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Acerca del cine-teatro Garibaldi de la época del cine mudo en la ciudad de México

Por José Santos Valdés Martínez

Investigador del Centro de Investigación Teatral “Rodolfo Usigli”

A manera de proemio

El presente texto formaba parte de uno más amplio que versaba sobre la trayectoria del Teatro Garibaldi aquí en la Ciudad de México, y de sus diferentes versiones. Una de esas versiones es esta del Cine Teatro que se ha extractado especialmente para ponerla a disposición de los lectores del blog Cine Silente Mexicano. En realidad hemos procedido así en virtud de que el resto del trabajo original pertenece exclusivamente al área de teatro. Por ello mismo y para que la Coordinación de este Blog se de una idea de la importancia de este Cine Teatro, el ser fuente y origen de la dinastía de teatros que le siguieron a lo largo de todo el siglo XX con el mismo nombre, hemos dejado tal como era el proemio original en el que explicamos en qué iba a consistir el trabajo total. Desde luego que este proemio puede obviarse si es que es publicado lo que le sigue.

Estará estructurado a la manera de una “revista”, en tanto género teatral. Consiste en un prólogo y en un epílogo o fin de fiesta. En general estará dividido en cuadros. Cada cuadro manejará un asunto diferente, pero todos girarán en torno al Teatro Garibaldi. La razón de estructurarlo así es la variedad de subtemas que hay que tocar.  Ya nada más por lo que se refiere al local teatral, hay que mencionar mínimo todos los locales que han llevado el nombre de Garibaldi: un cine-teatro y tres teatros.  Luego, referirse a los teatros con los que se ha relacionado en su ya larga historia, especialmente con los teatros “garibaldianos”, si se me permite la expresión: los diversos Follies, el Molino Verde, el Nuevo Folis, el Nuevo Colonial, etcétera. También con las carpas. Luego, hablar del marco geográfico: el barrio de Garibaldi y la plaza del mismo nombre. Igualmente, por lo menos referirse al mariachi, al Tenampa, a las piqueras y a los lupanares, es decir, hacer justicia, mencionándolos al menos, a los lugares y personajes más representativos de Garibaldi, al anecdotario, pues. ¿Qué más quisiera que darles un tratamiento especial a cada uno de ellos? Pero se puede hacer el intento con lo poco y fragmentario que tengo. Todo lo cual obliga, sí, a manejarlos tal como se presentan, pero con cierta ilación. Es como en la Época de Oro de la Revista Mexicana, cuando el tema de actualidad, de circunstancias, los autores materialmente lo exprimían, le sacaban todo el jugo que podían a base de un determinado número de cuadros de bailes, canciones y diálogo. Incluso con sus correspondientes prólogo y epílogo, como en el presente caso, el cual sin más preámbulo me apresuro a poner a su amable consideración.

Prólogo. “Postales de suburbio”

En unas crónicas nostálgicas de principio del siglo XX, y en las que el poeta yucateco Roque Armando Sosa Ferreyro cantaba a las épocas pretéritas de la vieja Ciudad de México, se invitaba a los lectores por conducto del maestro don Andrés Henestrosa que recreaba esas crónicas a finales del mismo siglo, a recorrer los viejos barrios coloniales de la ciudad. Barrios dorados de leyenda -decían- y consagrados por la tradición, y en los que todavía, aún entonces, se conservaban los últimos destellos del pasado.

Eran imágenes e impresiones de algo lejano y novelesco. Así, de la noche, el idilio de los enamorados, tal y como aparecía en los folletines románticos de la época; en una plazuela, los puestos de comida y los grupos de hombres y mujeres, reunidos en el yantar cotidiano; en un mesón, el arribar de las pobres gentes para quienes el día había sido amargo y triste; y en una callejuela, el drama de la barriada en su máxima expresión: la disputa de los galanes, a cuchilladas y entre risas, por el amor de una mujerzuela. Toda la vida pintoresca, taciturna y sombría de los miserables de siempre, en el marco romancesco de las altas casonas centenarias, y frente a la piedad religiosa de una iglesia, que en vano levantaba sobre sus torres el símbolo blanco de la cruz, abiertos los brazos para todos.

En contraste, allí cerca, las casas de vecindad, cada cual con su gran patio solariego al centro, que en otro tiempo fuera testigo de escenas caballerescas y galantes, y en donde ahora los niños jugaban y corrían, y los más jóvenes compartían sus sueños y sus travesuras. Alrededor, las viviendas limpias, con sus paredes tapizadas de imágenes, y los muebles humildes, entre los que no podía faltar un fonógrafo que con los ecos de sus canciones alegraban las veladas hogareñas al calor de los cariños familiares.

Allá afuera, el cine, que con las luces de su marquesina invitaba a los enamorados, paradójicamente, a la penumbra amable y silenciosa, para ver pasar en la pantalla las emocionantes aventuras de Charlie Chaplin, Baby Peggy y Jackie Coogan, en medio de un coro de risas infantiles Más acá, enfrente, una carpa improvisada que levantó el espíritu errante de la farándula, y en donde una cupletista cantaba los últimos corridos y tonadillas picarescas, y el inevitable recitador entonaba con voces patéticas “En un charco de sangre…” o el “Nocturno” del poeta suicida. 1

Estoy tratando de parafrasear a los maestros, pero lo único que he logrado hacer ha  sido plagiarlos,  todo con la intención de transmitir a mis lectores lo más fielmente posible estas emotivas estampas de la vida citadina del México que fue. “Postales de suburbio” se titularon originalmente. Y desde el primer momento que las disfruté me pregunté de donde habrán tomado sus imágenes estos insignes poetas. En qué barrio o barriada se inspiraron Henestrosa y Sosa Ferreyro, para pergeñar estos añorantes trazos.

Ahora que estoy empezando a redactar este ensayo sobre los teatros de la Plaza Garibaldi, me parece reconocer en esas postales, escenas y frescos de esta plaza y de este barrio  Más bien quisiera que la plazoleta de que se habla allí, fuera la Plaza Garibaldi; la iglesia, la de Santa María la Redonda; el cine, el cine Garibaldi pionero; y la carpa, la Noris, la Ofelia o la Principal, o cualquier otra, qué más da. Pero todavía los reconozco mejor porque en un pasaje de esas postales se menciona, a propósito de la evocación  de algún baile familiar en la barriada, el “Fox de las Pelonas”, 2 que estuvo de moda en los años veinte, y que es la década en la que el Cine-Teatro Garibaldi termina por consolidarse como el legendario Teatro Garibaldi que fue, fundador de una dinastía de teatros que con el mismo nombre de Garibaldi medraron al amparo dela Plaza a todo lo largo del siglo XX, y que fueron el vehículo de una gran tradición en el Teatro de Revista Mexicano, en sus diferentes modalidades, a saber,la Revista Política,La Revista de Costumbres,la Revista de Variedades yla Revista de Burlesque. En síntesis, la llamada Revista Mexicana, por mucho tiempo la única institución transmisora y moldeadora de las costumbres y del carácter y la personalidad de varias  generaciones  de habitantes de nuestro centenario barrio.

