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Los cines de antaño; más bien palacios del sueño y hermosas construcciones arquitectónicas.

“Sin novedad” en el Lírico

Es gracias a la generosidad de Miguel Ángel Morales, artista e historiador, que incluyo este artículo suyo. Fue publicado en el periódico El Nacional el 31 de octubre de 1991 en la sección de espectáculos. Para mayor información respecto al quehacer de Miguel Ángel Morales visita:  http://miguelangelmoralex.blogspot.com/ .

“Sin novedad” en el Lírico

Ramón Peza, Fructuoso Robles, José Luis del Castillo, Rafael Pérez Taylor, Luis G. Ramos, Isidro R. Treviño, Alfonso de Aquino, Manuel Carvajal, Roberto Núñez y Jesús Lozano eran, al comienzo de 1919, los inspectores del Ayuntamiento de la capital encargados de supervisar los aproximadamente doce teatros y cuarenta cines diseminados en el centro de la capital.

Su jefe, Carlos Berguerisse, era un burócrata con espíritu de notario que amaba en extremo los informes cotidianos. Para supuestamente controlar a sus muchachos, les exigía que al día siguiente le detallaran sus recorridos y el tiempo empleado. Ya se imaginarán los lectores los gruesos expedientes que llenaron estos amanuenses con monótonas rutas e inventados horarios, unos los escribían a máquina y otros a mano (los menos, por fortuna). Unos los redactaban con la jeringonza clásica de los oficios y otros en forma campechana.

Inspectores

Roberto Núñez, haciendo gala de su brevedad, informaba: Díaz de León, de 4:30 a 5:30; Cervantes, de 5:40 a 6:40; Carpa Rosete Aranda, 7:00 p.m.

Lo que equivalía a decir que en la hora indicada había asistido al cine Díaz de León y en diez minutos se trasladó al Cervantes, localizado en la cuarta calle de Lecumberri 63, para terminar su turno en la Carpa Rosete Aranda. Más escueto era José Luis del Castillo. Era el colmo de habilidad telegráfica: Mina de 6 a 7, Venecia de 7.5 a 8, Garibaldi de 8.5 a 9, S.M. Redonda 9.5 a 10.

Salvo excepciones y en forma por demás sospechosa, los informes de los inspectores están plagados de “sin novedad” y “sin haber encontrado irregularidad alguna”. Como era de esperarse, los representantes sociales eran mañosos para no trabajar y ni siquiera visitar los teatros y cines que a diario les asignaban. Por ejemplo, el 4 de abril Manuel Carvajal dice que el teatro Alameda “no trabajó” y especifica: “este cine ya no existe, al parecer, puesto que en su lugar hay un taller de vulcanizar llantas”. El 26 de ese mismo mes, le corresponde a Jesús Lozano inspeccionar el mismo cine. Informa a su superior que tiene el honor de hacer “del conocimiento (sic) de usted que no hubo función en los cines Las Flores, Alameda y La Rivera. Reitero a usted las seguridades de mi atención y respeto. Constitución y Reformas. 26 de abril de 1919. El inspector de cine. (Rúbrica)”. Posiblemente si hubiera ido ese día al cine Alameda se hubiera llevado la sorpresa que el local y estaba funcionando como garage.

A pesar de esta minucia, los inspectores eran sumamente celosos de su deber, dueños del poder de ubicuidad y no sabemos cómo adivinaban que algún actor se encontraba enfermo, con el consecuente retraso de la función. Gracias a ellos, sabemos que Leopoldo Beristáin no subió al teatro Lírico porque el viernes 24 de febrero estuvo enfermo de una “cefalalgia aguda”. ¿Cruda? ¿Migraña? ¿Por qué en marzo, abril o en mayo no volvió a darle una “cefalalgia aguda” al popular cómico?

No hay duda: el Cuatezón Beristáin estuvo enfermo. Lo dice y suscribe el doctor Salvador Alvarado, quien tiene su consultorio en la avenida Brasil 63 y a quien se le puede hablar al teléfono Ericsson 5036.

