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Llamas de rebelión (1922)

Los datos para la ficha filmográfica y sinópsis están en el libro de  Aurelio de los Reyes, Filmografía del cine mudo mexicano, volumen II, 1920-1924, Dirección General de Actividades Cinematográficas, UNAM, Colección Filmografía Nacional 6, México, 1994, pp. 171-172:

Producción: Martínez y Quezada; Agustín Elías Martínez y ¿Adolfo Quezada? Dirección: ¿Adolfo Quezada? Argumento: Eduardo García Moreno. Intérpretes: Alfonso Labat, Josefina López, Eleazar Reina, Carmen López, Eduardo García Moreno y otros. Filmada en la Sierra Nevada, a las faldas del Volcán de Toluca y en haciendas cercanas. Concluida en septiembre de 1922.

Palacio Municipal de Toluca. Foto: Fototeca Nacional del INAH

Según Aurelio de los Reyes no se exhibió en la ciudad de México aparentemente por haberlo impedido una huelga de cines. Cine Mundial informa que se exhibía en varias ciudades de provincia. Luego, en 1924, la prohibió el Ayuntamiento, sin explicar los motivos, al parecer por haberse referido a la Revolución.

Según Dávalos y Vázquez, (1) Llamas de rebelión aparentemente no llegó a exhibirse. Se anunció con cierta insistencia durante el mes de septiembre de 1922. A fines de mes, un anuncio informaba de la conclusión del rodaje y de su inminente estreno. Sin embargo, no volvió a saberse de la cinta. El argumento plantea con nitidez la conciliación entre en nuevo y el viejo régimen.

De acuerdo a Gabriel Ramírez se estrenó en la ciudad de México el 8 de octubre de 1922 en los cines San Juan de Letrán, Alcázar, Santa María la Redonda, Palatino y Venecia. (2)

Anuncio de Llamas de rebelión en el Teatro Edén
Anuncio de Llamas de rebelión en el Teatro Edén

Sinopsis de la cinta: “El pueblo de San Nicolás, cerca del Volcán nevado, goza de relativa paz, en la época más azarosa que nuestra República ha pasado. Benito Domínguez vive allí con su madre y hermano, explotando personalmente su rancho; está enamorado de Carmela, prima del jefe de Armas general Valverde, un antiguo empleado. Este no está conforme con estas relaciones y trata de impedirlas. Declara enemigo a Benito y lo persigue, apoyándose en su poder, para perderle, pero Benito logra evadirse hiriendo a sus perseguidores. No le queda más recurso que huir y se reúne con ‘Sietebrincos’, su vecino, quien le ayuda a preparar un pequeño ejército, con el cual se levanta en armas, contra el general Valverde, que no llega a preocuparse por este suceso y sale de paseo, junto con sus primas, a una hacienda cercana. El propietario se ha interesado por Carmela y alejando a los demás huéspedes, trata de forzarla, llegando en ese momento el general Valverde, quien le dispara, dándole muerte en el acto, cuando va a cometer una fechoría. Benito asalta la hacienda y sus moradores escapan en una diligencia, pero son alcanzados por la gente de aquél y hechos prisioneros. El general Valverde iba a ser fusilado, pero Benito le perdona la vida. El gobierno legal ofrece amnistía a nuestro héroe, quien la acepta y regresa al lado de su madre y finalmente con su amada Carmela.”

Para Gabriel Ramírez, Llamas de rebelión:

[vulgarizaba] hechos sucedidos apenas ayer (…) ilustraba lo que ocurría cuando el interés privado se prefería al bien general y cómo las venganzas individuales y el espíritu de intriga, ambición y egoísmo podían sofocar el proceso revolucionario iniciado doce años antes. Sobre todo, si habían de por medio, como en este caso, unas tentadoras faldas. (3)

Avenidas Hidalgo y Villada. Foto: Fototeca Nacional del INAH

Por su descripción de la trama y los siguientes comentarios de Ramón Pérez no es aventurado pensar que el gobierno hubiese censurado el filme, evitado su proyección a toda costa. Si tomamos en cuenta que la cinta expresaba, de forma poco velada, sus intenciones, y Llamas de rebelión exaltaba la amenaza de brotes rebeldes a nivel regional. Por otro lado,  el hecho de haber sido filmada en Toluca, ciudad sumamente conservadora y por antonomasia contrarrevolucionaria confirma que la trama tenía un tufo reaccionario, amén de actuar en ella varias “personalidades” toluqueñas.