Cuadro I: “Cine-teatro Garibaldi”

El cine-teatro Garibaldi data de por lo menos la segunda década del siglo XX.  La fecha más antigua que pude hallar, señal de su existencia, es de 1915. 3 Arquitectónicamente perteneció a la tercera generación de cinematógrafos  que aunque ya construidos expresamente para exhibiciones cinematográficas, todavía conservaban la impronta de la anterior generación de locales, los salones adaptados a las salas de teatro. De allí su denominación, Cine-Teatros.

Desde luego ser lo uno o lo otro tenía sus ventajas, sobre todo cuando llegó el sindicalismo y los trabajadores de ambas disciplinas hubieron de integrarse a su respectiva agrupación. Así según lo  marcara el termómetro sindical en cuanto a los conflictos obreros-patronales propios de la época, los empresarios podían optar por una u otra disciplina o de plano hacerse de los locales de la competencia. No fue el único factor, también podía influir en esas decisiones el comportamiento del mercado en cuanto a la producción de películas y su distribución. Por ejemplo en esa épocala Primera GuerraMundial afectó sobremanera la importación de material fílmico a México, de tal forma   que muchos exhibidores resultaron perjudicados, no así los que pudieron recurrir a su otra opción. En el caso del cine Garibaldi no había necesidad de recurrir drásticamente a esa otra opción. Los empresarios que lo manejaban eran importadores y por ende distribuidores. Me refiero a los hermanos Granat, cuya cadena de cines engrosó significativamente en esa coyuntura.

De allí que la actividad teatral del cine-teatro en los ocho años que se mantuvo como tal fuera más bien discreta. Si acaso de 1918 tenemos registro que actuó en su escenario la compañía de opereta y revistas ‘Mimí Derba’; el mismo año la de Zarzuela ‘Vivanco-Pastor’; y en 1923 la Compañíade revistas mexicanas ‘Leopoldo Beristáin’. 4 En cambio la actividad como cinematógrafo ocupó prácticamente la mayor parte de esos ocho años. Del programa que nos sirvió de base para establecer la fecha más antigua del Cinematógrafo en funciones anotemos las películas El calvario de una reina con  Mlle. G. Robbine, y El club de los coleccionistas ésta sin mayores datos, amén de una Cuando Roma gobernaba de inminente estreno entonces.   Por lo demás está la primera película que los hermanos Granat trajeron directamente de Nueva York para explotarla en su circuito, que fue la célebre “La moneda rota”, de episodios, así como la que motivó a los empresarios a traer de los Estados Unidos al astro del momento Eddy Polo, para que personalmente promoviera en todas las salas de su circuito su más reciente éxito El capitán Kidd.

En realidad los hermanos Granat eran simples arrendatarios de la mayoría de los  locales con los que formaron su cadena, empezando por el Salón Rojo de Coliseo y San Francisco. Este dato es importante para explicarnos el cambio de régimen y de razón social del Garibaldi, es decir, el paso de cine-teatro a únicamente teatro en el año de 1923, que está consignado por los cronistas como el año de inauguración del Teatro Garibaldi. 5 Y es que para ese año Jacobo Granat, cabeza de la familia, ya estaba fuera del país perseguido por prácticas fraudulentas, lo que seguramente dio al traste con las intenciones del resto de la familia, Bernardo, Samuel y Oscar, de crear un auténtico monopolio de las salas de exhibición. En 1917 tenían cuatro salas; en 1918, ocho; en 1919, diez y nueve; y en 1921, veintidós más seis en provincia, y así pudieron haber seguido encumbrándose si no se les para el alto.

En la reestructuración del circuito a que dieron lugar los anteriores hechos, ahora bajo la dirección de otros empresarios, norteamericanos por cierto, seguramente el cine-teatro Garibaldi  logró liberarse de sus compromisos con esa cadena. De aquí que en 1923 los empresarios de teatro Carlos M. Ortega, Pablo Prida y Manuel Castro Padilla estén arrendando el local del Garibaldi para presentar allí su repertorio frívolo y político después de haberlo llevado por diversos estados de la república. 6

Pero los locales de teatro y de cine en ese tiempo podían tener otros usos, por ejemplo como sedes de festivales y de conferencias. Así, la presencia de Vasconcelos enla SEPse vio reflejada en las actividades del cine-teatro Garibaldi en 1922 y en 1923. Como local de gran cupo, 2000 lugares, en ese año del 22 se empezaron a organizar bajo la batuta de una Comisión Cultural y Artística dela Ciudadcreada a iniciativa de  Miguel Lerdo de Tejada, Jefe dela Secciónde Espectáculos, conferencias matutinas para obreros. Conferencias  que alternaban con música, películas, canciones y bailes nacionales. A estas conferencias siguieron los festivales culturales a propósito de lo cual se hablaba de la integración del pueblo, de la cultura física y estética de los obreros, del combate al alcoholismo, de la santa cruzada del alfabeto en los cines, etc. Solamente en la primera mitad del año de 1922 se habían llevado a cabo 97 festivales en diversos cines, 17 de los cuales tuvieron por sede el Garibaldi.

Con esa cruzada se combinó la exhibición de películas educativas en todas las carpas y cines de la ciudad, y en muchas Plazas al Aire Libre, con el objeto de evitar que los obreros despilfarraran su dinero en cantinas y pulquerías, como en los mejores días del maderismo. La de Garibaldi era una de esas plazas y el cine-teatro uno de esos cines.  Solamente de enero a abril de 1923 el cine-teatro Garibaldi dio 15 funciones con 78 películas y con asistencia de 2200 concurrentes. 7

Y, ¿qué rayos había sucedido en los mejores días del maderismo? Corría el año de 1912. Ese año, en el marco de una campaña de moralización y de orden en los espectáculos, el Ayuntamiento había promovido cine gratuito en locales habilitados en cada demarcación, léase instalación de pantallas. En esa ocasión se instalaron pantallas en la Plazade Garibaldi (De los Reyes). Otra en la plaza de Tlaxcaltongo, que así se llamaba entonces la actual plaza de Santa Cecilia, y una más en la calle de la Amargura, que así se llamaba la actual República de Honduras, a la altura de la plaza de Santa Catarina  Pues bien, al finalizar la campaña la prensa lamentó que una pantalla, la de Tlaxcaltongo, fuera un cine-cantina, pues los obreros fueron saliendo de las cantinas con su botella en la mano para presenciar las películas, y la de la Amarguraestuviera rodeada de hoteluchos de cuarto orden, léase, de rompe y rasga, y casas de mala nota, todo a disposición de los cinéfilos. 8

Como bien se puede observar, la fuente de la nota anterior es Aurelio de los Reyes. El es quien al presentarla le adjudica a nuestra plaza el nombre de Garibaldi. Lo que quiere decir que a menos de que De los Reyes haya cometido un anacronismo involuntario, en 1912 ya existía la plaza Garibaldi como tal. Por otra parte, con esta nota nos situamos como dirían Henestrosa y Sosa Ferreyro frente a un auténtico drama de la barriada de entonces, el alcoholismo rampante. Drama no contemplado por nuestros poetas, y cómo la iban a contemplar si su visión era una visión amable e idealizada de la vida de la comunidad, de la vida del barrio. 9

Cuadro II: “El baratillo de la Plazuela Del Jardín”

Sinceramente para mi todavía antes de conocer la posición de México Desconocido sobre la denominación de la plaza, véase nota 8, era un misterio el porqué de la atribución de ese apellido ilustre a un cine-teatro de la segunda década del siglo XX. Lógicamente se traía a colación al nombre de la plaza. Pero es que estaba casi seguro que la plaza se había empezado a denominar así, mucho después de que el cine empezara a funcionar. Los cronistas oficiales sancionaban que lo había sido a partir de 1921. Luego entonces, lo de Aurelio de las Reyes, era simplemente un anacronismo involuntario. Ahora, resulta que siempre sí tenía razón.