El sábado 8 de marzo de 1919 el inspector Fructuoso Robles le informa a su superior inmediato de su comisión desempeñada la noche anterior. Estuvo en el teatro Lírico de las 20:00 a las 00:25 horas. Dice: “La primera tiple señora Guadalupe Rivas Cacho no desempeño su papel por encontrarse enferma según certificado médico que adjunto”. En el documento, el doctor médico-cirujano Jesús del Rosal, “legalmente autorizado para ejercer su profesión”, suscribe y certifica que “la señorita Guadalupe Rivas cacho sufre en estos momentos de un cólico intestinal del que no estará repuesta antes de veinticuatro horas. A solicitud de la interesada, extiendo el presente, para que haga de él el uso que más convenga. Marzo 6 de 1919. (Rúbrica)”.

¿Por qué el 7 no se dio aviso de la enfermedad de la famosísima tiple? Porque seguramente al inspector que le correspondió asistir al Lírico inventó también su informe con las famosas frases de “sin novedad” y “sin haber encontrado irregularidad alguna”.

Otra vez Fructuoso Robles señala el jueves 8 de mayo que se retrasó 10 minutos (¡qué precisión!) la función del Lírico “debido a que la señora María Luisa Terrazas sufrió un ataque”, pero a las 7:40 p.m., comenzó la tanda.

Los inspectores inventaban una tranquilidad aparente. No veían las películas, ni las obras de teatro ni mucho menos revisaban las condiciones materiales de los teatros. ¿La reventa? ¿Las medidas de seguridad en caso de siniestro? ¿Los peligrosos llenos? ¡Bah, qué importaba! ¿Infracciones al reglamento? Con dinero se borraba cualquier falta.

Seguramente el encargado del cine Granat estaba harto del soborno y se negó a dar un quinto más. Los inspectores se indignaron y empezaron a fastidiarlo. El Granat se localizaba en avenida Pino Suárez esquina con San Miguel y ofrecía funciones corridas de cintas silentes, sin responsabilizarse de las “intermitencias de la luz”. La luneta costaba 35 centavos y galería 5. De las 13:00 a las 23:00 horas el abnegado cinéfilo podía pasarse entretenido con los filmes o con la intervención de algún artista.

Cines Granat y Odeón
Cine Granat

El 8 de abril Roberto Núñez luego de su escuetísimo informe, se dignó escribir ocho líneas más hablando sobre las irregularidades existentes en el Granat: “Adjunto el acta levantada en el Granat en virtud del estado de absoluta falta de limpieza e higienización que guardan los excusados de dicho local, haciendo notar que otros salones de menor importancia por capacidad y la calidad de espectáculos que presentan tienen un empleado especial para efectuar el aseo intermitente del local destinado a mingitorios y excusados”.

Para celebrar la batalla del 5 de mayo, en el Granat se programó a unos marimbistas chiapanecos y la proyección de La ley natural (11 partes, con Clara Kimball Young), Las damas primero y un corto de Harold Lloyd. De las 15:00 a las 17:00 horas que estuvo en este lugar, el inspector Manuel Carvajal se percató de que la proyección de las cintas no coincidía con lo anunciado. El encargado del cine no tenía permiso de la autoridad para alterar el orden de dicho programa o proyectar “vistas” que no estuvieran anunciadas. Se levanta la infracción y el ciudadano se niega a firmar el acta levantada, amenazando al inspector con las “influencias que dice tiene para que se me quitara el empleo”.

Hay intercambio de palabras y amago de golpes, pero por fin los ánimos se serenan. Carvajal expresa que el relatar “tan pormenorizadamente los hechos sucedidos, lo hago para que se sepa tal y como fueron, puesto que los interesados en rehuir multas que se hacen acreedores apelan hasta la calumnia en contra de los que nos apegamos exactamente en el cumplimiento de nuestro deber”.