Vale la pena retomar el escrito sobre la filmación de Llamas de rebelión en Toluca a principios del siglo XX. Se debe considerar que fue escrito varios lustros después del evento. De eso trata el siguiente breve escrito tomado de Estampas Toluqueñas de Ramón Pérez, Ediciones Gobierno del Estado de México, 1977, pp.161-163:

Han transcurrido ya años, muchos años, el entrante nos dará el increíble número de Cincuenta. ¡Cómo pasa el tiempo! ¡Cómo pasa la vida! Muchos de los personajes que aquí vamos a mencionar han desaparecido ya del mundo de los vivos. Es casi seguro que muchos de los lectores ni lo recuerdan siquiera. Y sin embargo, el suceso tuvo lugar.

Allá por el año de 1919, todavía en plena revolución, un joven toluqueño, lleno de inquietudes y permanentemente abierto a la vida, el desaparecido amigo q.e.p.d. Fernando Medina, perpetuo amante de las cosas del arte: música, pintura, tuvo la luminoso idea de financiar la elaboración de una película filmada totalmente en Toluca, con actores toluqueños y pagada centavo a centavo de sus propios recursos. El título de la cinta cinematográfica llevaba el nombre de Llamas de Rebelión.

El argumento se refería a la Revolución Mexicana y, como era natural, se hacía destacar en ella, la vida de nuestros hombres del campo y la del aristocrático hijo de un hacendado de polendas, dado al vicio y a la perdición. No podría darle detalles de dicho argumento; pero, lo que sí puedo decirles es que Llamas de Rebelión fue sin lugar a dudas la película precursora del cine nacional en aquel año de gracia de 1919.

Fernando Medina aparecía en su papel de galán joven, acompañado de la señorita Isabel Ordoñez, hermosa empleada de gobierno, que lucía con donaire y gentileza y con cierta ingenua sencillez tan apartada de la artificiosa actuación de nuestras primeras estrellas. Junto con Chabela Ordoñez aparecían igualmente las estimadas señoritas Carmen Gutiérrez y Josefina Zepeda que bien podían, por su esmerada actuación, estar al lado de tantas celebridades que llenan en la actualidad los sets de nuestros estudios vernáculos.

Los hombres malos, los villanos de la cinta, montaban caballos muy hermosos, eran entre otros: Macario Álvarez, charro bien puesto en aquel entonces y don Jesús Bravo que quizá ni sea recordado con precisión por los entonces asistentes a su representación. Junto a esos hombres lucía sus habilidades de artista Alfonso Labat que se unió más tarde a la compañía teatral de la tan mentada Josefina Noriega. El sastre Francisco Rodríguez también se improvisó artista junto con Eduardo González Pliego que por muchos años actuó como locutor en la X.E.Q.

El fotógrafo del film fue Luis Santa María de la ciudad de México, autor además del argumento. Tomó parte igualmente Eduardo García Moreno, hermano del licenciado Roberto de los mismos apellidos.

La cinta cinematográfica se desarrollaba en Zinacantepec, en la Hacienda de San Pedro, propiedad de la familia Medina, en la Villa Ferrat por el rumbo del paseo Colón, en la Hacienda de Atenco y en Metepec.

Aquellas personas que asistieron a su exhibición recordarán seguramente la habilidad de Macario Álvarez y la estupenda fotografía en que Jesús Bravo, en una parte de la película daba una vuelta completa con el caballo, en caída aparatosa, en la que nada había de truco ni artificio.

Llamas de Rebelión toda hecha por personas ajenas al arte profesional, recorrió casi todo el país. Se exhibió en Zitácuaro, Morelia, Zacatecas, Tampico, la ciudad de México y le produjo mucho dinero a un señor de apellido Martínez y que, aparte de recibir las ventajas del film, le cobró al bueno de Fernando Medina algo más de cinco mil pesos.

Sobre su calidad artística nada podemos decir nosotros sobre el particular, colocados como estamos a tantos años de distancia y por no haber asistido a las funciones que se daban en aquel vetusto Teatro Edén ubicado en la hoy avenida Morelos en donde los señores Sánchez de la Ford acaban de levantar un suntuoso edificio.