La plaza en sí, data de la segunda mitad del siglo XVIII por lo menos. Por lo más, hay quien ha puesto de manifiesto que su antigüedad se extiende hasta el barrio prehispánico de Tezcatzonco o Tezcatzoncatl, perteneciente al campan de Cuepopan. 10 En este tenor lo que hoy es la plaza Garibaldi estaría asentado en lo que fue el centro de ese calpulli azteca. Sin embargo, existen excavaciones arqueológicas recientes que indican que el sitio era zona agrícola, y que por el tipo de deshechos encontrados en algunas tumbas halladas en el perímetro de la plaza, todo parece indicar que en algún momento fue un barrio de alfareros también. 11 Hacia mediados del siglo XIX al sitio se le conocía como El Jardín, o plazuela del Jardín. Durante el resto de la centuria  fue sede de un baratillo, es decir, de un tianguis de cosas usadas, por lo general artículos de dudosa procedencia, el cual tianguis, que era semanal, procedía primero de la plaza de Villamil, y antes, hacia atrás, de la plazuela del Factor, y aún más atrás, del tianguis-baratillo dela Plaza Mayor. De todos esos lugares emigró  en algún momento, incluso de El Jardín, para pasar aLa Lagunilla y a Tepito, esto ya en el siglo XX. Con todo y que se maneja que el baratillo estuvo en ese sitio hasta el año de 1884, el mercado dela Lagunilla se inauguró en 1912, luego entonces…

Esa errancia del tianguis-baratillo se explica porque seguramente de todos esos lugares los comerciantes fueron desalojados por las autoridades. Simplemente, de la plazuela del Factor fueron desalojados porque a alguien se le ocurrió construir un teatro en aquel lugar. Nos referimos al Teatro de Iturbide, inaugurado en 1856, posteriormente Cámara de Diputados, y actualmente Asamblea de Representantes del Distrito Federal.

Bien, en esa época del baratillo de El Jardín la zona era un auténtico suburbio de la ciudad. Barriada con calles y callejones como las dela Piladela Habana, San Camilito, Los locos, del Borrego, y un enclave formado por una diminuta plaza llamada Tlaxcaltongo, hoy Santa Cecilia, patrona de los músicos. Por cierto, arriba se mencionaron unas excavaciones hechas recientemente enla Plaza, me parece cuando se construyó el estacionamiento subterráneo. Pues bien, entre los hallazgos estuvieron los vestigios de una gran fuente. Me imagino que se trata dela Pilaa la que hace referencia el nombre de la antigua calle dela Habana, que hoy seríala Primera de Honduras.

Según los cronistas oficiales el nombre de Garibaldi alude al Teniente Coronel José Garibaldi, nieto del patriota italiano Giuseppe Garibaldi, el conocido como el combatiente de dos mundos. Bueno, pues aquel nieto siguiendo la vocación libertaria del abuelo, se habría enrolado en las fuerzas maderistas al inicio del periodo armado de nuestra Revolución, participando en el ataque a Casas Grandes, Chihuahua, entre otras acciones. Pues bien, parece ser -no están seguros nuestros cronistas- que en reconocimiento a ese desprendimiento y generosidad se le adjudicó su apellido a la plaza al celebrarse el Centenario dela Consumacióndela Independenciade nuestro país en ese año de 1921.

Es posible, pero ahí está el programa del cine-teatro Garibaldi fechado en 1915, lo que indica que el apellido ya se “barajeaba” en el barrio en ese momento. Es más, existe un mapa de 1910, mapa reconstruido por investigadores del INEGI con base en estudios documentales, 12 en el que ya aparece el apellido Garibaldi en un callejón que actualmente lleva por nombre el callejón de Montero, uno de los accesos a la plaza, lo que induce a sospechar que el nieto Garibaldi haya estado en la capital y que al igual que lo que pudo haber sucedido con la Pila de la Habana, que pienso haya tomado el nombre por una pila que allí existió realmente, así haya sucedido con el callejón y que se haya bautizado como de Garibaldi por haber estado allí realmente el susodicho. Si no, por qué un investigador, Gerardo Rodríguez Chávez, autor de una Antología del Mariachi que actualmente circula en Internet, habría llegado hasta afirmar que Garibaldi, además de su profesión de militar, era muy aficionado a la música, y que le gustaba ayudar a los artistas ambulantes. ¿A quiénes? ¿A los de la plaza? Entonces, ¿de dónde sacó esto? 13 Y ahora para enturbiar más el asunto, allí está también le versión de México Desconocido. 14 Todo un dilema.

Sea de ello lo que fuere y volviendo a lo del baratillo ¿Por qué esta insistencia de mi parte en hurgar acerca de los orígenes y trayectoria de este tianguis de la plazuela Del Jardín? Pues bien, porque la presencia de un tianguis como éste allí, contribuye a justificar por decirlo de alguna manera el espíritu festivo, transgresor y excesivo que de por si ya venía permeando todas las actividades sustantivas del barrio. Véase a continuación la forma de vida que puede generar un  baratillo, y piénsese en las necesidades que crea esa forma de vida para todo mundo,  y en la manera de satisfacerlas.

En un principio no fue un tipo de mercado que estuviese prohibido, e incluso se consideraba conveniente su existencia enla Plaza Mayorcomo una forma de ayudar a las clases bajas. Sin embargo, al poco tiempo de su creación el baratillo se fue convirtiendo en un lugar frecuentado por gente “ociosa y vagamunda”, dedicada a robar dentro de las casas o a asaltar en las calles, adquiriendo de esa manera una serie de artículos que posteriormente podían vender con facilidad. En otras palabras, el baratillo se fue convirtiendo en un refugio de ladrones, y por ende en un grave problema para el Ayuntamiento.

La gran concurrencia del público que asistía diariamente al Baratillo en busca de géneros a bajo precio incrementó el auge y desarrollo del mismo, extendiéndose entonces más allá de la Plaza Mayorpor las calles, plazas y mercados de la ciudad. Al paso del tiempo el baratillo fue convirtiéndose en un problema mayor, por lo que las autoridades trataron de extirparlo para siempre. 15

Ya hemos visto, por lo menos en este trabajo, cómo desde las primeras décadas del siglo, la presencia de cantinas y de “pulcatas” sobre todo en las inmediaciones de la Plazadel Jardín era pan de todos lo días. Es más, el Tenampa, el restaurante y cantina de más rancio abolengo en Garibaldi, data de aquella época. Súmese a esto el acceso tortuoso y laberíntico a la plaza que semeja un coto, una reserva, ¿una guarida? Bueno, pues nada más llegó el mariachi, también en esos años, y de aquí pa’l real. Todo quedó en manos de la tradición.