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Rafael Pérez Taylor a la derecha del grupo (foto: INEHRM)

El inspector Rafael Pérez Taylor seguramente era un “aviador”. En 1919 tenía 29 años de edad y era un recalcitrante carrancista. Su seudónimo, que popularizó como periodista, era Hipólito Seijas. Fue director del periódico El Monitor y sufrió la persecución zapatista. Pergeñó obras de teatro y seguramente algún funcionario cercano a Venustiano Carranza le consiguió esta plaza tranquila y tan relacionada a su carrera. Mientras Ramón Peza, Fructuoso Robles, José Luis del Castillo y los demás inspectores del Ayuntamiento capitalino tenían que entregar sus informes diarios, al periodista se le dispensaba esa molestia. Por ello, de enero a mayo, sólo aparecen dos informes de Pérez Taylor y, para colmo, traspapelados en el expediente de José Luis del Castillo. Según él, el 17 y el 18 de marzo visitó los cines Progreso, América, San Felipe, Granat y el teatro Colón.

Mientras Pérez Taylor desfrutaba de su sinecura y escribía notas detonantes (en enero atacó a la bailarina hispana Tórtola Valencia, por su vestuario que semejaba retazos de alfombras), otros periodistas eran aprehendidos por manifestarse pro-villistas y enviados al norte de la república en ominosos viajes de “rectificación”. Entre ellos Leopoldo Zamora Plowes, quien en 1945 iba a dar a conocer una deslumbrante novela histórica en dos tomos y con aproximadamente dos mil notas históricas, biográficas, toponímicas, genealógicas y folclóricas: Quince uñas y Casanova aventureros.

Quizá con mayor indolencia e irresponsabilidad que los inspectores, Roberto El Diablo, seudónimo de Roberto J. Núñez y Domínguez, cronista teatral de Revista de revistas, era renuente a reseñar obras de teatro, sobre todo, después de quedar transido de arte al admirar a Ana Pavlova y su compañía en el teatro Arbeu. Amparado de que su hermano era el director del semanario (que salía los domingos) entregaba maquinazos o notas a vuelta de pluma.

El 19 de enero de 1919 justificó la ausencia del público de los teatros porque “llueve y soplan ráfagas heladas. Las salas de los teatros, es natural que resientan en su concurrencia, de la inclemencia del ambiente. En vez de ir a disipar la diaria monotonía con el júbilo breve de una tanda, o en la penumbra amable de algún cine, se experimenta el casto deseo de dar al espíritu una tregua (…) y presuroso y a temprana hora marchaba en busca del calor del corro familiar”.

También los inspectores del Ayuntamiento del Distrito Federal buscaban el calor del “corro familiar” pero por otro motivo: la “diaria monotonía” que se ofrecía en los teatros y cines en 1919, en especial en los meses de enero, febrero, marzo, abril y mayo.

El cine en Toluca

El cine en Toluca I*

Se está conmemorando en este año de 1971 el 40 aniversario del cine hablado en nuestro país y en algunas estaciones de radio y televisión, una vez a la semana, se está exhibiendo alguna que otra película de aquellos lejanos tiempos, cuyo tema y actuación de los artistas nos causa actualmente recuerdos de ingenuidad.

El presente artículo tiene como principal objeto recordar a nuestros amables y pacientes lectores, nuestras propias impresiones, no sólo de las cintas mudas que presenciábamos en las pantallas de los cines aquí existentes, sino también de aquellas habladas, la mayor parte de ellas tomadas en los Estados Unidos, muchas con un contenido que hacía la delicia de los espectadores, por la fama que tenían ya conquistada muchos de sus protagonistas.

