Archivo de la etiqueta: Julio Lamadrid

Partida ganada (1920)

Brevísima reseña que Epifanio Soto, hijo escribió sobre la película Partida ganada que se publicó en Cine-Mundial, vol. 5, septiembre, 1920, pp. 809:

Esta otra cinta a cuadros típicos que presentó La Cinema con argumento dramático de Guillermo Ross, adaptación de Ramos y Castilla, dirigida por éste e interpretada por él mismo con Torres Ovando y Rutila Urriola, es muy inferior a “Viaje Redondo”.

La trama fué un cuento al que la pantalla despojó de su original amenidad por ese defecto principal de toda nuestra producción, consistente en hacer largas y lentas las escenas que debieran ser cortas y rápidas; la dirección revela un desconocimiento absoluto de su parte; la fotografía, recargada al principio de colorido, no está tampoco a la altura necesaria; y los intérpretes, faltos de expresión. En resumen: otro fracaso.

Ficha filmográfica tomada de Filmografía general del cine mexicano (1906-1931), (p. 61) de Federico Dávalos Orozco y Esperanza Vázquez Bernal:

Producción: La Cinema. Martínez y Compañía. Agustín E. Martínez. Dirección: Enrique Castilla. Argumento: basado en un cuento de Guillermo Ross. Adaptación: José Manuel Ramos. Fotografía: Julio Lamadrid. Intérpretes: José Torres Ovando (don Juan), Rutila Urriola, Fabio Acevedo (el viejo Mendoza), Enrique Castilla (Antonio). Longitud: 8 partes.

Nota: segunda producción del distribuidor Agustín E. Martínez. Partida ganada fue anunciada como un “intenso drama netamente mexicano” y narra el trágico fin de un idilio rural que se enfrentaba a la oposición de uno de los padres. Su carácter “mexicano” se denotaba por la presencia de coleadores, peleas de gallos y paisajes de Xochimilco.

Cine Mundial, vol. 5, septiembre, 1920

En Filmografía del cine mudo mexicano, volumen II, 1920-1924, Aurelio de los Reyes nos menciona que Partida ganada tuvo su estreno el “sábado 10 de julio de 1920 en los cines Venecia, San Juan de Letrán, Trianón Palace, Casino, San Hipólito y América.”

De los Reyes transcribe, por lo expresado, comentarios del productor Agustín E. Martínez (pp. 59-60) quien considera que la película:

es una historia mexicana atrevidamente mexicana, donde hay pleitos y riñas de las que frecuentemente aparecen en la sección de ‘Tribunales y Comisarías’ de los periódicos. Pero existe también, dichosamente, un amor sencillo de aquellos que sólo ven en los pueblos rurales de este país o en las novelas de Carlota Braemmé. En el primer caso –el de la película—es un amor pastoril, cándido y tranquilo, y en el segundo caso es un amor romántico de un gusto de azúcar candí. Partida ganada tiene el mérito de mostrarnos gráficamente el alma ‘sencilla y complicada’ de nuestros charros, y los paisajes tristes y llenos de melancolía de Xochimilco. Es una película imperfecta para los que gustan de las complicaciones psicológicas y del florecimiento morboso de las pasiones, porque aun los habitantes de Xochimilco no conocen a Monsieur Phocas y porque nuestras rancheras ignoran el encanto de los demi-virges y la influencia de Willy. Imagínense ustedes una historia de amor salpicada por la rabiosa aparición del padre y por la testaruda de los novios y al fin dejan llegar, sencillamente, la imagen de los amantes de Teruel, o de alguna otra pareja que muere a la luz del crepúsculo, enlazada ardientemente. La historia es bien primitiva para aquellos devotos de los estrabismos menichelescos y las mistificaciones espirituales de la Borelli; pero, en cambio es tan humana como una obra de Shakespeare, donde los hombres se matan o se odian o se quieren a la luz del día.