Según informes obtenidos, fue tanto el éxito que, noche a noche, es teatro estaba lleno de bote en bote y por no caber la gente que se presentaba, el empresario, para dar gusto a todos los que querían ver en la pantalla a las personas tan conocidas de los vecinos tuvo que repetirla en el Teatro Principal, hoy cine Rex.

Fernando Medina, toluqueño ciento por ciento y uno de los hombres de corazón sencillo y ánima párvula, recibió en esa ocasión las felicitaciones más calurosas por ese gesto tan desinteresado y por su gran cariño a su ciudad natal.

¡Cuántas mujeres envidiaban la suerte de Chabela Ordoñez y cuántas otras no la censuraban por haberse prestado a figurar como la dama joven al lado del señor Medina quien aparecía de galán joven, personaje de gran mundo, dueño de una hermosísima Villa, rodeado de otros jóvenes que jugaban al tenis y bebían espumoso champagne en compañía de elegantes damas.

Con la ñoñería de algunos espectadores timoratos, hacía gran contraste el alboroto del pueblo que reía a mandíbula batiente en las escenas jocosas y se sobresaltaban cuando los revolucionarios Macario Álvarez, Alfonso Labat y Jesús Labastida asaltaban la diligencia que gentilmente había facilitado el conocido hacendado, don Antonio Barbabosa.

Nada importa para nosotros saber la calidad de la película en cuestión: pero nos conformamos con saber que ya gastada y maltrecha la copia, según el saber de algunas personas, se apartaron muchas escenas de charros y se usaron más tarde en otras películas; lo que expresa que fue muy meritoria la labor de  los artistas campiranos, auténticos charros de provincia.

Fernando Medina q.e.p.d. el amigo de tantos años, el hombre bueno y cabal, con su cabellera blanca y su sonrisa juvenil, fue indudablemente, lo repetimos con orgullo toluqueño, el hombre que, sin escatimar dinero y esfuerzo debe ser considerado como el precursor del cine nacional, como lo fuera más tarde en su calidad de artista incomparable, Elena Valenzuela, por ejemplo, en su principal papel de “Santa” la famosa novela de don Federico Gamboa.

Al escribir estas líneas, me siento verdaderamente emocionado, al estar recordando nombres de los vivos y de los muertos que, con entusiasmo y calidad en el trabajo y venciendo prejuicios, figuraron en ese film toluqueño que ostentaban orgullosamente, el título de Llamas de Rebelión.

(1) Federico Dávalos Orozco y Esperanza Vázquez Bernal, Filmografía general del cine mexicano (1906-1931), Universidad Autónoma de Puebla, Colección Difusión Cultural 4, Serie Cine, México, 1985, p. 95.

(2) Gabriel Ramírez, Crónica del cine mudo mexicano, Cineteca Nacional, México, 1989, p. 270.

(3) Ídem. p. 193.

El cine en Toluca

El cine en Toluca I*

Se está conmemorando en este año de 1971 el 40 aniversario del cine hablado en nuestro país y en algunas estaciones de radio y televisión, una vez a la semana, se está exhibiendo alguna que otra película de aquellos lejanos tiempos, cuyo tema y actuación de los artistas nos causa actualmente recuerdos de ingenuidad.

El presente artículo tiene como principal objeto recordar a nuestros amables y pacientes lectores, nuestras propias impresiones, no sólo de las cintas mudas que presenciábamos en las pantallas de los cines aquí existentes, sino también de aquellas habladas, la mayor parte de ellas tomadas en los Estados Unidos, muchas con un contenido que hacía la delicia de los espectadores, por la fama que tenían ya conquistada muchos de sus protagonistas.

Remontémonos a un pasado muy remoto, según informes que ha podido obtener, independientemente de los teatros que servían simplemente para las representaciones de cierto nivel cultural, y en cuanto al cine se refiere existían en el portal Madero tres pequeñas salas a donde la gente acudía para presenciar películas de corto metraje y en gran parte noticieros, pues el cine estaba aún en su infancia. Se supone que estas salas duraron desde 1912 a 1918, siendo ellas, el Renacimiento del señor Rafael Cravioto, situado en lo que hoy es la cafetería del Hotel San Carlos, el Royal de don Manuel Medina Pasos, en los bajos de la casa de la familia López y en donde existe actualmente una casa de regalos junto a la dulcería “El Socio”, y el cine Variedades del señor San Román en donde esta la perfumería “Corona”.

