuel cuando platicábamos acerca del Casino; como aquélla acerca de las asambleas que ahí se llevaban a cabo para constituir un sindicato; o cuando mencionaba un salón de baile aledaño al cine que se denominaba Salón Delco; o cuando hablaba de su película preferida en ese entonces, no recuerdo si La moneda rota o El zapato rojo, y que acostumbraba disfrutar por detrás de la pantalla; o aquella anécdota jocosa de cuando arribó al cine el astro norteamericano del momento, Eddie Polo, en promoción, repartiendo besos a las chicas de la colonia, y de pronto voltear y encontrarse cara a cara delante de la multitud con una chica de pronunciada parálisis facial. Y todo sucedió a un mismo tiempo: el gesto de sorpresa del actor, el ademán de repulsión y la sonora carcajada de la concurrencia celebrando lo absurdo y ridículo de la escena. En fin, don Manuel recordaba que en algún momento este cine también llevó el nombre de la actriz francesa Susana Grandais, cambio que ubicaba hacia 1915 y antes de que nuestro cine se llamara de Las Flores. En esto casi coincide con el cronista de Santa María por derecho propio, don Roberto Ocádiz, quien en su trabajo ya clásico sobre Santa María, cita el año de 1916. Dato aislado en esa laguna documental que mencionamos anteriormente. (22)

Ya en l982, Aurelio de los Reyes escribía que era lugar común despreciar y subestimar los cines, incluso negarles cualidades estéticas. A este tenor pasaba revista de aquellos cines, cuyo decorado reflejaba alguna de las corrientes estilísticas que han ido conformando la cultura mexicana. Así, con influencia del más puro estilo Art Nouveau menciona los interiores del Cine Club de Jorge Alcalde de Motolinía y 5 de Mayo, y las fachadas del cine-teatro La Paz en Jesús Carranza, en Tepito, y la del teatro Bernardo García de la colonia Santa María “…que sobresale por su sobriedad y por la calidad del trabajo de los hierros forjados de su marquesina”. (23) Quiero suponer que De los Reyes ignoraba los antecedentes de este último teatro, y, por consiguiente, que esa fachada no era sino un pálido reflejo del primoroso trabajo ornamental en los salones interiores del antiguo Casino habilitado como cine-teatro, y del cual trabajo, por cierto, hoy no queda absolutamente nada.

Gracias a la pluma del cronista anónimo de El Mundo Ilustrado conservamos, en compensación, esta evocadora imagen del viejo Casino en el apogeo de su esplendor:

La impresión que produce todo el edificio es muy agradable. Limpieza, gusto, orden, alegría, comodidad, son requisito más que necesario para que las horas se deslicen amenas; todo eso se advierte en el casino, y en las noches de recepción, cuando el lujo y el brillo de las joyas irradian purísimos fulgores, cuando las damas elegantes de la Colonia llenan las salas, y el baile empieza, y el placer domina, y se respira un ambiente seductor de flores y hermosura, entonces todo elogio es pálido ante la magnífica realidad. (24)

Toda una atmósfera en breves palabras. Hoy, en sentido figurado también, irrespirable, sin ánimo de ofender a los actuales moradores del inmueble. El deterioro desde la fachada sur es manifiesto. No en balde han pasado más de cien años. Y es que antes de la fundación del Casino, el inmueble había sido casa particular propiedad de un ingeniero de nombre Ignacio Ochoa Villagómez, a todas luces su constructor, quien en 1905 se la habría vendido a don Bernardo por la estratosférica cantidad de veinticinco mil pesos. (25)

Otra vista del Teatro Bernardo García

Notas:

1 Como por ejemplo Cfr. Tello Peón, Berta, Santa María la Ribera. México: Editorial Clío, 1998.

2 Cfr. Henríquez Escobar, Graciela y Armando Hitzelin Egido Villarreal, Santa María la Ribera y sus historias. México: UNAM-INAH, 1995.

3 Cfr. “El Casino de Santa María” en El Mundo Ilustrado. Año XIII, T. II, Núm. 13 (23 de septiembre de l906) s/pág. 5

4Cfr. “Casinos y Clubes de México” en El Mundo Ilustrado, Año XIII, t. II, Núm. 1 (lo. de enero de 1906) s/pág.