Remontémonos a un pasado muy remoto, según informes que ha podido obtener, independientemente de los teatros que servían simplemente para las representaciones de cierto nivel cultural, y en cuanto al cine se refiere existían en el portal Madero tres pequeñas salas a donde la gente acudía para presenciar películas de corto metraje y en gran parte noticieros, pues el cine estaba aún en su infancia. Se supone que estas salas duraron desde 1912 a 1918, siendo ellas, el Renacimiento del señor Rafael Cravioto, situado en lo que hoy es la cafetería del Hotel San Carlos, el Royal de don Manuel Medina Pasos, en los bajos de la casa de la familia López y en donde existe actualmente una casa de regalos junto a la dulcería “El Socio”, y el cine Variedades del señor San Román en donde esta la perfumería “Corona”.

Eran artistas predilectos en estos cines de vanguardia, la Berutti, la Menichelli, la Pola Negri, Max Linder, Charlot, estos dos últimos cómicos de gran categoría, especialmente Max Linder, actor de suma elegancia en el vestir y cuya actuación nada tenía de la exageración y fingimiento de los que pretendieron ocupar su lugar años mas tarde.

En cuanto a los teatros Principal y Edén, no tenían más misión que ofrecer espectáculos teatrales como el drama y la comedia y a veces, con más frecuencia, zarzuelas, y operetas tan gustadas del público. En el Edén, considerado de menos categoría que el Principal, actuó en varias ocasiones la compañía de María Teresa Montoya, mientras que en el Principal la gran actriz doña Virginia Fábregas, deleitaba al público selecto con las novedosas obras de teatro francés, entonces en boga.

Con el adelanto técnico en el cine y las cada día escasas visitas de las compañías teatrales tanto el Principal como el Edén, se dedicaron a ofrecer a los toluqueños, programas cinematográficos, dos veces a la semana; los jueves y los domingos.

Había que ir temprano en la mañana de los domingos para conseguir los boletos de la función de la tarde, ya que todo el “Toluca Social” de entonces se daba cita para ver la película de antemano anunciada, mientras que las chicas endomingadas, antes de la función, puestas de pie en sus respectivos lugares, dirigían sus miradas hacia la puerta de entrada, atrayendo la atención de los jóvenes galanes.

Como las películas eran mudas, para no hacer la cosa muy monótona, alguien sentado en el piano, hombreo mujer, tocaba alguna pieza de moda que alegraba el ambiente.

Con el tiempo, las funciones de cine se daban a diario y fue cuando las empresas tuvieron que emplear orquestas profesionales que se habían formado y que tocaban durante los intermedios.

Ya para entonces, en el año de 1924 poco más o menos, en la avenida Hidalgo frente al costado sur de la escuela Lázaro Cárdenas, se abrió un nuevo cine hecho de pura madera que llevaba el ostentoso nombre de cine Villada. Era un cine bastante concurrido por una nueva generación, pero que duró muy pocos años.

En un principio, sin poder precisar la fecha, las películas que en esos cines se exhibían, eran películas de gran metraje, los famosos “episodios” que duraban varios días y que la juventud de entonces acudía con ansiedad para ver el final, ya que las encontraba en extremo emocionantes.

Haciendo memoria de las películas mudas de entonces, damos a continuación algunos nombres, para recuerdo de las generaciones que aún viven y que, seguramente, les dará gusto evocarlas:

La moneda rota (episodios), Stanley y Livingston en África (episodios), Aventuras de un navegante (episodios), La casa del odio (episodios), El fantasma de la ópera, Ben Hur, El jorobado de Nuestra Señora, El buque fantasma, La mancha que limpia (en español), La hija del circo, La dama de las camelias, Varieté (Emil Jannings y Pola Negri), El ángel azul (Emil Jannings y Marlene Dietrich) y Rin-Tin-Tin (el perro talentoso y admirado por chicos y grandes).