Eran artistas predilectos en estos cines de vanguardia, la Berutti, la Menichelli, la Pola Negri, Max Linder, Charlot, estos dos últimos cómicos de gran categoría, especialmente Max Linder, actor de suma elegancia en el vestir y cuya actuación nada tenía de la exageración y fingimiento de los que pretendieron ocupar su lugar años mas tarde.

En cuanto a los teatros Principal y Edén, no tenían más misión que ofrecer espectáculos teatrales como el drama y la comedia y a veces, con más frecuencia, zarzuelas, y operetas tan gustadas del público. En el Edén, considerado de menos categoría que el Principal, actuó en varias ocasiones la compañía de María Teresa Montoya, mientras que en el Principal la gran actriz doña Virginia Fábregas, deleitaba al público selecto con las novedosas obras de teatro francés, entonces en boga.

Con el adelanto técnico en el cine y las cada día escasas visitas de las compañías teatrales tanto el Principal como el Edén, se dedicaron a ofrecer a los toluqueños, programas cinematográficos, dos veces a la semana; los jueves y los domingos.

Había que ir temprano en la mañana de los domingos para conseguir los boletos de la función de la tarde, ya que todo el “Toluca Social” de entonces se daba cita para ver la película de antemano anunciada, mientras que las chicas endomingadas, antes de la función, puestas de pie en sus respectivos lugares, dirigían sus miradas hacia la puerta de entrada, atrayendo la atención de los jóvenes galanes.

Como las películas eran mudas, para no hacer la cosa muy monótona, alguien sentado en el piano, hombreo mujer, tocaba alguna pieza de moda que alegraba el ambiente.

Con el tiempo, las funciones de cine se daban a diario y fue cuando las empresas tuvieron que emplear orquestas profesionales que se habían formado y que tocaban durante los intermedios.

Ya para entonces, en el año de 1924 poco más o menos, en la avenida Hidalgo frente al costado sur de la escuela Lázaro Cárdenas, se abrió un nuevo cine hecho de pura madera que llevaba el ostentoso nombre de cine Villada. Era un cine bastante concurrido por una nueva generación, pero que duró muy pocos años.

En un principio, sin poder precisar la fecha, las películas que en esos cines se exhibían, eran películas de gran metraje, los famosos “episodios” que duraban varios días y que la juventud de entonces acudía con ansiedad para ver el final, ya que las encontraba en extremo emocionantes.

Haciendo memoria de las películas mudas de entonces, damos a continuación algunos nombres, para recuerdo de las generaciones que aún viven y que, seguramente, les dará gusto evocarlas:

La moneda rota (episodios), Stanley y Livingston en África (episodios), Aventuras de un navegante (episodios), La casa del odio (episodios), El fantasma de la ópera, Ben Hur, El jorobado de Nuestra Señora, El buque fantasma, La mancha que limpia (en español), La hija del circo, La dama de las camelias, Varieté (Emil Jannings y Pola Negri), El ángel azul (Emil Jannings y Marlene Dietrich) y Rin-Tin-Tin (el perro talentoso y admirado por chicos y grandes).

Surgen a nuestra mente los nombres de tantos y tantos artistas que dejaron en nosotros impresiones que aún perduran, a pasar de los años transcurridos: Al Jolson, Ramón Novarro, Rodolfo Valentino, Antonio Moreno, John Gilbert, Emil Jannings, Max Linder, Charles Chaplin, Harold Lloyd (Delgadillo), Buster Keaton, Douglas Fairbanks, Max Sentett, Orson Wells, Jacky Coogan, Lon Chaney, Pearl White, Greta Garbo, Marlene Dietrich, Pola Negri, Joan Crowford, Bette Davis, Mary Pickford, Gloria Swanson, Diana Durbin y Shirley Temple.

Conviene aclarar que unos corresponden al cine mudo; otros al hablado, y algunos actuaron en ambos.