5 Cfr. Los antecedentes prediales de la casona de Salvador Díaz Mirón 69 en el Registro Público de la Propiedad y de Comercio, secc. 1ª, tomo 35, vol. 1º, foja 212, partida 811.

6 “El Casino de Santa María” en Op. y Loc. Cit.

7 Cfr. por ejemplo “En el Casino de Santa María” en El Mundo Ilustrado. Año XIV, t. II, Núm. 23 (8 de Diciembre de 1907) s/pág.

8 Cfr. Gacetilla “Nuevo Teatro” en El Diario del Hogar. (12 de marzo de 1909) p. 3.

9 Cfr. la Nómina de los teatros capitalinos y de las obras o espectáculos en ellos ofrecidos desde octubre de 1911 hasta el 30 de junio de 1961 incluida en el volumen V de la Reseña Histórica del Teatro en México, 1538-1911, de don Enrique de Olavarría y Ferrari. 3a. Edición. México: Porrúa, 1961.

10 Cfr. De los Reyes, Aurelio, Cine y Sociedad en México, 1896-1930. Vol. I: Vivir de sueños, 1896-1920. México: UNAM, 1983, p. 160.

11 Para esta etapa Cfr. De los Reyes, Aurelio, “Cómo nacieron los cines”, en Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, Núm. 50/2, México, UNAM, 1982, Passim.; Cfr. también Leal, Juan Felipe, Eduardo Barraza y Carlos Flores, El Arcón de las Vistas. Cartelera del cine en México, 1896-1910. México: UNAM, 1994, especialmente las pp. 7-50.

12 Cfr. Leal, Juan Felipe, Eduardo Barraza y Carlos Flores, “Jacalones y permisos (solicitudes de instalación de cinematógrafos en el Archivo del Ex-Ayuntamiento de la Ciudad de México) Apud Leal, Juan Felipe, Eduardo Barraza y Carlos Flores, El Arcón de las Vistas. Op. Cit., p. 31. Cfr. también De los Reyes, Aurelio, Op. Cit., p. 30. Aquí hay un mapa de localización de teatros y cines abiertos en 1900 donde aparecen hasta 24 sitios con cine instalado, entre plazas, plazuelas y rinconadas.

13 “La Academia Metropolitana” en Arte y Letras. México, 1906, s/pág. Apud De los Reyes, Aurelio, “Cómo nacieron los cines” en Op. Cit., p. 293.

14 De hecho, como teatro, fue inaugurado hasta marzo de 1912, según una nota aparecida en el periódico El Imparcial de esas fechas, nota rescatada muy recientemente que ha obligado a realizar los obligados ajustes de las fechas relacionadas con ese tránsito de casino a teatro. Cfr. “Teatro Bernardo García” en El Imparcial, 19 de marzo de 1912, p. 7

15 Cfr. “Viajeros” en El Diario del Hogar (27 de junio DE 1912) p. 2.

16 Cfr. De los Reyes, Aurelio, Cine y Sociedad en México, 1896-1930. Vol. I: Vivir de sueños 1896-1920. Op. Cit., pp. 264 y ss.

17 “Por el hogar y los salones”. (5 de septiembre de 1920) Apud De los Reyes, Aurelio, Cine y Sociedad en México, 1896-1930. Vol. II: Bajo el cielo de México, 1920-1924. México: UNAM, 1993, pp. 45-46.

18 Cfr. Dávalos Orozco, Federico, Albores del cine mexicano. México: Editorial Clío, Libros y Videos, 1996, pp. 58-59.

19 Cfr. De los Reyes, Aurelio, Cine y Sociedad en México, 1896-1930. Vol. II: Bajo el cielo de México, 1920-1924. Op. Cit., especialmente el capítulo de la Revista Olimpia, pp. 307 y ss.

20 Este dato del cupo del teatro para 200 espectadores que es de don Manuel Navia, ex trabajador del cine, no concuerda con la que nos da El Imparcial que es de 600. Pero conociendo los antecedentes de los Granat, que para algunos no eran más que unos mercaderes, aquí creo que El Imparcial habría estado más cerca de la verdad que don Manuel, del cual se habla a continuación.