Surgen a nuestra mente los nombres de tantos y tantos artistas que dejaron en nosotros impresiones que aún perduran, a pasar de los años transcurridos: Al Jolson, Ramón Novarro, Rodolfo Valentino, Antonio Moreno, John Gilbert, Emil Jannings, Max Linder, Charles Chaplin, Harold Lloyd (Delgadillo), Buster Keaton, Douglas Fairbanks, Max Sentett, Orson Wells, Jacky Coogan, Lon Chaney, Pearl White, Greta Garbo, Marlene Dietrich, Pola Negri, Joan Crowford, Bette Davis, Mary Pickford, Gloria Swanson, Diana Durbin y Shirley Temple.

Conviene aclarar que unos corresponden al cine mudo; otros al hablado, y algunos actuaron en ambos.

Habiendo mencionado los nombres de los teatros y cines de aquellas lejanas épocas, nos vemos obligados a mencionar los distintos empresarios que se encargaron de su administración.

En el teatro Principal: Pedro Servín, los señores Izunza, Popo Echeverri, Jenaro Rosenzweig y finalmente los señores Iracheta. 

En el cine Villada: Pedro Ortiz y Gabriel Barbabosa. 

En cuanto al teatro Edén, durante muchos años estuvo bajo la administración del señor don Agustín Inclán, dueño de una renombrada fábrica de jabón y más aún, famoso por unos polvos que aliviaban como maravilla a los recién nacidos y niños que padecían cólicos y diarreas.

Más tarde y estando cerrado por una larga temporada, fue rentado por un señor Roque Castillo, cambiándole el nombre por el cine Rívoli y más tarde cine Municipal en donde por cierto se proyectaban películas de una calidad excelente. Nuestra memoria no nos ha permitido recordar por el momento quien o quienes eran los empresarios de esta sala, ni tampoco a qué obedeció su nombre de Municipal; pero lo que sí podemos asegurar es que el edificio que ocupara se hallaba ubicado en donde hoy está un supermercado en la esquina de Allende y lo que es hoy la avenida Morelos. 

Pianista de cine mudo

Sería injusto no mencionar los nombres de aquellos que tocaban en los cines, ya individualmente en el piano o en los conjuntos orquestales, con el riesgo de omitir algunos, y que son: Conchita o Carolina Lavat, Téllez (el Periquín), Ernesto Baeza, Pedro Valdés Rubio, Eduardo González, Luis Villegas Ruiz, Manuel Mendieta, Eduardo Mendoza, Los Bartolos, Efrén Hoyos y Roberto Méndez.

Transcurrió el tiempo rápidamente. Ya en 1931 México empezó a explorar los terrenos del cine hablado, cambiando así nuestra propia vida provinciana. En agosto de 1934, Francisco Javier Iracheta acompañado de su hermano Joaquín hiciéronse cargo del cine Principal y el cine Rivoli; el viejo Edén, como el Rívoli, se encontraba cerrado en 1934 y por gestiones de los señores Iracheta se abrió nuevamente en 1935 con la compañía de teatro Brillas. Fue cuando se acabó para siempre una época. En 1934 no había ya orquestas en los cines.

Sin poder precisar fechas, la mayoría de las películas que nos ofrecían, eran por lo general francesas, italianas y americanas que nos mandaban las compañías Pathé, Vitagraph y Vitaphone. No hemos hecho mención alguna de las películas mexicanas, porque, en realidad de verdad eran mucho muy escasas, ya que carecían de capitales fuertes para tal objeto y en su mayoría, por no decir su totalidad, eran verdaderos “churros”, palabra que nunca supe el porqué de tal calificativo.

Buenas o malas, el hecho es que la gente que asistía a sus representaciones, las encontraba jocosas y agradables, en virtud de tratar en sus argumentaciones episodios de nuestra vida nacional.

Cartel de Tabaré de Luis Lezama (1918)

Sabemos, por ejemplo, que un señor llamado Carlos Martínez Arredondo filmó dos películas mudas en el año 1912, tituladas La voz de la raza y Tiempos mayas** sin que nos haya sido posible saber en qué cine fueron exhibidas. Lo mismo nos sucede con otra película filmada en 1918 por el señor Luis Lezama y que llevaba el nombre de Tabaré, seguramente basada en el largo poema de Zorrilla de San Martín, poeta uruguayo de fama internacional.