Como sucede con el moblaje de una casa, la costumbre ha hecho indispensable la presencia de una lavadora, de un televisor o de un refrigerador en ella. Así en el barrio, éste ya no se concibe sin su Tenampa, sin su Guadalajara de Noche, sin su Mercado de San Camilito, sin su Salón Tropicana, sin su teatro Garibaldi. Y si por alguna razón dejaran de existir, habría que ver cómo pero habría que crearlos de nuevo.

Como en cada nueva remodelación de la plaza, hoy las autoridades siguen planeando transformar la plaza en un lugar para familias. Sin embargo, es claro que la tradición no se borra por decreto, ni con macetas, postes, ni estatuas. Ni estirando ni acortando horarios. Y si de verdad la plaza Garibaldi se llegara a transformar en ese lugar para familias que dicen, esas familias serían, de verdad, unas familias muy, pero muy sui generis.

Notas

  1. Henestrosa, Andrés, “Postales de suburbio” en Crónicas de la Ciudad de México. México, Año 3, Núm. 10, julio-septiembre 1998, pp. 20-21.
  2. Alusión al cabello corto de las mujeres de moda en los años veinte. A las “pelonas” se les dedicaron fox-trots y obras de revista. Cfr. Dueñas, Pablo, Las Divas en el Teatro de Revista Mexicano. México: Asociación Mexicana de Estudios Fonográficos, A.C., 1994, p.160.
  3. Un programa de mano reproducido en el Vol. I de Cine y Sociedad en México, de Aurelio de los Reyes.
  4. Cfr. “Nómina de teatros y espectáculos 1911-1961” en Olavarría y Ferrari, Enrique de, Reseña Histórica del Teatro en México, 1538-1911 3a. Ed. México: Porrúa, 1961, Vol. V.
  5. Cfr. Moncada, Luis Mario, Así pasan…efemérides teatrales 1900-2000, México: INBA: CNCA: Escenología, 2007, p. 106.
  6. Maria y Campos, Armando de, El Teatro de Género Chico en la Revolución Mexicana. México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1996, p. 297.
  7. Cfr. De los Reyes, Aurelio, Cine y Sociedad en México, 1896-1930. Vol. II: Bajo el cielo de México, 1920-1924 México: UNAM. 1993,  p. 143.
  8. Cfr. “Cinematógrafo mal situado” en Nueva Era, 23 de septiembre de 1912, p. 7 Apud De los Reyes Aurelio, Op. Cit. Vol. I: Vivir de sueños 1896-1920, México: UNAM, 1983, p. 116.
  9. Sobre el origen del apellido Garibaldi adjudicado a la Plaza y de la afición a las bebidas espirituosas de sus habitantes, existe actualmente en circulación  una fuente que asegura que la Plaza se inauguró como de Garibaldi exactamente el 12 de mayo de 1909, en homenaje, ojo, al libertador de Italia Giuseppe Garibaldi, y por otra parte, que el establecimiento de pulquerías en el lugar se remonta hasta la tercera década del siglo XIX, dando lugar a una larga tradición pulquera , lo que viene a explicar de paso y junto con la instalación periódica de juegos mecánicos en la zona, y de un salón de variedades con todo y cine , esto ya en el siglo XX, el perfil fiestero que desde siempre ha tenido la Plaza. Sólo una pregunta queda en el aire: ¿De dónde sacaron esto? No lo dicen. Cfr. Guía Especial México Desconocido: Barrios Mágicos Turísticos de la Ciudad de México. México Desconocido, 2011, pp. 58-58.
  10. Romero, Héctor Manuel, Enciclopedia Temática de la Delegación Cuauhtémoc, México: Comercializadora de Impresiones Selectas, S.A. de C.V., c1994, pp. 305-306.
  11. Vásquez Lom, Rocío y Verónica Ortega Cabrera, “Sistema constructivo visto desde una cala arqueológica” en Jornadas de Arqueohistoria e Iconografía Novohispana. México: Centro Mariano de Difusión Cultural, A.C., 1996, pp. 99-100.
  12. Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática, Ciudades Capitales. Una Visión Histórica Urbana: Distrito Federal. C.D. Rom Núm. 3. México, INEGI, 1992.
  13. Cfr. Rodríguez Chávez, Gerardo, “Antología del mariachi y del Tenampa” en Google.com.mx/Gerardo Rodríguez Chávez/cronista del mariachi.
  14. Vid. Supra. Nota 8.
  15. Yoma Medina, María Rebeca y Luis Alberto Martos López, Dos mercados en la historia de la ciudad de México: El Volador y La Merced. México: Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1990, pp. 54-55.

Ciudad de México. Junio de 2012.

Teatro Bernardo García o de cuando los cines eran teatros

 José Santos Valdés Martínez.

Investigador del Centro de Investigación Teatral “Rodolfo Usigli”

La primera versión de este trabajo sobre el Teatro Bernardo García fue leído en un coloquio sobre Santa María la Ribera organizado por el Museo del Chopo ya hace algún tiempo. Las perspectivas de publicación de los textos presentados en la ocasión eran muy favorables entonces. Sin embargo, hasta donde se sabe esto nunca se llevó a efecto. Hoy que se ha vuelto a poner de moda por decirlo así el teatrito, cuando hay voces que se han pronunciado públicamente por el rescate de sus vestigios, vale la pena dar a la luz el trabajo no obstante el tiempo transcurrido, para así apoyar de alguna manera y con mayores argumentos ese rescate.

Coyunturas para la rememoración o el olvido

Hay épocas en las que el acceso a la memoria colectiva de los diversos barrios y colonias de la ciudad de México a través del testimonio de sus moradores empieza a cobrar de pronto inusitado interés por parte de los cronistas, especialmente al término de los grandes ciclos temporales que inexorablemente van marcando el ritmo de la vida citadina. Es cuando se vuelve imperativo hacer los balances, recuentos e inventarios del camino andado hasta ese momento por las comunidades. En el fondo quizás esto se deba al secreto temor por la eventual desaparición de los testimonios aún vivos, o ya por la amnesia generalizada que suele cundir también a veces como por contagio.

Lo anterior claramente se puso de manifiesto al inicio del presente siglo que fue cuando se pusieron en marcha ambiciosos proyectos editoriales cuyo objetivo inmediato fue recuperar el rico bagaje micro-histórico, si así se le puede llamar, de “la muy noble y leal ciudad de México”, mediante la publicación de una serie de trabajos de investigación sobre algunos de aquellos desarrollos urbanos. Me refiero a la labor que en ese momento realizó el llamado Consejo de la Crónica de la Ciudad, así como la que estuvo promoviendo la Editorial Clío en ese mismo sentido.(1)

Especialmente me quiero referir aquí a los pioneros en este tipo de investigaciones en la última década del siglo, esto es, a la UNAM y al INAH, quienes por aquel entonces y a través del Museo Universitario del Chopo auspiciaron la publicación de un trabajo sobre la colonia Santa María la Ribera, y que fue producto de uno de los talleres que en ese momento impartía el Museo, y que versaba sobre tradición oral en Santa María. (2)

Porque ciertamente el testimonio de la memoria –todos lo sabemos- tiene sus límites naturales que el documento puede contrarrestar y complementar, como es el caso de aquel trabajo sobre la colonia Santa María; sólo que cuando ese documento falta, es inaccesible o no existe, la recopilación testimonial adquiere especial relevancia al constituirse en fuente de primera mano para intentar reconstruir un pasado que de otro modo se perdería irremediablemente; esto dicho a propósito de cualquiera de los elementos que vertebran una crónica, como pueden serlo los personajes, las costumbres, las tradiciones, las calles, las casas y los edificios.