Habiendo mencionado los nombres de los teatros y cines de aquellas lejanas épocas, nos vemos obligados a mencionar los distintos empresarios que se encargaron de su administración.

En el teatro Principal: Pedro Servín, los señores Izunza, Popo Echeverri, Jenaro Rosenzweig y finalmente los señores Iracheta. 

En el cine Villada: Pedro Ortiz y Gabriel Barbabosa. 

En cuanto al teatro Edén, durante muchos años estuvo bajo la administración del señor don Agustín Inclán, dueño de una renombrada fábrica de jabón y más aún, famoso por unos polvos que aliviaban como maravilla a los recién nacidos y niños que padecían cólicos y diarreas.

Más tarde y estando cerrado por una larga temporada, fue rentado por un señor Roque Castillo, cambiándole el nombre por el cine Rívoli y más tarde cine Municipal en donde por cierto se proyectaban películas de una calidad excelente. Nuestra memoria no nos ha permitido recordar por el momento quien o quienes eran los empresarios de esta sala, ni tampoco a qué obedeció su nombre de Municipal; pero lo que sí podemos asegurar es que el edificio que ocupara se hallaba ubicado en donde hoy está un supermercado en la esquina de Allende y lo que es hoy la avenida Morelos. 

Pianista de cine mudo

Sería injusto no mencionar los nombres de aquellos que tocaban en los cines, ya individualmente en el piano o en los conjuntos orquestales, con el riesgo de omitir algunos, y que son: Conchita o Carolina Lavat, Téllez (el Periquín), Ernesto Baeza, Pedro Valdés Rubio, Eduardo González, Luis Villegas Ruiz, Manuel Mendieta, Eduardo Mendoza, Los Bartolos, Efrén Hoyos y Roberto Méndez.

Transcurrió el tiempo rápidamente. Ya en 1931 México empezó a explorar los terrenos del cine hablado, cambiando así nuestra propia vida provinciana. En agosto de 1934, Francisco Javier Iracheta acompañado de su hermano Joaquín hiciéronse cargo del cine Principal y el cine Rivoli; el viejo Edén, como el Rívoli, se encontraba cerrado en 1934 y por gestiones de los señores Iracheta se abrió nuevamente en 1935 con la compañía de teatro Brillas. Fue cuando se acabó para siempre una época. En 1934 no había ya orquestas en los cines.

Sin poder precisar fechas, la mayoría de las películas que nos ofrecían, eran por lo general francesas, italianas y americanas que nos mandaban las compañías Pathé, Vitagraph y Vitaphone. No hemos hecho mención alguna de las películas mexicanas, porque, en realidad de verdad eran mucho muy escasas, ya que carecían de capitales fuertes para tal objeto y en su mayoría, por no decir su totalidad, eran verdaderos “churros”, palabra que nunca supe el porqué de tal calificativo.

Buenas o malas, el hecho es que la gente que asistía a sus representaciones, las encontraba jocosas y agradables, en virtud de tratar en sus argumentaciones episodios de nuestra vida nacional.

Cartel de Tabaré de Luis Lezama (1918)

Sabemos, por ejemplo, que un señor llamado Carlos Martínez Arredondo filmó dos películas mudas en el año 1912, tituladas La voz de la raza y Tiempos mayas** sin que nos haya sido posible saber en qué cine fueron exhibidas. Lo mismo nos sucede con otra película filmada en 1918 por el señor Luis Lezama y que llevaba el nombre de Tabaré, seguramente basada en el largo poema de Zorrilla de San Martín, poeta uruguayo de fama internacional.

Según datos obtenidos en algunas obras relacionadas con la materia, el cine mexicano comenzó a dar sus frutos, desde el año de 1917 hasta 1930, siendo al principio la persona más característica y representativa el señor Miguel Contreras Torres quien nos dio en la pantalla las siguientes películas: El zarco (1919), El caporal (1921), El sueño de un caporal*** (1922), El hombre sin patria (1922), Almas tropicales (1923) y Oro, sangre y sol (1925).

Una de las películas mudas que tanto llamó la atención del público toluqueño por haber participado una de las artistas muy conocida de los asistentes al teatro Edén cuando visitaba Toluca con su compañía es El automóvil gris filmada en 1919 y cuya primera vedette fue María Teresa Montoya.