Según datos obtenidos en algunas obras relacionadas con la materia, el cine mexicano comenzó a dar sus frutos, desde el año de 1917 hasta 1930, siendo al principio la persona más característica y representativa el señor Miguel Contreras Torres quien nos dio en la pantalla las siguientes películas: El zarco (1919), El caporal (1921), El sueño de un caporal*** (1922), El hombre sin patria (1922), Almas tropicales (1923) y Oro, sangre y sol (1925).

Una de las películas mudas que tanto llamó la atención del público toluqueño por haber participado una de las artistas muy conocida de los asistentes al teatro Edén cuando visitaba Toluca con su compañía es El automóvil gris filmada en 1919 y cuya primera vedette fue María Teresa Montoya.

En 1919 otra de las cintas mudas que obtuvo bastante éxito entre el público fue Viaje redondo en la cual trabajaron Carlos Noriega Hope, Leopoldo Beristáin, Lucina Joya, Manuel y Pompín Iglesias y Joaquín Pardavé. 

Es a partir del año de 1930 que nace el cine sonoro mexicano con sonido de discos sincronizados con la imagen como Más fuerte que el deber y Náufragos de la vida, obteniendo cierto éxito de público que comenzaba a tener ya disposiciones para el cine sonoro nacional.”

El cine en Toluca II

En el artículo anterior hemos hablado de los distintos cines que funcionaban en esta capital de provincia rememorando los nombres de los empresarios de cada uno de ellos, los títulos de las películas mudas que en ellos se exhibían, así como los nombres de los componentes de las distintas orquestas que entretenían al público a la hora de los intermedios, con la seguridad plena de que hemos omitido algunos, confiados solamente a nuestra ya débil memoria.

Sin poder precisar fechas, la mayoría de las películas que nos ofrecían, eran por lo general francesas, italianas y americanas que nos mandaban las compañías Pathé, Vitagraph y Vitaphone. No hemos hecho mención alguna de las películas mexicanas, porque, en realidad de verdad eran mucho muy escasas, ya que carecían de capitales fuertes para tal objeto y en su mayoría, por no decir su totalidad, eran verdaderos “churros”, palabra que nunca supe el porqué de tal calificativo.

Buenas o malas, el hecho es que la gente que asistía a sus representaciones, las encontraba jocosas y agradables, en virtud de tratar en sus argumentaciones episodios de nuestra vida nacional.

Sabemos, por ejemplo, que un señor llamado Carlos Martínez Arredondo filmó dos películas mudas en el año 1912, tituladas La voz de la raza y Tiempos mayas sin que nos haya sido posible saber en qué cine fueron exhibidas. Lo mismo nos sucede con otra película filmada en 1918 por el señor Luis Lezama y que llevaba el nombre de Tabaré, seguramente basada en el largo poema de Zorrilla de San Martín, poeta uruguayo de fama internacional. 

Según datos obtenidos en algunas obras relacionadas con la materia, el cine mexicano comenzó a dar sus frutos, desde el año de 1917 hasta 1930, siendo al principio la persona más característica y representativa el señor Miguel Contreras Torres quien nos dio en la pantalla las siguientes películas: El zarco (1919),  El caporal (1921), El sueño de un caporal (1922), El hombre sin patria (1922), Almas tropicales (1923) y Oro, sangre y sol (1925) 

Una de las películas mudas que tanto llamó la atención del público toluqueño por haber participado una de las artistas muy conocida de los asistentes al teatro Edén cuando visitaba Toluca con su compañía es El automóvil gris filmada en 1919 y cuya primera vedette fue María Teresa Montoya.

Fotogramas de El automóvil gris

En 1919 otra de las cintas mudas que obtuvo bastante éxito entre el público fue Viaje redondo en la cual trabajaron Carlos Noriega Hope, Leopoldo Beristáin, Lucinda Joya, Manuel Iglesias (Pompín) y Joaquín Pardavé.