Así sucede, por lo tanto, cuando se intenta reconstruir la historia de los antiguos teatros de la ciudad de México. No la de los grandes escenarios, aceptablemente documentada, sino la de aquellos que medraron al amparo de sus pequeñas comunidades y que desaparecieron casi sin dejar rastro, esperando en vano al cronista que perpetuara su efímera existencia.

Sea el caso del antiguo teatro Bernardo García de la colonia Santa María la Ribera, teatro cuyos vestigios arquitectónicos externos a casi cien años de su levantamiento siguen invitando al viandante y al investigador a la indagación y a la pesquisa. Pero, como muestran algunos trabajos sobre la colonia aludidos más arriba, además de la somera investigación de campo que este servidor ha venido realizando, es posible constatar dramáticamente que en la actualidad la tradición oral ignora este teatro porque tal parece ya no existen memorias que la puedan sustentar. El presente trabajo no tiene otra intención sino recuperar elementos dispersos en esa otra memoria, la documental, para dar algún soporte histórico a aquellos vestigios arquitectónicos aún en pie, quién sabe por cuánto tiempo más.

El Casino de Santa María

En la esquina que forman las calles de Salvador Díaz Mirón y Doctor Enrique González Martínez de la colonia Santa María la Ribera, se levanta hoy un inmueble de dos niveles con un negocio de pinturas ocupando su planta baja; a este negocio lo flanquean cuatro viviendas de una sola planta, dos hacia Díaz Mirón y dos hacia González Martínez, cuyas fachadas, que contrastan por su estado, guardan ciertas similitudes; son las mismas similitudes que guardan muchas casas de la colonia que se construyeron a fines del siglo XIX o principios del XX. Y si no fuera por el inmueble de la esquina, cualquiera diría que esas viviendas alguna vez formaron parte de un mismo edificio, no obstante la presencia de ciertos detalles: el frontispicio en arco de la puerta que comparten las dos viviendas que dan a Díaz Mirón; una sonriente carita, mascarón según los entendidos, que semeja un querubín en su remate; la estructura de hierro forjado de lo que alguna vez fue una marquesina; y sobre los vestigios de un emplomado en el frontón, un letrero que el tiempo no ha podido borrar del todo que indica que este lugar alguna vez estuvo ocupado por el teatro Bernardo García.

En efecto, por una fotografía que publicó El Mundo Ilustrado, (3) revista de principios de siglo, se puede constatar que originalmente todo este conjunto era un solo edificio en perfecta unidad arquitectónica, aunque sin los detalles del acceso. El motivo de que la revista se ocupara de la casona, fue que en tal lugar y con fecha 8 de septiembre de 1906, se llevaba a cabo la inauguración de las remodeladas instalaciones del Casino de Santa María. Este importante centro de recreo había sido fundado dos años antes por don Bernardo García, propietario de la casa, y por un grupo de prominentes hombres de negocios de la colonia, en afán de proveer a vecinos de la comunidad de un sitio que diera incremento a la vida de salón, con banquetes, conciertos, bailes y toda clase de recreos. Se accedía así al círculo de los casinos y clubes que con la misma finalidad, si bien en su mayoría para las colonias de extranjeros, ya existían en la ciudad. Me refiero al Casino Español, al Casino Nacional, al Casino Alemán y al Casino Francés, y al Club Inglés, al Club Alemán y al Club Americano, así como al Jockey Club, situados todos dentro de la traza original de la ciudad. (4)

Exclusivos y selectos sitios de reunión y diversión de la burguesía en ascenso en el ocaso del porfirismo. En este sentido, a don Bernardo García, promotor del Casino de Santa María, en la citada revista se le identificaba como acaudalado industrial; a falta de mayores datos era de presumirlo industrial del ramo textil, ya que como presidente de la junta directiva del Casino fungía don Hipólito Chambón, propietario entonces de una industria manufacturera de la seda aquí mismo en Santa María, sin embargo, datos de último momento nos indican que su ramo era en realidad el de la minería. (5)

Pero cedamos la palabra al cronista anónimo de El Mundo Ilustrado para que nos describa el resultado de la remodelación que hubo de sufrir la finca poco después de la fundación del Casino, descripción que, por cierto, viene acompañada por tres imágenes de su interior en las que sobresale el salón principal por su fastuoso decorado:

Como desde el principio se vio que la finca no reunía en un todo las debidas condiciones, acordose hacer reformas en ella, que consistieron en formar del patio y biblioteca un salón que mide como 15 metros de largo y 12 de ancho, para que sirviera en los grandes bailes. Su decorado es lujosísimo; lindas molduras adornan el techo, y la luz entra por las claraboyas de colores que la tamizan, dándola matices dulces y suaves. Las puertas de entrada tienen preciosos cristales adornados, y sobre una de ellas se ve la cara bellísima de la señorita Sara Romay, una de las jóvenes más hermosas de la colonia de Santa María…Detrás de este salón hay otro separado del primero por una cortina, y que nada tiene que envidiar respecto á lujo al que acabamos de describir. Espejos magníficos lo decoran, la iluminación es radiante y sirve como de fondo elegante a toda esta parte que pudiéramos llamar las salas de recepción. (6)

Este inventario incluía además un salón para juegos supuestamente lícitos, otro para billares y cantina, así como un restaurante. Pues bien, si me he extendido en esta referencia descriptiva del Casino es porque, dentro de su lirismo, es el retrato más detallado que existe sobre el lugar, y porque prácticamente será el mismo que corresponderá hacer del teatro Bernardo García, cuando unos pocos años más adelante hacia 1911 o 1912 herede estas instalaciones. Salvo algunas modificaciones realizadas en la fachada y en las salas de recepción, de hecho, y en cuanto al espíritu con que fue creado, se tratará del mismo Casino, solo que ahora bajo otro régimen y con una nueva razón social; todo acorde con el nuevo recreo que agregará a su nómina para disfrute de los usuarios: las “vistas” cinematográficas.