21 Vid. Nota anterior.

22 Si el cine efectivamente cambió de nombre, esto también pudo haber ocurrido, en efecto, en homenaje a la memoria de la actriz francesa Suzanne Grandais, sólo que después de 1920 que es el año en que intempestivamente falleció en un accidente en pleno rodaje, me parece que en su país de origen. Cfr. Tulard Jean de L’Institut, Dictionnaire du Cinema. Vol. II: Les acteurs. Cuatrieme Edicion. Paris: Robert Laffont, 1996, p. 466. Por su parte don Manuel Navia falleció también en el año 2000 a la edad de 95 años. Quién no lo recuerda en su expendio de periódicos y revistas en la esquina de las antiguas Alamo y Las Flores, a veces lúcido otras taciturno, siempre accesible y presto a rememorar a la menor provocación. Inspirado poeta en sus ratos de ocio, cualidad ésta poco reconocida, vaya este trabajo en homenaje a su memoria también. Tengo entendido que don Roberto Ocádiz autor entre otros escritos de Santa María la Ribera, colonia de abolengo, ya también pasó a mejor vida.

23 De los Reyes, Aurelio, “Cómo nacieron los cines” en Op. Cit., p. 285.

24 “El Casino de Santa María”, en Op. y Loc. Cit.

25 Cfr. Registro Público de la Propiedad y de Comercio, Loc. Cit.

Cine Auditorio de Toluca (circa 1954)

Nostálgica fotografía del Centro Escolar Presidente Miguel Alemán que nos remonta a tiempos en que el bullicio del tráfico era inexistente y la tranquilidad se respiraba en el entorno. Hoy en día esta esquina que hacen Isidro Fabela e Independencia emana un bullicio constante. Este inmueble se construyó entre 1948 y 1950 y lo inauguró el presidente Alemán. A mano derecha se ve la pluma del cine Auditorio. Este cine funcionó en el auditorio de la escuela durante los años años cincuenta.

Fotografía: Archivo Histórico Municipal de Toluca

Problemas en el teatro Principal en 1899. La Calle de febrero 6, 2012

En un documento para el Jefe Político, Eduardo Henkel resume algunos problemas que presenta el teatro Principal de Toluca. El documento, que se encuentra en el Archivo Histórico Municipal de Toluca está fechado el 21 de febrero de 1899 y da cuenta de los probables peligros que corren algunos de los “concurrentes” a los diversos espectáculos que se presentan en él.

El Teatro Principal se ubicaba sobre la calle de La Libertad, hoy Avenida Hidalgo, y fue demolido para construir el Cine Rex. Su historia se remonta hasta mediados del siglo XIX cuando José María González Arratia, siendo Presidente Municipal decide su construcción siguiendo aquellos lineamientos del Teatro Principal de la Ciudad de México. Se inaugura en 1851 teniendo “600 butacas, palcos, plateas y galería, en armoniosa vista con el decorado interior.”, según la descripción que hace Margarita García Luna. Desde esa fecha el Principal, como se le conocía popularmente, albergó un sinfín de eventos: óperas, zarzuelas, obras dramáticas y cómicas, variedades y novedades europeas, conciertos y hasta espectáculos de prestidigitación, hipnotismo y adivinación. En su escenario nuestros bisabuelos se admiraron con las actuaciones de Virginia Fábregas y fue una de las primeras salas cinematográficas de la ciudad.

Para darse una idea de lo que describe el documento se menester tener una idea de cómo se distribuye el público en un teatro. De entrada están las plateas que son palcos para seis personas que normalmente eran ocupados por las mismas familias, pues tenían privacidad, amén de una excelente vista del foro. Siguen lunetas numeradas que son las localidades frente al foro. A continuación estaban las secciones de palcos primeros y palcos segundos; la última sección era de la galería que se ubicaba en la parte más alta del teatro.