En 1919 otra de las cintas mudas que obtuvo bastante éxito entre el público fue Viaje redondo en la cual trabajaron Carlos Noriega Hope, Leopoldo Beristáin, Lucina Joya, Manuel y Pompín Iglesias y Joaquín Pardavé. 

Es a partir del año de 1930 que nace el cine sonoro mexicano con sonido de discos sincronizados con la imagen como Más fuerte que el deber y Náufragos de la vida, obteniendo cierto éxito de público que comenzaba a tener ya disposiciones para el cine sonoro nacional.”

El cine en Toluca II

En el artículo anterior hemos hablado de los distintos cines que funcionaban en esta capital de provincia rememorando los nombres de los empresarios de cada uno de ellos, los títulos de las películas mudas que en ellos se exhibían, así como los nombres de los componentes de las distintas orquestas que entretenían al público a la hora de los intermedios, con la seguridad plena de que hemos omitido algunos, confiados solamente a nuestra ya débil memoria.

Sin poder precisar fechas, la mayoría de las películas que nos ofrecían, eran por lo general francesas, italianas y americanas que nos mandaban las compañías Pathé, Vitagraph y Vitaphone. No hemos hecho mención alguna de las películas mexicanas, porque, en realidad de verdad eran mucho muy escasas, ya que carecían de capitales fuertes para tal objeto y en su mayoría, por no decir su totalidad, eran verdaderos “churros”, palabra que nunca supe el porqué de tal calificativo.

Buenas o malas, el hecho es que la gente que asistía a sus representaciones, las encontraba jocosas y agradables, en virtud de tratar en sus argumentaciones episodios de nuestra vida nacional.

Sabemos, por ejemplo, que un señor llamado Carlos Martínez Arredondo filmó dos películas mudas en el año 1912, tituladas La voz de la raza y Tiempos mayas sin que nos haya sido posible saber en qué cine fueron exhibidas. Lo mismo nos sucede con otra película filmada en 1918 por el señor Luis Lezama y que llevaba el nombre de Tabaré, seguramente basada en el largo poema de Zorrilla de San Martín, poeta uruguayo de fama internacional. 

Según datos obtenidos en algunas obras relacionadas con la materia, el cine mexicano comenzó a dar sus frutos, desde el año de 1917 hasta 1930, siendo al principio la persona más característica y representativa el señor Miguel Contreras Torres quien nos dio en la pantalla las siguientes películas: El zarco (1919),  El caporal (1921), El sueño de un caporal (1922), El hombre sin patria (1922), Almas tropicales (1923) y Oro, sangre y sol (1925) 

Una de las películas mudas que tanto llamó la atención del público toluqueño por haber participado una de las artistas muy conocida de los asistentes al teatro Edén cuando visitaba Toluca con su compañía es El automóvil gris filmada en 1919 y cuya primera vedette fue María Teresa Montoya.

Fotogramas de El automóvil gris

En 1919 otra de las cintas mudas que obtuvo bastante éxito entre el público fue Viaje redondo en la cual trabajaron Carlos Noriega Hope, Leopoldo Beristáin, Lucinda Joya, Manuel Iglesias (Pompín) y Joaquín Pardavé.

Es a partir del año de 1930 que nace el cine sonoro mexicano con sonido de discos sincronizados con la imagen como Más fuerte que el deber y Náufragos de la vida, obteniendo cierto éxito de público que comenzaba a tener ya disposiciones para el cine sonoro nacional.

Fue, sin embargo, en 1931 cuando el cine mexicano ya definitivamente sonoro, se inaugura formalmente con toda solemnidad con la producción de Santa por la Compañía Nacional Productora de Películas, basado el argumento sobre la novela de Federico Gamboa y con música del finado Agustín Lara. Siendo pues uno de los ensayos del cine sonoro nacional, debemos ser tolerantes con algunas fallas técnicas que en ella aparecen; pero recuerdo perfectamente la enorme impresión que causó entre el público cuando la vimos por primera vez en la pantalla del cine Principal de esta ciudad.