¿Y el teatro? Cabría preguntar. En efecto, puesto que la nueva razón social sería la de teatro Bernardo García, el nuevo recreo tendría que ser desde luego teatro. Sin embargo, tenemos razones para creer que no fue así. Las representaciones escénicas estaban contempladas desde el principio en la cobertura de recreos del Casino. Las crónicas de los festivales efectuados en el Casino publicadas en El Mundo Ilustrado en 1907 y 1908, por lo menos, muestran que la programación incluía no sólo conciertos, danza, canto, declamación, y baile, sino también teatro. No se piense en grandes superproducciones sino en representaciones acordes al ambiente casi familiar, doméstico propio de una selecta congregación de asociados en su Casino: cuentos dramatizados, pequeñas comedias, cuadros dramáticos, eran lo común en aquellos programas. (7)

Desde luego no se descarta la posibilidad de que haya habido un real y efectivo reforzamiento de la infraestructura teatral del casino, y de aquí la publicidad (8) y la nueva denominación. Pero tampoco descarto que ese tránsito de una entidad privada a otra pública como lo era un teatro en ese momento, implicaba acceder por su conducto a la nueva forma de diversión entonces: las “vistas” cinematográficas. Diversas circunstancias apoyan esta inferencia: primero, la visión empresarial de los directivos del Casino; segundo, el pingue negocio que empezó a representar la explotación de las salas de cine; tercero, la posterior transformación del teatro en el cine Las Flores; y cuarto, en esa época, un buen porcentaje de los locales teatrales era multifuncional. Esto es, no sólo eran salas de teatro, sino también salas de música, salones de baile, pistas de patinaje, de circo, etc., y, con la llegada del cine, salas cinematográficas además.

Es posible que se trate de una inferencia equivocada. Existe un registro de agosto de 1912 en la Reseña Histórica de Olavarría de la representación en el teatro Bernardo García de una serie de cuentos dramatizados. (9) También el investigador Aurelio de los Reyes lo consignó funcionando como teatro en diciembre de 1914, esto en su monumental Cine y Sociedad. (10) Sin embargo, véase más adelante que las programaciones del cine Las Flores de 1920 no se diferenciaban en nada de las del primitivo Casino.

Teatro Bernardo García

De cuando los cines eran teatros

Los primeros diez años (11) de la presencia del cine en nuestro país a partir de l896, se los ha considerado como la etapa nómada de la exhibición cinematográfica. Por causas inherentes a la producción y a la distribución de una industria en ciernes como la del cine, el modus operandi de la empresa exhibidora no podía ser sino el itinerante. Así se sucedieron y llegaron a coincidir en este tiempo y en este espacio, diversos tipos de locales acondicionados para proyectar las famosas “vistas”. Hoy son ya leyenda los pioneros instalados en lugares como el Castillo de Chapultepec, la Droguería Plateros, el Hotel Gillow, y el pórtico del Gran Teatro Nacional, instalaciones que ninguna historia de la exhibición cinematográfica puede pasar por alto.

A raíz de la apertura de una tienda de alquiler y venta de películas en 1899, empezaron a proliferar otro tipo de locales, los jacalones, especie de carpas que se instalaban en las plazuelas de los barrios. (12) También cobraron auge los adaptados a espacios teatrales, como por ejemplo, en el Teatro Riva Palacio, en el Teatro Apolo, en el Circo-Teatro Orrín, en el Teatro Renacimiento, etc., que en el primer lustro del siglo daban alojamiento a flamantes aparatos cinematográficos.

Las fuentes consultadas para elaborar este capítulo coinciden en considerar el año de 1906 como el del “boom”, la fiebre o el auge cinematográfico. La razón de ello es la misma que la del auge de 1899: la apertura de distribuidoras de películas, de mayor cobertura y atención. Sólo que ahora las repercusiones serán mucho más importantes: se abre la posibilidad de construir locales propios para proyecciones cinematográficas, lo que permitirá que los empresarios se sedentaricen y, por lo tanto, que las salas se multipliquen como por arte de magia. Se trataba, sí, de locales propios para exhibir películas, mas no exclusivos. Se ha dicho que antes de 1906 el cine estuvo viviendo de prestado en el sentido de hacer uso de locales previstos para otro tipo de espectáculos, especialmente para el teatro; pero también vale decirlo en cuanto al parasitismo de la exhibición con respecto a los espectáculos de variedades sobre todo. Y no podía ser de otra manera: el “cine” que se producía en esa época, que se distribuía y que circulaba, requería para su exhibición apoyarse en espectáculos ya debidamente acreditados en el gusto del público. Estamos hablando de cine mudo, de “películas” con duración aproximada de dos minutos, de género documental, y, en fin, de un pasatiempo prácticamente efímero y fugaz, con graves dificultades para renovarse y en el que la obligada ambientación musical “en vivo” explica la presencia del “dancing” y números de variedad alternantes. Esta mixtura en el espectáculo que se liga de un modo tan natural al cine desde su orígenes, y que se extenderá como una tradición, quizás, hasta mitad de siglo, habrá de ser tomado en cuenta en la disposición de espacios y en la cobertura de recreos de los nuevos locales de 1906. Sí, ni más ni menos que como la Academia Metropolitana, que data de ese año. Esta,

…poseía un pequeño pórtico y un vestíbulo, sanitarios, una luneta o patio amplio circundado por unos a manera de palcos, en pequeño escenario con su pantalla y una cantina en el primer piso, sobre el vestíbulo, para vender refrescos, dulces, nieves y otras golosinas. La sala era un hibridismo entre un teatro de cámara y un gran teatro; era un sitio de uso múltiple, acorde con el término empleado para designarlo: “salón-teatro”, pues estaba destinado no tan sólo a la exhibición de películas; lo mismo servía para conciertos de música de cámara concurridos por la crème de la crème, que para bailes domingueros a los que no precisamente asistía “lo más granado de la sociedad”. Servía así mismo para patinar, para recepciones familiares con motivo de bodas o días de santo, y los constructores tuvieron en cuenta tales inquietudes. (13)

Del teatro Bernardo García al cine de Las Flores

Entre tanto, ya vimos que el Casino de Santa María iniciaba, con su reinauguración en el mes de septiembre de aquel año de 1906, la segunda etapa de su corta existencia, etapa que habría de concluir en 1911 si no es que al año siguiente. Es en ese intervalo en el que, presumiblemente, empezaría a funcionar el teatro Bernardo García. (14)

Pues bien, aunque pudiera pensarse que esta apertura como teatro indicara sólo la obtención de un nuevo recreo para los socios, en realidad es factible que esa apertura indique más bien el inicio de un proceso de popularización, por así decirlo, del Casino. Las transformaciones y adaptaciones que tuvo que sufrir el local principalmente en el acceso para una doble circulación que aún se conserva-, en la arquitectura de la fachada -que aún persiste- y en las salas de recepción -que han desaparecido-, hacen pensar en una inversión financieramente más redituable.