Es a partir del año de 1930 que nace el cine sonoro mexicano con sonido de discos sincronizados con la imagen como Más fuerte que el deber y Náufragos de la vida, obteniendo cierto éxito de público que comenzaba a tener ya disposiciones para el cine sonoro nacional.

Fue, sin embargo, en 1931 cuando el cine mexicano ya definitivamente sonoro, se inaugura formalmente con toda solemnidad con la producción de Santa por la Compañía Nacional Productora de Películas, basado el argumento sobre la novela de Federico Gamboa y con música del finado Agustín Lara. Siendo pues uno de los ensayos del cine sonoro nacional, debemos ser tolerantes con algunas fallas técnicas que en ella aparecen; pero recuerdo perfectamente la enorme impresión que causó entre el público cuando la vimos por primera vez en la pantalla del cine Principal de esta ciudad.

Sin embargo cabe hacer una aclaración pertinente que por ningún motivo debe dejarse pasar inadvertida; en efecto, Santa como digo líneas antes, adolecía de fallas técnicas, pero en honor de la verdad quienes formábamos al público cinéfilo de entonces, creo que en buena proporción también el de ahora, no estaba muy capacitado para advertir tales fallas y seguramente las pasó por alto; ahora, en el mejor de los casos, las perdonó totalmente, no por una actitud generosa fuera de sentido, sino porque se trataba de ver con la mejor simpatía a ese fenómeno que se llamaba el cine mexicano.

Por otra parte, quien no haya leído la entonces gustada novela de don Federico Gamboa, puede ignorar el argumento de la película, casi copiado al carbón, con sus más y sus menos. La muchacha pueblerina de Chimalistac inducida al pecado (de algún modo hemos de llamarlo) por Marcelino, el militar apuesto, abusivo y seductor tan a la mexicana; sobre todo el militar surgido de nuestras constantes desavenencias.

La siguiente parte, conocido por la familia el traspiés de Santa, la actitud muy de la época de los hermanos que airadamente la echan inmisericordemente de la casa; el vagar de la infeliz por las calles de la gran ciudad hasta que la proxeneta de rigor la invita al prostíbulo. Luego, el triunfo, la victoria, el clímax, con la aparición del torero que hoy por hoy sería el futbolista o el “volante”, aquel famoso Jarameño de utilería que le tocó caracterizar a Juan José Martínez Casado.

Si quisiéramos encontrar el consabido mensaje de este argumento quizá pudiera ser la moraleja o el consejo de las jóvenes de cuidarse de las seducciones; pero realmente el tal mensaje aparece en Santa tan diluido, tan confundido con la compañía en el prostíbulo del ciego Hipólito, que solamente el final convencional de una Santa en el hospital, víctima sin salvación posible, ni siquiera la remota posibilidad del milagro providencial, de un cáncer que la ha destruido irreversiblemente, puede ser el remate de eso que muy de los cabellos podría ser la anécdota. 

Algún comentarista que hubimos de consultar para trazar estas líneas, gente documentada y conocedora ha dicho que Santa es la película de la prostitución profesional. Pero en fin, a los toluqueños de por aquellos años, hace cuarenta exactamente, nos gustó y distrajo cumplidamente.

Es de justicia hacer mención de las personas que participaron en esta producción y que son: Lupita Tovar (Santa), Mimí Derba (doña Elvira), Carlos Orellana (Hipólito) y Juan José Martínez Casado en el papel de El Jarameño, el torero que enamorado de Santa la saca del burdel. La película Santa fue estrenada el 30 de marzo de 1932 en el cine Palacio de la ciudad de México.

Bajo la administración de los cines Principal y Rívoli por los hermanos Iracheta, desde 1934 hasta el año de 1941 en que termina el presente artículo pudimos apreciar muchas películas mexicanas.