Sin embargo cabe hacer una aclaración pertinente que por ningún motivo debe dejarse pasar inadvertida; en efecto, Santa como digo líneas antes, adolecía de fallas técnicas, pero en honor de la verdad quienes formábamos al público cinéfilo de entonces, creo que en buena proporción también el de ahora, no estaba muy capacitado para advertir tales fallas y seguramente las pasó por alto; ahora, en el mejor de los casos, las perdonó totalmente, no por una actitud generosa fuera de sentido, sino porque se trataba de ver con la mejor simpatía a ese fenómeno que se llamaba el cine mexicano.

Por otra parte, quien no haya leído la entonces gustada novela de don Federico Gamboa, puede ignorar el argumento de la película, casi copiado al carbón, con sus más y sus menos. La muchacha pueblerina de Chimalistac inducida al pecado (de algún modo hemos de llamarlo) por Marcelino, el militar apuesto, abusivo y seductor tan a la mexicana; sobre todo el militar surgido de nuestras constantes desavenencias.

La siguiente parte, conocido por la familia el traspiés de Santa, la actitud muy de la época de los hermanos que airadamente la echan inmisericordemente de la casa; el vagar de la infeliz por las calles de la gran ciudad hasta que la proxeneta de rigor la invita al prostíbulo. Luego, el triunfo, la victoria, el clímax, con la aparición del torero que hoy por hoy sería el futbolista o el “volante”, aquel famoso Jarameño de utilería que le tocó caracterizar a Juan José Martínez Casado.

Si quisiéramos encontrar el consabido mensaje de este argumento quizá pudiera ser la moraleja o el consejo de las jóvenes de cuidarse de las seducciones; pero realmente el tal mensaje aparece en Santa tan diluido, tan confundido con la compañía en el prostíbulo del ciego Hipólito, que solamente el final convencional de una Santa en el hospital, víctima sin salvación posible, ni siquiera la remota posibilidad del milagro providencial, de un cáncer que la ha destruido irreversiblemente, puede ser el remate de eso que muy de los cabellos podría ser la anécdota. 

Algún comentarista que hubimos de consultar para trazar estas líneas, gente documentada y conocedora ha dicho que Santa es la película de la prostitución profesional. Pero en fin, a los toluqueños de por aquellos años, hace cuarenta exactamente, nos gustó y distrajo cumplidamente.

Es de justicia hacer mención de las personas que participaron en esta producción y que son: Lupita Tovar (Santa), Mimí Derba (doña Elvira), Carlos Orellana (Hipólito) y Juan José Martínez Casado en el papel de El Jarameño, el torero que enamorado de Santa la saca del burdel. La película Santa fue estrenada el 30 de marzo de 1932 en el cine Palacio de la ciudad de México.

Bajo la administración de los cines Principal y Rívoli por los hermanos Iracheta, desde 1934 hasta el año de 1941 en que termina el presente artículo pudimos apreciar muchas películas mexicanas.

*Tomado de Estampas toluqueñas, Ramón Pérez, Ediciones del Gobierno del Estado de México, Colección Estudios Históricos/3, 1974, pp. 233-239.

**No encontré mención alguna de estas películas. Ni Aurelio de los Reyes, Federico Dávalos o Juan Felipe Leal las listan en sus respectivas filmografías.

***No existe una película con este título, probablemente Ramón Pérez se refiere a De raza azteca filmada en 1922.

Toluca, ¿precursora del cine sonoro?

Toluca, ¿precursora del cine sonoro?

El siguiente relato nos da una visión de primera mano del significado que el cine mudo tenía sobre los chiquillos de la época. Zincúnegui rememora una anécdota sobre una función en la cual “sonorizaron” un documental de la guerra ruso-japonesa. Al mismo tiempo nos da varios pormenores de lo que era un función de cine en los albores del siglo XX. Tomado del libro Toluca de mis recuerdos de Leopoldo Zincúnegui Tercero, editado por Testimonios de Atlacomulco en 1970, páginas 71-73:

” La historia es a veces olvidadiza e injusta. ¿Sabían ustedes que en la ciudad de Toluca actuaron hace años, quienes deberían ser considerados como precursores del cine sonoro, y que entre ellos se encontraba el suscrito?

¡Sí señor! Tuve el gusto de formar parte del “equipo” que, bajo la dirección de los señores Izunza, inició la modalidad de hacer sonoro el cine silencioso. El asunto vale la pena de ser relatado.