Confieso mi penuria documental para esta etapa del Casino. La únicas referencias concretas que tengo de él como teatro Bernardo García son como ya se mencionó la de agosto de 1912 y la de diciembre de 1914 y si acaso las fiestas quincenales que por esos años celebraba allí un cierto club Terpsícore. (15) Lo que sigue hasta el final de la década sólo indirectamente podemos inferirlo. No cabe duda que el trance revolucionario por el que atravesaba el país tuvo serias repercusiones en la capital. Aurelio de los Reyes cita, por ejemplo, la ola de epidemias que asolaron la ciudad de México en 1915 por la falta de agua y de medidas sanitarias, lo que obligó a clausurar sitios propensos a propagar el contagio como era el caso de los cines, los teatros y las iglesias; habla también de las cargas impositivas decretadas por el gobierno al año siguiente para allegarse fondos y que afectaron de modo significativo a cines y teatros; refiere las olas de protestas por la prolongación de tal medida; también apunta la serie de prohibiciones y censuras implementadas contra los establecimientos para recaudar fondos vía las multas. En fin, cita las restricciones para importar material fílmico a causa del estallido de la Primera Guerra Mundial, y su principal resultante aparte del mercado negro: el inicio de las cadenas, circuitos o monopolios de cines, es decir, la absorción de las pequeñas empresas por las más grandes. (16) Pienso que por alguno o por todos estos avatares tuvo que haber pasado el teatro Bernardo García en los siguientes cinco años a partir del punto donde le perdimos el rastro. No va a ser sino hasta finales de esa segunda década del siglo, es decir, en 1920, cuando se empieza a detectar nuevamente la presencia del Casino en las carteleras y en las crónicas sólo que ahora bajo la denominación de cine Las Flores.

En el Cine Las Flores de la Colonia Santa María, hijos y amistades del señor Juan Aguilar Vera celebraron su onomástico con un programa literario-musical; un grupo de damas y caballeros actuó la comedia Los Hugonotes de Miguel Echegaray; unas señoritas bailaron La Danza de las Horas; Carlos E. Fuentes y Ramón Espino Barrera interpretaron arias de ópera y canciones. El primero al cantar un trozo de la ópera Hernani de Verdi lució una bien timbrada voz de barítono; y el segundo en una romanza nos deleitó con su admirable voz de bajo, alcanzando ambos los honores del bis, entre una gran ovación. Terminado el programa se efectuó en los salones del mismo cine, un baile, no decayendo la animación hasta las primeras horas de la madrugada. (17)

Tengo entendido que esta nueva época del Casino como cine Las Flores estuvo ligada muy estrechamente a miembros de la familia Granat, de los primeros zares de la distribución y exhibición en México: particularmente a Bernardo y a Jacobo Granat, dueños de una importante cadena de cines denominada Circuito Olimpia cuya cabeza llegó a ser el Gran Teatro Cinema Olimpia, portento de arquitectura y tecnología inaugurado a finales de 1921 y que marcaría el repunte de la industria cinematográfica en el aspecto de diseño y construcción de salas con sistemas de proyección tal como se conocen en la actualidad, así como la transformación del cinema en un espectáculo realmente masivo. (18) Pues bien, el cine Las Flores pertenecía a esta cadena. Dicen que don Jacobo inició su monopolio en 1917 con cuatro cines, entre los que todavía no figuraba el de Las Flores. Es posible que ya haya figurado al año siguiente en el que la cadena aumentó a ocho. Ciertamente, en 1919 ya aparece en la nómina del circuito que ese año aumentó a 19 cines. Por fin, en 1921, año en el que la cadena contaba con 28 cines, el consorcio había pasado a manos de un tal Randolph Parmly Jennings que había adquirido las participaciones de don Jacobo, quien al año siguiente habría salido del país perseguido por la justicia por prácticas fraudulentas. (19)

Por lo pronto, resulta ahora explicable mi conjetura de que el Casino de Santa María, tanto como teatro Bernardo García y como cine Las Flores, no haya perdurado más allá de los años 20. El último registro de cartelera de que hasta ahora tengo conocimiento en que aparece todavía vigente el cine Las Flores es de 1923. Y es que, sopésese el rendimiento que un cine como el de Las Flores pudo haber tenido con una sala con cupo aproximado para 200 espectadores frente a salas como la del Olimpia para 4000 o la del Granat para 3450 para no hablar más que de inversiones directas de los Granat. El cine Rívoli de Santa María tengo entendido pertenecía también a su cadena. Este sólo, a tres cuadras del Casino, tenía cupo para 2250 espectadores. (20)

No obstante, el de Las Flores no era un cine cualquiera. Conjeturas aparte, por testimonio fidedigno de una persona ligada muy de cerca a la vida de este Casino-Cine-Teatro, es decir, de don Manuel Navia, vecino de Santa María y como auxiliar que fue de otro de los Granat, don Samuel, de la siguiente generación, pudimos averiguar como ya se mencionó que la sala de espectáculos del Casino tenía una capacidad aproximada para 200 personas; (21) que contaba con lunetario y galería, un pequeño escenario con pantalla, y caseta de proyección. Que de los espacios de que disponía el antiguo Casino conservaba un salón para recepciones, una sala de baile, servicios, salida de emergencia, y habitaciones para el guarda-casa, posiblemente para don Manuel mismo, último eslabón de una tradición oral para el antiguo Casino de Santa María, tradición creo ahora extinta. Por ello considero ineludible consignar aquí las remembranzas que hacía don Manuel cuando platicábamos acerca del Casino; como aquélla acerca de las asambleas que ahí se llevaban a cabo para constituir un sindicato; o cuando mencionaba un salón de baile aledaño al cine que se denominaba Salón Delco; o cuando hablaba de su película preferida en ese entonces, no recuerdo si La moneda rota o El zapato rojo, y que acostumbraba disfrutar por detrás de la pantalla; o aquella anécdota jocosa de cuando arribó al cine el astro norteamericano del momento, Eddie Polo, en promoción, repartiendo besos a las chicas de la colonia, y de pronto voltear y encontrarse cara a cara delante de la multitud con una chica de pronunciada parálisis facial. Y todo sucedió a un mismo tiempo: el gesto de sorpresa del actor, el ademán de repulsión y la sonora carcajada de la concurrencia celebrando lo absurdo y ridículo de la escena. En fin, don Manuel recordaba que en algún momento este cine también llevó el nombre de la actriz francesa Susana Grandais, cambio que ubicaba hacia 1915 y antes de que nuestro cine se llamara de Las Flores. En esto casi coincide con el cronista de Santa María por derecho propio, don Roberto Ocádiz, quien en su trabajo ya clásico sobre Santa María, cita el año de 1916. Dato aislado en esa laguna documental que mencionamos anteriormente. (22)

Ya en l982, Aurelio de los Reyes escribía que era lugar común despreciar y subestimar los cines, incluso negarles cualidades estéticas. A este tenor pasaba revista de aquellos cines, cuyo decorado reflejaba alguna de las corrientes estilísticas que han ido conformando la cultura mexicana. Así, con influencia del más puro estilo Art Nouveau menciona los interiores del Cine Club de Jorge Alcalde de Motolinía y 5 de Mayo, y las fachadas del cine-teatro La Paz en Jesús Carranza, en Tepito, y la del teatro Bernardo García de la colonia Santa María “…que sobresale por su sobriedad y por la calidad del trabajo de los hierros forjados de su marquesina”. (23) Quiero suponer que De los Reyes ignoraba los antecedentes de este último teatro, y, por consiguiente, que esa fachada no era sino un pálido reflejo del primoroso trabajo ornamental en los salones interiores del antiguo Casino habilitado como cine-teatro, y del cual trabajo, por cierto, hoy no queda absolutamente nada.