El teatro Principal con sus tres arcos se asoma sobre una muy poco transitada avenida Hidalgo en el centro de Toluca

Según el reporte de Eduardo Henkel, existen problemas en algunas áreas del teatro que ameritan un peritaje estructural, en especial la sección de galería. La parte medular del reporte se puede leer a continuación, (mantengo la ortografía sintaxis):

No creo que haya pasado desapercibido para ninguno de los Sres. Capitulares en las distintas veces que han presidido funciones en el Teatro Principal ó que han asistido como concurrentes la aglomeración de espectadores en las galerías.

Esta afluencia hace no solo que estén con grande incomodidad los allí concurrentes sino hasta peligroso por la resistencia que pueda tener esa localidad, y además que parte de ese piso lo resiste la barandilla que indudablemente no está hecha con ese objeto; y nada remoto sería que una noche presenciaramos (sic) la caída de algunas personas.

Otra de las cosas que el subscrito vé inconveniente y también peligroso para el público, es el paso por las referidas barandillas de los vendedores de dulces, tanto en la galería, como en los palcos segundos.

Creo que es un deber de la autoridad Municipal poner un correctivo á los inconvenientes antes expuestos, por lo que debe medirse la capacidad de la galería para calcular el número de concurrentes que se puedan admitir, lo que se puede obtener implicando al Gobierno comisione á uno de los Ingenieros de la sección de este nombre, para que se ocupe del trabajo indicado y lo dé á conocer á esta Corporación, para que á su vez lo haga del de la persona encargada del Teatro y éste lo comunique á las empresas.

En vista de lo expuesto creo no negareis un voto de aprobación á la siguiente proposición, para lo que pido dispensa de trámite.

Por los conductos legales, suplíquese á la Superioridad que un Ingeniero de la Sección respectiva, calcule el número de concurrentes que cómodamente y sin peligro puedan caber en la galería del Teatro Principal de esta Ciudad y una vez conocido, comuníquese al encargado de dicho local, para que lo dé á conocer á las empresas que lo ocupen.

Lo que tengo el honor de transcribir á la Jefatura Política, á fin de que se sirva llevarlo al conocimiento de la Superioridad para los efectos indicados.

Libertad y Constitución,

E. Henkel (Rúbrica)

Para abril de 1899, con el Gral. Villada en el ejecutivo estatal, el teatro es reinaugurado “una vez que fueron terminadas las reformas de que fue objeto en el escenario, en la sala principal, pasillos y pórticos, con lo que desapareció su aspecto triste y sombrío de su antiguo decorado y en su construcción que lució más esbelta con la remodelación realizada.”

Resucitan el cine Lido

Información publicada por Jesús Alejo en Milenio:

El cine Lido tiene una historia que comienza en 1942, proyectado por Charles Lee como una sala de lujo, con más de mil 300 asientos y una torre de más de 20 metros de altura; tras un periodo de bonanza, en los años 70 se remodeló y cambió su nombre por el de Bella Época, hasta que hace poco más de seis años, durante la gestión de Consuelo Sáizar al frente del Fondo de Cultura Económica (FCE), se comenzó a gestar el Centro Cultural Bella Época.

Para respetar los orígenes del lugar, se dejó como parte de la infraestructura una pequeña sala que funcionaba lo mismo para la proyección de películas que para presentaciones editoriales o espectáculos infantiles.

Así, con la finalidad de recuperar la vocación original del espacio en el que se encuentra el Centro Cultural Bella Época, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), el FCE y la Cineteca Nacional establecieron un convenio de colaboración a fin de que la institución cinematográfica se encargue de la administración de la pequeña sala que se había mantenido en el centro cultural.

“Había estado atendida con funciones de cine, pero la experiencia y la tradición de la Cineteca Nacional le va a dar mucha mayor visibilidad al Lido y, por lo tanto, mucha mayor afluencia de público y movimiento al de por sí gran movimiento que tiene el Bella Época”, destacó Joaquín Díez-Canedo, durante la presentación de la renovada vocación de la Sala Lido.

De acuerdo con Consuelo Sáizar, titular del Conaculta, se trata de un proyecto que pretende convertir a la Cineteca “verdaderamente nacional”, para lo cual se trabaja en tres grandes rubros: la remodelación a fondo de su casa matriz —al sur de la Ciudad de México—, la digitalización de gran parte del catálogo canónico de la filmografía nacional y una expansión que, por supuesto, incluirá a la Ciudad de México, pero con un horizonte que abarque a varios estados de la República”.