*Tomado de Estampas toluqueñas, Ramón Pérez, Ediciones del Gobierno del Estado de México, Colección Estudios Históricos/3, 1974, pp. 233-239.

**No encontré mención alguna de estas películas. Ni Aurelio de los Reyes, Federico Dávalos o Juan Felipe Leal las listan en sus respectivas filmografías.

***No existe una película con este título, probablemente Ramón Pérez se refiere a De raza azteca filmada en 1922.

Los cines de antes

Los cines de antes

cine Balmori

Cine Balmori

            La primera función de cine que se llevo a cabo en México fue en el Castillo de Chapultepec para Porfirio Díaz y su familia acompañados de la élite de la época y la segunda función se escenificó en los altos de la droguería Plateros en lo que actualmente es la avenida Madero en la ciudad de México. Por no contar con edificaciones adecuadas para la proyección de filmes se recurrió a los jacalones, sitios insalubres y peligrosos, por lo que al despuntar el siglo veinte se clausuraron la mayoría de ellos quedando la capital con solo dos cines. Fue por ello que se optó por instalar carpas para las funciones, siendo en varios casos promovidas por empresas, como fue el caso de la Cía. Cigarrera del Buen Tono.

teatro Arbeu            Uno de los cines más emblemáticos de aquella época fue uno muy famoso que se ubicaba en la esquina de Bolívar y Madero en lo que fue la casona de José Borda, uno de los mineros más ricos de la Nueva España, y que fue bautizado con el rimbombante apelativo de “Salón cinematográfico” por su propietario y fue hasta que el Germán Camus lo rentara que le cambió el nombre por el Salón Rojo. Hacia 1906 tuvo sus mejores tandas pues incluía dos salas de cine, un auditorio para presentaciones artísticas y un salón para bailes. Y para rematar tenía una escalera eléctrica, un museo para la exhibición de objetos ópticos y un cuarto con espejos cóncavos y convexos que asombraron a nuestros abuelos con sus imágenes distorsionadas. No en balde en la vieja Cineteca Nacional de Churubusco y Tlalpan junto con la sala Fernando de Fuentes estaba el Salón Rojo en el primer piso como homenaje a una construcción específicamente pensada para el cine. Yo no tengo noticia de otro cine en México que haya sido nombrado en honor de uno antiguo.

Otros cines que dejaron huella en el inconsciente colectivo de los habitantes de la capital fue el cine Regis que se ubicaba dentro del Hotel Regis en la esquina de avenida Juárez y Balderas donde hoy se ubica la plaza de la solidaridad junto a la Alameda Central. El hotel inaugurado en 1914 fue modificado por su dueño Rodolfo Montes en 1924 para ampliar un pequeño teatro hasta lograr un aforo de 950 personas. Previo a su desaparición debido al terremoto del 85 el cine se había convertido en lo que ahora se llama un cine de arte donde se proyectaban películas alternativas. También el cine Del Prado junto al hotel y pasaje del mismo nombre y donde ahora se ubica el Hotel Sheraton Centro Histórico frente a la Alameda Central fue en su momento cine de arte y al igual que su vecino fue destruido durante el evento del 85.

Por último quiero referirme a otro cine que dejó huella y que abrió sus puertas en septiembre de 1930: el cine Cine EncantoBalmori situado junto al conjunto habitacional del mismo nombre sobre la calle de Álvaro Obregón en la colonia Roma a pocos metros de donde se encuentra la Casa Lamm hoy en día. Los que nacimos a mediados del siglo pasado asistimos a varios de los cines que hubo en la colonia Roma: Vanguardias, Royal, Gloria, Morelia y Estadio, por mencionar algunos. Pero el Balmori era distinto, pues su constructor, el arquitecto Ignacio Capetillo y Servín le dio el mismo sello estético que caracterizaba a las colonias Juárez, Cuauhtémoc y Roma. Capetillo ya se había destacado al construir junto con Federico Mariscal el Teatro Esperanza Iris (hoy Teatro de la Ciudad) en 1917.