Cuando Lamadrid iba exhibiéndome la película, pensaba yo en estas cosas fútiles y hubo un momento en que puse una seria objeción. Se ofrecía a mi vista una pelea de gallos, lograda con un realismo completo. El giro y el colorado se acometían tozudamente; una pareja bailaba el jarabe y el maestro Torreblanca, vestido de charro, hacía música nacional, a Dios gracias. De pronto un gallo muere; el vencedor, rencorosamente, aletea sobre el cuerpo del caído y lanza el grito triunfal mientras tiembla su roja cresta. Lamadrid entonces retiró la cámara y sólo puede verse, a los lejos, el gallo caído y la silueta lejana del vencedor. […] Y después vinieron otras escenas. Un jaripeo magnífico y enormemente largo (Lamadrid me confesó que ese jaripeo costó dos mil pesos y era necesario ‘explotarlo bien’) donde los toros se estiran al influjo de las reatas, como si fuesen de hule; donde las potrancas dibujan enormes volteretas cuando el ‘pial’ las sujeta; donde hay un ambiente de sangre, de brutalidad y de fuerza.

Perla Ciuk en su Diccionario de directores del cine mexicano en la entrada del director del filme Enrique Castilla transcribe del archivo de Esperanza Vázquez Bernal y Federico Dávalos Orozco una columna de Zig-Zag: Crónicas de Cine. Partida Ganada, Marco Aurelio Galindo, No. 13, 15/07/1920, pp. 4-5:

En Partida ganada hay detalles verdaderamente buenos. Fue muy oportuno el close-up obtenido del instante en que, sobre el mostrador de cantina, volaba hecha pedazos una copa; debido al tiro de revólver que dispara un enemigo de Antonio (Enrique Castilla) sobre éste. Asimismo, la escena de la ‘tapada’ de gallos es excelente y pudo seguirse en todas sus peripecias. Al finalizar la cinta, el close-up de los disparos hechos sobre los dos amantes por Don Juan (Torres Ovando), parecería bueno si no fuese porque abarca todo el cuerpo de la pantalla, mostrando la chaqueta y todo el brazo del cacique, así como el árbol sobre el que se apoya. Mejor hubiera sido sacar solamente la mano oprimiendo el arma y tirando del gatillo. Nada más.

Confesión trágica o Trágica confesión (1919)

La siguiente breve reseña de la película fue escrita por Epifanio Soto, hijo y apareció en el número correspondiente a enero de 1920 de Cine Mundial, vol. 5, pp. 125-126:

Por conducto de Germán Camus y Cía., la Colonial Film ha presentado con el título de este párrafo su primera cinta, basada en el poema Fray Juan, de José Velarde.

Seguramente que extrañará a todo el que conozca esa obra que con ella pueda llenarse una cinta en seis rollos, sin recurrir a las interminables series de paisajes que en algunas ocasiones, y escudándose con la palabra arte, que tantos significados tiene, nos regalan ciertos productores…especialmente mejicanos.

Confesión trágica, con todo y ser esencialmente descriptivo su argumento, tiene un desarrollo que ni admira ni aburre. Cierto: sus escenas son lentas; pero tan propias, tan comprendidas que, si la pobreza fuese menor, no podrían censurarse. Nuestro aplauso al director.

Sin querer hemos tocado el defecto central: la pobreza. En ella hubiera naufragado esta película a no socorrerla con sus bellezas arquitectónicas el convento de Tepozotlán, donde fué filmada en su mayor parte.

La interpretación es lo más discutible: muy tímida, muy reposada; tanto, que no es cinematográfica; sobre todo en la parte del personaje principal, José Manuel Ramos, que quizá viva su personaje para sí y no para el público; o lo que es igual: sea un artista y no un actor. Su trabajo ha sido un poco pobre, sin la gallardía necesaria. Donde el poeta dice:

Desencajado y convulso,
con la borrasca pelea,
grita y la puerta golpea
hasta perder voz y pulso,

le vimos, sí, rendido; mas sin el arranque necesario y desesperado.

Alberto Fuentes, en cambio, bordó su parte; bien pueden perdonarse algunas puntadas de su inexperta aguja.

Acabamos de leer a Schopenhauer, señores; y aunque sin que el filósofo teutón nos haya convencido, siempre respiramos algo de él; además, la elegancia ordena, diría Vargas Vila, romper fórmulas; he aquí por qiié, aunque resulte algo cursi, hablamos al fin de María Luisa (sic)Ferriz,

esbelta, de altiva frente
y de pálido color;

en fin, una Clara ideal, si bien con los mismos defectos que el señor Ramos: demasiado muerta en la escena final…sobre todo.