Foto: http://www.mubi.com

Misma calidad

En ese contexto se inserta la integración de la Sala Lido como parte de la Cineteca Nacional; para ello, se concreta un nuevo espacio de exhibición descentralizado, que funcionará con los estándares de calidad tanto en la programación como en la parte técnica y de servicio que caracteriza a la Cineteca, en palabras de su directora, Paula Astorga.

“La sala va a funcionar bajo la completa administración de la Cineteca Nacional, tanto en la taquilla —va a tener un costo de 40 pesos—. Es una sala que va a funcionar en formato digital, no tenemos la capacidad de meter un proyector de 35 mm. Los miércoles se va a dedicar al cine y letras, y hacia los fines de semana trabajaremos con estrenos de la Cineteca, con la intención de favorecer a la producción de cine nacional.

Desde la perspectiva de Consuelo Sáizar, se trata de un paso para fortalecer la exhibición del cine mexicano y para refrendar la vocación o intención inicial de vincular el cine, la literatura y la música.

“Con la Sala Lido, Conaculta refrenda su compromiso de fortalecer la industria cinematográfica nacional, mediante el establecimiento de espacios de reflexión y de debate.”

La Sala Lido de la Cineteca Nacional comenzará a funcionar a partir del 25 de noviembre, atendiendo los horarios del Centro Cultural, por lo cual se darán funciones en formato digital lunes, miércoles, viernes, sábado y domingo, a fin de dejar que martes y jueves se mantenga como espacio para las presentaciones editoriales.

La primera programación de la sala —que se puede consultar en la misma página de la Cineteca— se conforma con ocho películas, que son un extracto de la Muestra Internacional de Cine.

Ahora un poco de historia sobre el cine Lido con información tomada de www.mubi.com:

A mediados de diciembre de 1942, un anuncio en primera plana rezaba así:

Foto: http://www.mubi.com

“¿Por qué quiere Lupita que la lleven al Cine Lido? Porque, mujer de gran imaginación, quiere frecuentar centros sociales en los que impera un ambiente que, a más de ser distinguido, eleva la mente y el espíritu a regiones de fantasía.”

Por supuesto, antes del cafecito sentado en las mesas sobre las banquetas y las pedas en los pubs estilo irlandés o en los antros al ritmo de la música Groove Lounge, fué el cine. Diseñado por el arquitecto S. Charles Lee (quién también construyó los cines Lindavista, Chapultepec y Tepeyac, y cuyo lema era: “El show comienza desde la calle”) e inaugurado el 25 de diciembre de 1942, el cine Lido se convirtió en el punto de referencia para los vecinos (y no tan vecinos) del lugar. La composición arquitectonica del enorme recinto evidenciaba las influencias del entonces tan de moda estilo art deco y el spanish revival, siendo el elemento compositivo más caracteristico de este inmueble una torre de más de 20 metros de altura, semejante a un minarete que preside la entrada al lugar, la cual se encontraba enmarcada por una gran marquesina. En el inmueble se proyectaban los últimos estrenos procedentes de Hollywood y solían darse programas dobles dedicados a tal o cual artista o director de la época, con las infaltables (en ese entonces, claro) programaciones de matinee dedicadas a los escuincles del hogar.

Foto; http://www.mubi.com

Este nuevo “Centro de reunión de todas las damas elegantes”, contaba con luz negra, clima artificial, (todo un un verdadero lujo entonces) sistema de ventilación, así como con un buen numero de entradas y salidas de seguridad, con capacidad para recibir a 1325 espectadores. Desde su inauguración, el cine Lido era, junto con el cine Lindavista, una de las principales manzanitas de la discordia entre productoras y distribuidoras cinematográficas nacionales y extranjeras, las cuales les dedicaban planas enteras en los diarios más importantes del país en las que, de paso, anunciaban los estrenos exclusivos que se peleaban por destinar para cada una de estas salas. El cine Lido inició sus actividades con la proyección de la cinta A caza de novio, (Her cardborad lover), de Georges Cukor y protagonizada por Norma Shearer y Robert Taylor.