Las personas que vivieron en Toluca por aquella época, recordarán que los hermanos Izunza, establecieron en el Teatro Principal la primera empresa de cine mudo, en tiempos de Max Linder, la Menichelli, Charlot, etc. películas que hoy nos parecerían ridículas, pero que entonces hacían las delicias del público.

En la oscura sala, al proyectarse las películas, sólo se escuchaba el ruido seco e isocrónico de los aparatos de proyección Pathé Frères. Un desafinado piano pretendía glosar los temas del argumento, ejecutando trozos de la Serenata de Schubert, del Vals Poético o Sobre las Olas.

Cuando inesperadamente se rompía la película o terminaba un rollo, se interrumpía automáticamente el tecleo del piano y la sala permanecía silenciosa, en tanto que en la pantalla se sucedía una serie monótona de anuncios y vistas fijas, que el público se sabía ya de memoria.

Pathé Frères

Aquello resultaba demasiado frío, demasiado mecánico y sin vida. Se hacía indispensable animar aquellas figuras silenciosas.

Y ahí de la inventiva de los hermanos Izunza al crear uno de los primeros equipos sonoros con que contó el cine nacional. Al efecto, fuimos seleccionados una veintena de chiquillos, el mayor de los cuales no pasaba de los doce años, preparándosenos  cuidadosamente para la importante misión que deberíamos desempeñar. Nosotros felices, pues además de entrar “de gorra” al cine, se nos gratificaba con un reluciente tostón de aquellos tiempos, que era como diez pesos de los actuales.

Nuestro equipo se dividió en varias secciones: la de truenos, disparos y golpes secos; la de olas, chubascos, cascadas y chapoteos de agua; la de ruidos mecánicos, como los de un tren en marcha, un aserradero, etc.; la de ruidos diversos, como el brusco cierre de una puerta, el característico de los cascos de los caballos sobre el pavimento, y el de animales, en el cual se especializaron algunos compañeros como Joaquín Palacios, el perro, que todavía conserva el mote; el burro Guarneros, capaz de engañar con sus reclamos amorosos a la propia burra de Balaam, o el gato Robles, cuyos aullidos, hacían asomarse a los tejados a todas las mininas del barrio…

Ya debidamente aleccionados y técnicamente preparados empezamos a actuar con gran éxito – naturalmente del otro lado de la pantalla, que era de manta y transparente – con gran contento del público que aplaudía a rabiar el verismo de nuestras interpretaciones.

Así actuamos durante algunas semanas hasta llegar la noche en la que iba a culminar nuestra habilidad imitativa, al exhibirse una película documental de la guerra ruso-japonesa*, en la cual tendríamos que poner a prueba nuestras facultades, al desfilar por la pantalla las tremendas escenas de la guerra con sus fieros asaltos de trincheras; los duelos de la artillería; el tronar de los cañones sobre las plazas sitiadas, las luchas cuerpo a cuerpo y toda esa baraúnda de ruidos, estallidos y golpes secos, que acompañan al fragor de los combates.

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Y empezó la danza, entre gritos, injurias, y ayes de los contendientes. A los toques de clarín, se sucedían las descargas de la fusilería o el tronar de los cañones y el retumbar de las piezas de grueso calibre, mientras por todas partes pasaban silbando los cascos de metralla. Aquella horrible zarabanda tenía suspensos y atónitos a los espectadores, hasta que de pronto, alguno de nosotros arrojó, impensadamente, un cohete sobre la “Santabárbara”, donde teníamos acumulados la mayor parte de nuestra pólvora…Se produjo una explosión terrífica, ensordecedora. Grandes llamaradas atravesaron la débil manta de la pantalla, haciendo que el público abandonara el salón en medio de un pánico indescriptible; en tanto que nosotros, medio chamuscados y ennegrecidos por la pólvora, salíamos como almo que se lleva el diablo rumbo a nuestros domicilios, donde después de las curaciones de emergencia, todavía recibiríamos un sermón de padre y muy señor nuestro, como premio a nuestros meritos y afanes de precursores de lo que algún día sería el maravilloso cine sonoro.”

*La guerra ruso-japonesa sucedió entre 1904-1905, por lo que podemos imaginar que el evento sucedió entre 1905-1915, años en los que los hermanos Izunza administraron el Principal, según Ramón Pérez en el libro Estampas toluqueñas.