Gracias a la pluma del cronista anónimo de El Mundo Ilustrado conservamos, en compensación, esta evocadora imagen del viejo Casino en el apogeo de su esplendor:

La impresión que produce todo el edificio es muy agradable. Limpieza, gusto, orden, alegría, comodidad, son requisito más que necesario para que las horas se deslicen amenas; todo eso se advierte en el casino, y en las noches de recepción, cuando el lujo y el brillo de las joyas irradian purísimos fulgores, cuando las damas elegantes de la Colonia llenan las salas, y el baile empieza, y el placer domina, y se respira un ambiente seductor de flores y hermosura, entonces todo elogio es pálido ante la magnífica realidad. (24)

Toda una atmósfera en breves palabras. Hoy, en sentido figurado también, irrespirable, sin ánimo de ofender a los actuales moradores del inmueble. El deterioro desde la fachada sur es manifiesto. No en balde han pasado más de cien años. Y es que antes de la fundación del Casino, el inmueble había sido casa particular propiedad de un ingeniero de nombre Ignacio Ochoa Villagómez, a todas luces su constructor, quien en 1905 se la habría vendido a don Bernardo por la estratosférica cantidad de veinticinco mil pesos. (25)

Otra vista del Teatro Bernardo García

Notas:

1 Como por ejemplo Cfr. Tello Peón, Berta, Santa María la Ribera. México: Editorial Clío, 1998.

2 Cfr. Henríquez Escobar, Graciela y Armando Hitzelin Egido Villarreal, Santa María la Ribera y sus historias. México: UNAM-INAH, 1995.

3 Cfr. “El Casino de Santa María” en El Mundo Ilustrado. Año XIII, T. II, Núm. 13 (23 de septiembre de l906) s/pág. 5

4Cfr. “Casinos y Clubes de México” en El Mundo Ilustrado, Año XIII, t. II, Núm. 1 (lo. de enero de 1906) s/pág.

5 Cfr. Los antecedentes prediales de la casona de Salvador Díaz Mirón 69 en el Registro Público de la Propiedad y de Comercio, secc. 1ª, tomo 35, vol. 1º, foja 212, partida 811.

6 “El Casino de Santa María” en Op. y Loc. Cit.

7 Cfr. por ejemplo “En el Casino de Santa María” en El Mundo Ilustrado. Año XIV, t. II, Núm. 23 (8 de Diciembre de 1907) s/pág.

8 Cfr. Gacetilla “Nuevo Teatro” en El Diario del Hogar. (12 de marzo de 1909) p. 3.

9 Cfr. la Nómina de los teatros capitalinos y de las obras o espectáculos en ellos ofrecidos desde octubre de 1911 hasta el 30 de junio de 1961 incluida en el volumen V de la Reseña Histórica del Teatro en México, 1538-1911, de don Enrique de Olavarría y Ferrari. 3a. Edición. México: Porrúa, 1961.

10 Cfr. De los Reyes, Aurelio, Cine y Sociedad en México, 1896-1930. Vol. I: Vivir de sueños, 1896-1920. México: UNAM, 1983, p. 160.

11 Para esta etapa Cfr. De los Reyes, Aurelio, “Cómo nacieron los cines”, en Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, Núm. 50/2, México, UNAM, 1982, Passim.; Cfr. también Leal, Juan Felipe, Eduardo Barraza y Carlos Flores, El Arcón de las Vistas. Cartelera del cine en México, 1896-1910. México: UNAM, 1994, especialmente las pp. 7-50.

12 Cfr. Leal, Juan Felipe, Eduardo Barraza y Carlos Flores, “Jacalones y permisos (solicitudes de instalación de cinematógrafos en el Archivo del Ex-Ayuntamiento de la Ciudad de México) Apud Leal, Juan Felipe, Eduardo Barraza y Carlos Flores, El Arcón de las Vistas. Op. Cit., p. 31. Cfr. también De los Reyes, Aurelio, Op. Cit., p. 30. Aquí hay un mapa de localización de teatros y cines abiertos en 1900 donde aparecen hasta 24 sitios con cine instalado, entre plazas, plazuelas y rinconadas.

13 “La Academia Metropolitana” en Arte y Letras. México, 1906, s/pág. Apud De los Reyes, Aurelio, “Cómo nacieron los cines” en Op. Cit., p. 293.

14 De hecho, como teatro, fue inaugurado hasta marzo de 1912, según una nota aparecida en el periódico El Imparcial de esas fechas, nota rescatada muy recientemente que ha obligado a realizar los obligados ajustes de las fechas relacionadas con ese tránsito de casino a teatro. Cfr. “Teatro Bernardo García” en El Imparcial, 19 de marzo de 1912, p. 7

15 Cfr. “Viajeros” en El Diario del Hogar (27 de junio DE 1912) p. 2.

16 Cfr. De los Reyes, Aurelio, Cine y Sociedad en México, 1896-1930. Vol. I: Vivir de sueños 1896-1920. Op. Cit., pp. 264 y ss.

17 “Por el hogar y los salones”. (5 de septiembre de 1920) Apud De los Reyes, Aurelio, Cine y Sociedad en México, 1896-1930. Vol. II: Bajo el cielo de México, 1920-1924. México: UNAM, 1993, pp. 45-46.

18 Cfr. Dávalos Orozco, Federico, Albores del cine mexicano. México: Editorial Clío, Libros y Videos, 1996, pp. 58-59.

19 Cfr. De los Reyes, Aurelio, Cine y Sociedad en México, 1896-1930. Vol. II: Bajo el cielo de México, 1920-1924. Op. Cit., especialmente el capítulo de la Revista Olimpia, pp. 307 y ss.

20 Este dato del cupo del teatro para 200 espectadores que es de don Manuel Navia, ex trabajador del cine, no concuerda con la que nos da El Imparcial que es de 600. Pero conociendo los antecedentes de los Granat, que para algunos no eran más que unos mercaderes, aquí creo que El Imparcial habría estado más cerca de la verdad que don Manuel, del cual se habla a continuación.

21 Vid. Nota anterior.

22 Si el cine efectivamente cambió de nombre, esto también pudo haber ocurrido, en efecto, en homenaje a la memoria de la actriz francesa Suzanne Grandais, sólo que después de 1920 que es el año en que intempestivamente falleció en un accidente en pleno rodaje, me parece que en su país de origen. Cfr. Tulard Jean de L’Institut, Dictionnaire du Cinema. Vol. II: Les acteurs. Cuatrieme Edicion. Paris: Robert Laffont, 1996, p. 466. Por su parte don Manuel Navia falleció también en el año 2000 a la edad de 95 años. Quién no lo recuerda en su expendio de periódicos y revistas en la esquina de las antiguas Alamo y Las Flores, a veces lúcido otras taciturno, siempre accesible y presto a rememorar a la menor provocación. Inspirado poeta en sus ratos de ocio, cualidad ésta poco reconocida, vaya este trabajo en homenaje a su memoria también. Tengo entendido que don Roberto Ocádiz autor entre otros escritos de Santa María la Ribera, colonia de abolengo, ya también pasó a mejor vida.

23 De los Reyes, Aurelio, “Cómo nacieron los cines” en Op. Cit., p. 285.

24 “El Casino de Santa María”, en Op. y Loc. Cit.

25 Cfr. Registro Público de la Propiedad y de Comercio, Loc. Cit.