La siguiente ficha de la película la transcribo de Filmografía General del cine mexicano (1906-1931) de Federico Dávalos Orozco y Esperanza Vázquez Bernal editado por la Universidad Autónoma de Puebla en 1985:

Producción: Film o Films Colonial México, Javier Frías Beltrán. Dirección artística: José Manuel Ramos y Carlos E. González. Dirección técnica: Fernando Sáyago. Argumento basado en el poema Fray Juan de José Velarde. Adaptación: José Manuel Ramos. Títulos e intertítulos: textos tomados del poema. Fotografía: Julio Lamadrid. Vestuario: Carlos E. González. Intérpretes: María Mercedes Ferriz, José Manuel Ramos, Alberto Fuentes, Carlos E. González, Guillermo Luzuriaga Solón de Mel, Eduardo Villaseñor. Filmada a partir de agosto de 1919. Longitud: 1500 metros.

Nota: Alberto Fuentes, un anciano de larga barba que puede verse en los stills de la cinta, no era actor profesional: lo encontraron los realizadores en la calle y aceptó cordialmente colaborar en Confesión trágica; jamás volvió a filmar. La película se proponía expresar cinematográficamente las ideas del poema y eso explica que los versos y las estrofas del mismo constituyeran las leyendas de la película. Aparentemente, el poema trata de las penas de un hombre que, desilusionado del mundo, ingresa al monasterio; el destino le depara escuchar la confesión de una mujer a la que creyó infiel a su amor.

Felipe Garrido en su obra Luz y Sombra. Los inicios del cine en la prensa de la ciudad de México  y Manuel González Casanova en Por la pantalla. Génesis de la crítica cinematográfica en México 1917-1919 nos ofrecen una reseña de la pluma de Carlos Noriega Hope quien firma con su seudónimo Silvestre Bonnard, publicada en El Universal el 18 de noviembre de 1919 como parte de un artículo más amplio que titula Vanidad de vanidades. Noriega Hope cambió el título del filme a:

 Trágica Confesión

Don José Velarde, aquel recio hispano que siguiendo los preceptos del señor Campillo escribió poemas a pasto, sonetos a carretadas y madrigales al por mayor, perfectos académicamente y también con todas las cualidades adustas de las cosas académicas, sirvió de argumentista en la película Trágica confesión, hecha a punta de entusiasmos y a costa de muchos quebraderos de cabeza por mis amigos el abate fotógrafo Lamadrid, Carlos E. González y José Manuel Ramos.

Ya en otra ocasión vertía todo mi entusiasmo lírico en este grupo de bohemios que en vez de embriagarse en cualquier bodegón rimando entre sorbo y sorbo y hablando del padre Verlaine, se levantan temprano, se lavan y trabajan tenazmente todo el día filmando películas…La bohemia, así comprendida, es una encantadora bohemia y merece todos los elogios de los que, sin ser precisamente bohemios ni tenderos, vivimos en el justo medio la vida del siglo. La Confesión fue lograda en Tepozotlán, y sólo en este detalle tenía que ser una buena producción, ya que no siempre nos encontramos con escenarios patinados por la leyenda. Desgraciadamente, los poemas a la manera del de Velarde abundan en todos los baratillos y en todos los huecos cacúmenes de los recitadores de vecindad.

La fotografía es espléndida en este film, y ha revelado en México al señor Lamadrid como un experto cinefotógrafo; hay escenas de Tepozotlán que parecen arrancadas de un cuadro de Greco; domina el claroscuro, y todos los primeros churriguerescos de los altares brillan intensamente como joyas extraídas de empolvado arcón.

La señorita Ferriz, que es una muchacha enamorada del cine, aunque sin los sueños dorados de mis amigas por correspondencia, trabaja eficientemente y se revela como una futura actriz cinematográfica que habrá de ganar lauros en México…no en Los Ángeles. Por otra parte, Mercedes Ferriz es, sencillamente, una muchacha encantadora y con sólo esto y los fríos retablos de Tepozotlán que le sirven de fondo, logra conmovernos. Mi amigo José Manuel Ramos, no obstante su buena voluntad, no logra estar a la altura de su papel: el personaje que interpretó es el eje del poema y se requiere, para sentirlo, un enorme temperamento dramático y una gran experiencia teatral, cosas que él no posee en absoluto. Y por último, después de felicitar a todos los intérpretes de esta película, que de todas maneras es una buena película…